La guerra del siglo XXI es ilimitada: su primera regla es que no hay reglas
A finales de septiembre, mientras los líderes europeos se aprestaban a reunirse en Copenhague para aprobar nuevas ayudas militares a Ucrania, drones de origen desconocido fueron avistados sobre los aeropuertos de varias ciudades de Dinamarca, que tuvieron que interrumpir sus operaciones. Una semana más tarde, ya en octubre, fue el aeropuerto de Múnich el que suspendió los vuelos dos días por los misteriosos drones, que para entonces ya habían invadido los espacios aéreos de Polonia, Estonia y Rumania. ¿Fueron aficionados imprudentes o fue un ataque planificado con insidia y frialdad?
Las autoridades occidentales, empezando por el secretario general de la OTAN, el holandés Mark Rutte, vieron de inmediato la larga mano de Rusia detrás de esas apariciones de drones en momentos y lugares clave. El presidente de Rusia, Vladímir Putin, lo desmintió y, como es habitual en él, se burló de esas “actitudes paranoicas”. Los analistas militares, a su vez, no dudaron: esos sobrevuelos clandestinos y puntuales fueron parte de la guerra no declarada que desde hace varios años —imposible definir cuántos— están librando las mayores potencias en su lucha por el poder mundial.
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