Con un impresionante despliegue de poder militar, China demostró su decisión de erigir un nuevo orden mundial al margen de los Estados Unidos
La demostración de fuerza fue deslumbrante: aviones, helicópteros, tanques, vehículos de combate, infinidad de drones de última generación y, en especial, enormes misiles con cabezas nucleares, capaces de volar a cinco veces la velocidad del sonido, además de decenas de miles de soldados de los ejércitos de tierra, mar y aire. Todo con una coreografía perfecta y con una coordinación absoluta. Pero si esa exhibición de poder militar fue pasmosa, aún más impactante fue el propósito final de ese alarde inmenso de capacidad bélica y de desarrollo tecnológico.


Y es que la celebración del octogésimo aniversario de la capitulación del Japón, con lo que terminaron tanto la Segunda Guerra Sino-Japonesa como la Segunda Guerra Mundial, fue nada más que un pretexto para que China le enviara al mundo —y muy singularmente a los Estados Unidos— un mensaje inequívoco y rotundo: China no acepta el predominio del Occidente y tiene la capacidad económica y militar (y la voluntad de poder) para abatirlo y, en su reemplazo, levantar a su alrededor un nuevo orden internacional, cuyo epicentro será Eurasia.
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