
El hallazgo de la Piedra de Rosetta, gracias a Napoleón Bonaparte, permitió descifrar los jeroglíficos.
¡A conquistar Egipto!
La orden del joven general corso, que a sus escasos veintinueve años ya tenía una fama bien ganada de estratega genial, fue apremiante: la vieja fortaleza de la ciudad de Rashid (a la que los franceses llamaban Rosetta) debía ser reparada sin demoras, porque el peligro de un desembarco enemigo parecía ser inminente. Era el 31 de octubre de 1798, cuando la campaña militar emprendida por Napoleón Bonaparte en Egipto empezaba a alcanzar su objetivo de cerrarles a los británicos el paso a la India, para así estrangular al Imperio y romperle su hegemonía mundial.
La ubicación del fuerte era estratégica, en un saliente de la costa del Mediterráneo, cerca de Alejandría, por lo que los trabajos -que durarían varios meses- se iniciaron de inmediato. Había que hacer del sitio una fortaleza inexpugnable para que resistiera el asedio, que tarde o temprano llegaría, tanto de la marina británica como del ejército turco. Y es que, por entonces, esa región la controlaba el Imperio Otomano y la codiciaban todas las grandes potencias. La idea era llegar a los cimientos y reforzarlos, para lo que fue necesario hacer excavaciones profundas, supervisadas por “los sabios”.

Y es que, además de cuatrocientos barcos, con sus dos mil cañones, Napoleón había llevado a Egipto (según el elocuente decir de Emil Ludwig) “toda una universidad”. Fueron astrónomos, geómetras, químicos, mineralogistas, orientalistas, economistas, ingenieros, pintores y poetas. En total, de acuerdo con la propia versión del general, “ciento sesenta y cinco sabios” que lo estudiaron todo a su paso: la fauna del río Nilo, la flora del mar Rojo, la arena del desierto, las minas de sal, los sedimentos de limo, los orígenes de la peste de tracoma que había dejado ciega a la mitad de la población nativa…
Fue todo un redescubrimiento de Egipto y de su cultura milenaria. (“Soldados: cuatro mil años les contemplan”, según la exhortación a sus tropas que hizo Napoleón al pie de las pirámides.) Los sabios también elaboraron un diccionario y una gramática, limpiaron los templos del Alto Egipto y encontraron las Fuentes de Moisés en el Sinaí. Deslumbrados por su propio trabajo, no se detuvieron ni un solo día. Y al remover la tierra en torno a la fortaleza, a la que los franceses habían llamado ‘Julien’, se toparon con algo inesperado.
(Napoleón, mientras tanto, además de dirigir la actividad política y militar, se dedicó con pasión a encontrar la ruta de un viejo canal abierto en la época de los faraones, treinta y siete siglos antes, que unía los mares Mediterráneo y Rojo. ¡Unos doscientos kilómetros! También Darío I de Persia y Ptolomeo II de Egipto, cientos de años después, trabajaron en un canal allí, en Suez. Bonaparte pensó en rehacerlo, pero el tiempo no le alcanzó. Ya avanzado el siglo XIX, Fernando de Lesseps, un diplomático y empresario francés, construyó un nuevo canal y lo inauguró en 1869. La visión de Napoleón había sido portentosa.)
Piedra de Rosetta

El hallazgo inesperado al remover la tierra era una placa de piedra de más de un metro de largo y unos ochenta centímetros de ancho, con casi treinta centímetros de espesor, con inscripciones en una de sus caras. Era el 15 de julio de 1799. El teniente Pierre-Francois Bouchard, un capitán de ingenieros que acompañaba la expedición, se dio cuenta de que podía tratarse de algo importante y lo comunicó a sus superiores. La Piedra de Rosetta, como se la llamó desde entonces, fue llevada a El Cairo, donde los ‘sabios’ quedaron maravillados por la trascendencia del hallazgo.
Se trataba, en efecto, de un decreto expedido en Memfis, la capital del Antiguo Imperio, por el faraón Ptolomeo V, en el año 196 antes de Cristo. Lo extraordinario era que su texto constaba en tres escrituras: el tercio inferior estaba en griego antiguo, el intermedio en signos demóticos y el superior en jeroglíficos. Los ‘sabios’ no podían creer lo que estaban viendo. De la sorpresa pasaron a la emoción, a la euforia, a los abrazos, a las celebraciones. Al fin podrían descifrarse los jeroglíficos egipcios. Muchos misterios del asombroso Egipto de los faraones quedarían resueltos.
Sí, la Piedra de Rosetta (tallada en el período helenístico, habría sido usada como material de construcción durante el Sultanato Mameluco, alrededor del siglo XV) llegó a ser el hito mayor para entender la cultura egipcia. Napoleón, a su vez, tras concluir la campaña en Egipto, volvió a Francia y, en medio del tumulto revolucionario de esos años, se movió con audacia y sagacidad para, en un ascenso político vertiginoso, proclamarse emperador en 1804. Conquistó media Europa. Murió en el exilio, en una isla lejana del Atlántico, en 1821. La Piedra de Rosetta es admirada cada día por miles de personas en el Museo Británico, en Londres.

