
Eran, y todo el mundo lo sabía, dos políticos hábiles y experimentados, muy resueltos y también ambiciosos, cada uno de ellos convencido de que su respectivo trono tenía primacía sobre el del rival y, por consiguiente, de que su obligación como soberano era conseguir que esa primacía fuera conocida y reconocida fuera de toda duda. Eran comienzos del XIV, un siglo que sería cruel y turbulento como pocos por la Peste Negra, la Guerra de los Cien Años y, también, por las disputas intensas en torno a la Iglesia Católica.
Bonifacio VIII, que había sido elegido papa en 1294, era un convencido sin fisuras en la soberanía universal del papado: toda la cristiandad le debía respeto y obediencia y ningún poder terrenal podía sobrepasarlo. Nadie podía, por ejemplo, imponerle impuestos al clero. Pero Felipe IV, rey de Francia desde 1285, creía exactamente lo contrario: él, como soberano, podía establecer contribuciones sobre todos los territorios de su reino, sean quienes fueran sus dueños. Y al empezar el siglo XIV, en 1301, el conflicto estalló.
“Su Venerable Estupidez…”
Cuando el rey, en plenos roces con Inglaterra, quiso fortalecer el tesoro francés recaudando mayores tributos, el papa se rehusó con dureza, no sólo proclamando que “Dios nos ha situado sobre los reyes y os reinos”, sino incluso citándole a comparecer ante un consejo, en Roma. La respuesta de Felipe a Bonifacio fue furibunda: “su Venerable Estupidez debería saber que en asuntos temporales no somos vasallos de nadie”, además de que lo acusó ante los jueces de sodomía, simonía, herejía y hechicería. El papa, sin demoras, excomulgó al rey.
Fue entonces, ya a principios de 1303, que un ejército francés fue lanzado a capturar al papa, que se refugió en su ciudad natal, Anagni, a unos pocos kilómetros de Roma. De algo le sirvieron sus paisanos, porque si bien Bonifacio fue apresado rudamente, sus captores debieron soltarlo tres días después. Pero ya era tarde: a sus 68 años y con su salud maltrecha, el papa se hundió en una agonía sin regreso. Cuando Bonifacio VIII murió, Felipe V comprendió que había llegado su hora: el pontífice siguiente estaría bajo sus órdenes.
Sobre el puente de Aviñón
Pero el pontífice siguiente, Benedicto XI, se negó a la sumisión exigida. Y aunque levantó la excomunión de Felipe, no obedeció la orden real de perdonar a los atacantes de Bonifacio VIII. Pero su papado fue breve: a los ocho meses, unos higos en mal estado (o, tal vez, un veneno eficaz) lo mataron cuando estaba refugiado en Perugia. Y allí mismo, en Perugia, un cónclave urgente puso a un cardenal francés, Bertrand de Goth, como nuevo papa. Fue Clemente V. Y él, obediente y eficiente, cumplió dos de los anhelos más fervientes del rey de Francia.
Lo primero que hizo fue eliminar la Orden del Temple. (Los caballeros templarios, miembros de la Orden de los Pobres Compañeros de Cristo del Templo del Rey Salomón, estuvieron dedicados desde 1118 a proteger a los peregrinos cristianos que iban a la Tierra Santa y participaron en todas las cruzadas.) Después, asegurando que el declive de Roma era excesivo y constante su turbulencia política, trasladó la sede pontificia a Aviñón. Felipe tenía claras sus estrategias.
El difícil regreso
La elección de la nueva sede parecía una solución salomónica porque Aviñón no era una ciudad indisputadamente francesa, sino que pertenecía al condado de Venaissin, que estaba en manos de la vieja familia de los Anjou, vasallos del papa. Pero, excluyendo ese tecnicismo, a nadie se le escapó la realidad de lo ocurrido, es decir que el tutelaje de Francia sobre el papado había quedado afianzado. Felipe había logrado lo que se había propuesto.
A Clemente V le sucedieron Juan XXII, Benedicto XII, Clemente VI, Inocencio VI, Urbano V y Gregorio XI, todos franceses, súbditos silenciosos de sus reyes y siempre atentos a sus mandares. Todos dirigieron la Iglesia desde Aviñón. Todos, además, consolidaron la influencia de su país: de los 134 cardenales promovidos en el medio siglo siguiente 111 fueron franceses. Y, así, la sede pontificia permaneció en Aviñón hasta 1378, cuando las arrasadoras tormentas sociales causadas por la Peste Negra y la Guerra de los Cien Años cambiaron la dirección de los vientos. Y el papa volvió a Roma al cabo de 68 años. Pero no todo terminó allí: los siguientes fueron los años del antipapa…

