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Mundo Diners al día

“Estaba escrito en las estrellas…”

por Jorge Ortiz

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Imagen referencial creada con IA.
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En Nepal, al pie del Himalaya, se cumplió la profecía.

El dilema era shakesperiano: el príncipe heredero se había enamorado y quería casarse, tener hijos y asegurar la continuidad de la dinastía. Estaba por cumplir 30 años y sentía que había llegado la hora de asentarse y prepararse para cuando le correspondiera asumir el trono. Pero había una dificultad que le agobiaba y que con frecuencia le enardecía. Y es que sus padres, el rey y la reina, se oponían a ese enlace porque la novia pertenecía a un linaje que, aunque noble y prominente, era desde hacía muchas generaciones rival de la familia reinante. Como montescos y capuletos.

La familia Shah reinaba en Nepal, en las faldas de la cordillera del Himalaya, desde 1768, cuando el guerrero gurkha Prithvi Narayan unificó los principados de toda la región y estableció un reino con el hinduismo como la religión oficial a pesar de la larga y profunda tradición budista de su pueblo. Allí, al fin y al cabo, en el año 563 antes de la era cristiana había nacido Siddharta Gautama, el Buda, cuyas enseñanzas estaban hondamente enraizadas en la cultura nepalesa.

En busca de equilibrios políticos, los reyes Shah habían recurrido una y otra vez a miembros de la familia Rana, quienes, con el título de maharajás, habían sido primeros ministros del reino. Pero la animosidad entre los dos linajes nunca había sido superada. Fue por eso que cuando el príncipe Dipendra les anunció a sus padres que quería casarse con la princesa Devyani, de la aborrecida familia Rana, la reina Aishwarya, puso el grito en el cielo: ¡sobre mi cadáver! Y es que todo estaba escrito en las estrellas.

nepal
Un hombre presenta sus respetos ante un retrato del fallecido rey Birendra (i) y de la reina Aishwary (d) durante la celebración del cuarto aniversario de la masacre del Palacio Real de Jawalakhel, en las afueras de Katmandú, Nepal, Foto: EFE.

La matanza

Para Dipendra el dilema era abrumador: renunciar al trono para poder casarse o dejar a su novia para poder reinar. Y la noche del 1° de junio el príncipe Dipendra, enardecido por la oposición a su noviazgo, irrumpió con rudeza en la residencia de los reyes, en el centro de Katmandú, donde veinticinco miembros de la familia real cumplían la vieja tradición dinástica de reunirse los viernes al caer el sol. Alterado por el alcohol, fue agrio en sus reclamos, por lo que el rey Birendra, su padre, le ordenó que saliera.

Dipendra en efecto salió, pero un cuarto de hora después volvió, armado y con ropa militar. Y, enloquecido, disparó su fusil hasta agotar las municiones. Sólo guardó una bala. Murieron el rey, la reina, su hermano menor y otros seis miembros de la familia real. Y la bala sobrante se la disparó en la cabeza. En estado de coma, agonizante, el príncipe fue llevado al hospital. El trono había quedado vacante y, por supuesto, había que ocuparlo. Y, como primogénito del rey, Dipendra era el heredero. Y al amanecer del día siguiente fue coronado.

El nuevo rey nunca recuperó la conciencia y tres días más tarde murió. Era el 4 de junio de 2001. Nepal, con sus casi treinta millones de habitantes y sus 147.000 kilómetros cuadrados enclavados entre la China y la India, en el sur del Asia, estaba espantado por la matanza y en acefalía por la muerte de dos reyes en cuatro días. Quedaba un príncipe de la casa real, Gyanendra, hermano del rey Birendra y tío del efímero rey Dipendra. Y de inmediato fue coronado, mientras las calles de Katmandú hervían en unos disturbios feroces, con las turbas dedicadas al saqueo y los incendios.

El rey aborrecido

Gyanendra, a quien el pueblo nunca quiso como lo había hecho con Birendra, ejerció un poder autoritario que le quitó a la monarquía el escaso prestigio que le había quedado después de la masacre de la familia real. Su abolición se veía venir y, claro, la disputa por el poder se acentuó y derivó en una guerra civil que terminó en mayo de 2008 con la proclamación de una república federal y con un gobierno de unidad entre los maoístas del Partido Comunista y los socialdemócratas del Partido del Congreso. El último rey de Nepal se convirtió en un ciudadano más, que se gana la vida como puede.

Según una antigua leyenda nepalesa, proveniente de sus ancestros indios, la última dinastía caería al cabo de diez generaciones. De acuerdo con la tradición, esa profecía estaba escrita en las estrellas. Y, en efecto, Birendra fue el undécimo rey de la dinastía Shah. Con su muerte, asesinado por su propio hijo, el linaje real debía agotarse. Lo cual sucedió en el momento exacto en el que Dipendra, alcoholizado y armado, entró a los salones reales. El reino de Nepal ya no existiría jamás. Las estrellas lo habían anunciado. 

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Acerca de Jorge Ortiz

Si bien la televisión ha hecho que el público lo conozca, su mejor faceta es la de la escritura, donde demuestra no solo un envidiable conocimiento histórico, sino un estilo terso e impecable. Él dice lo que piensa y lo que cree.
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