Hay guerras, hambre, epidemias, cambio climático, crimen transnacional. Pero…
El mundo está mal, deplorablemente mal: hay guerras crueles y prolongadas en Ucrania, Sudán y, todavía, Gaza, el calentamiento global ya es una certeza, las crisis económicas son recurrentes, la violencia callejera asusta y desalienta, la polarización política es evidente y, para colmo, no abundan los dirigentes visionarios e inspiradores pero sí los líderes desenfrenados como Vladímir Putin, Benjamín Netanyahu y Donald Trump.
Sí, el mundo está tan mal que millones de jóvenes de todo el planeta, incluso en los países más prósperos y avanzados, han decidido no tener hijos (y, en cambio, criar perros y gatos con amor y dedicación) para no traer más niños a este mundo turbulento y malvado, repleto de angustias, pesares e incertidumbres. Sabia decisión.
¿Sabia decisión? ¿No será, tal vez, que de tanto oír que el mundo va de mal en peor hemos terminado por convencernos, por aceptar esa sentencia como final y definitiva, sin ponerla jamás en revisión ante la posibilidad -ínfima, lejanísima- de que esté equivocada? Quizás unas cifras pueden ayudar.
Hace dos siglos, en 1825, en el país más rico del mundo, Holanda, el promedio de vida era de 39,6 años. Hoy, en 2025, en el país más pobre del mundo, la República Centroafricana, el promedio de vida es de 54,0 años. Y en muchos países ya pasó de los 80 años. Unos ejemplos: 86,5 en Mónaco, 84,4 en Corea del Sur, 84,1 en Australia, Italia y Suiza, 84,0 en Japón y España… En Chile, el país latinoamericano con mayor promedio de vida, es de 81,3 años.
Pero no sólo el promedio de vida es mayor. También lo es la calidad promedio de la vida: hace dos siglos, en 1825, el 90,3 por ciento de los habitantes de este planeta vivía en la pobreza extrema. Hoy lo hace el 9,9. Y la disminución es vertiginosa: 137.000 personas por día. Sí, 50 millones de personas salen cada año (o, al menos, han salido los 20 años recientes) de la pobreza extrema. Y es que el PIB global se multiplicó por 99 en estos dos siglos. Nada menos.
Las guerras son espantosas, no cabe duda. Pero desde 1953, cuando China y Estados Unidos dejaron de pelear en Corea, no ha habido ningún conflicto directo entre las grandes potencias. Y eso se refleja en la caída del número de muertos por cada 100.000 habitantes: eran 300 por año durante la Segunda Guerra Mundial, 22 durante la Guerra de Corea, 9 durante la Guerra de Vietnam y 0,5 de 2001 a 2013, pero subió a 1,5 en 2014. En la actualidad es de 1,2 muertos por año cada 100.000 habitantes del planeta. ¿Demasiado? Sí, pero mucho menos de lo que siempre fue.
La violencia callejera indigna y desespera. El crimen organizado, casi siempre vinculado al tráfico de drogas, es una lacra en decenas de ciudades del mundo. El Ecuador, un país habitualmente seguro y tranquilo, está siendo arrasado por la delincuencia. Y, sin embargo, la tendencia global avanza en sentido contrario: entre 1990 y 2017 la tasa mundial de homicidios descendió a 6,4 a 5,3 por cada 100.000 habitantes.
Y muchos niños siguen muriendo antes de cumplir 5 años. Pero el índice de mortalidad infantil cayó 51 por ciento tan sólo entre 2000 y 2021. Y es que, entre vacunas y medicamentos, cada vez más males están siendo vencidos: de las 292 enfermedades y discapacidades de los seres humanos, la mayoría ya no son letales. Algunas (viruela y polio, por ejemplos) ya fueron erradicadas, al mismo tiempo que mejoraba el acceso a agua potable y a los sistemas de educación y salud.
A principios del siglo XIX, el clérigo anglicano inglés Thomas Malthus (cuyos estudios económicos los había centrado en la demografía) anticipó que el aumento geométrico de la población, contrastado con el aumento aritmético de la producción de alimentos, irremediablemente desbordaría la capacidad del planeta y multiplicaría el hambre y la miseria. Por entonces, la población del mundo apenas superaba los 1.000 millones. Pero a mediados del siglo XX, cuando la población pasó de los 2.500 millones, esa profecía fue recordada y, claro, estremeció y causó espantos.
Pero los anuncios del apocalipsis malthusiano jamás se cumplieron: hoy la población del mundo supera los 8.200 millones y, si los alimentos fueran bien distribuidos, habría comida para todos. De hecho, el consumo promedio de calorías está hoy, globalmente, en 2.960 por día, con 2.440 en la región más vulnerable, que es el África Subsahariana (2.500 es la recomendación de la Organización Mundial de la Salud). Números alentadores.
Pero hay más hechos positivos, aunque por las características genéticas adquiridas durante el proceso de evolución la especie humana prioritariamente identifique los elementos negativos: el trabajo infantil disminuye cada día, la esclavitud está casi extinguida, los derechos, garantías y libertades de la democracia prevalecen en gran parte del mundo, la igualdad de oportunidades es cada vez mayor, la tolerancia frente a las diversidades se expande y, aunque la contaminación ambiental persiste, al menos la conciencia ambiental va generalizándose.
La respuesta es entonces diáfana: el mundo no está tan mal como todos creemos que está. Y, a pesar de tropiezos y retrocesos, está cada vez un poco mejor. Aunque no lo creamos.


