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Mundo Diners al día

Cuando, en vez de calentarse (como ahora), el mundo se enfriaba

por Jorge Ortiz

Clima
Imagen referencial creada con IA.
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Los documentos oficiales -incompletos, confusos, mutilados- registran alrededor de mil casos ocurridos en un lapso de cuarenta años. Probablemente fueron muchos más: tal vez el doble. Es que, sin que nadie supiera por qué, cada año los veranos eran más cortos, los inviernos más largos y estaban alborotados los ciclos de lluvias y sequias. Los cultivos se malograban, las cosechas eran exiguas y los animales enflaquecían. ¿Qué más podía causar tan tremendo trastorno que no fuera la brujería? Por lo que, muy resueltas, las autoridades emprendieron una urgente caza de brujas.

En Berna, la comarca suiza más dañada por la alteración del clima, unas mil personas acusadas de brujería fueron quemadas en la hoguera entre 1580 y 1620. Pero hubo muchos más casos que no quedaron registrados en ninguna parte. Para entonces, con el clima enloquecido y el frío calando los huesos, en Inglaterra y Francia las condenas por brujería eran dictadas todas las semanas. También en los territorios alemanes, donde el párroco de Stendal, en el Reino de Prusia, a orillas del Elba, pedía a Dios misericordia porque temía que el fin del mundo estuviera cerca.

“Ni el invierno ni el verano ya son estables, la luz del sol no es constante y los frutos de la tierra no maduran como antaño”, decía en 1595 el abatido sacerdote, que en esas perturbaciones veía signos inequívocos de la cercanía del final de los tiempos. Y en muchas regiones, desde la Holanda Septentrional hasta la Toscana, se organizaban procesiones y rogativas para pedir la intercesión de la Virgen María ante la magnitud de la calamidad que se propagaba.

Lluvias, hielos, frío

Todo había comenzado en 1314, cuando media Europa soportó tres años de lluvias persistentes y torrenciales que causaron grandes inundaciones. A partir de entonces las temperaturas no dejaron de bajar. Fue un descenso incesante, decenio tras decenio, que nadie entendía y que no se detenía. El desconcierto abrumaba a las gentes sencillas de esos tiempos medievales, tan repletos de credulidades y supersticiones.

En los Alpes, en especial, el avance de los glaciares era ostensible. Se cuenta que en 1642, al cabo de más de tres siglos de enfriamiento persistente del clima, el obispo de Ginebra presidió una procesión por las calles céntricas de Chamonix ante la inminencia de que los hielos -que ya habían causado la pérdida de un tercio de las tierras de cultivo- obstruyeran el cauce del río Arve y, al represarse las aguas, terminaran arrasando aldeas y caseríos. Lo que, acaso por la intervención divina, finalmente no sucedió.

Los Alpes fue, en efecto, la zona en la que la expansión de los glaciares fue mayor. Pero lo mismo ocurrió en Escandinavia, Siberia y Alaska. También al otro extremo del mundo, en Nueva Zelandia. Y en los Andes del sur. Pero la baja de las temperaturas se sintió en todo el Hemisferio Norte. Duró, con altibajos y oscilaciones, cerca de quinientos años, hasta mediados del siglo XIX. Los científicos la llamaron la Pequeña Edad del Hielo.

Las tremendas erupciones

No fueron, desde luego, cinco siglos de frío insoportable, pero sí un período largo de inestabilidad y fluctuaciones, en el que -según los estudios más recientes- el enfriamiento sólo afectó a los inviernos, de los que hubo unos cuantos muy severos, a los que siguieron unas primaveras de lluvias torrentosas y unos veranos calurosos pero no duraderos. La temperatura promedio del planeta habría caído un grado y medio, tal vez dos, con respecto al período previo, el Óptimo Climático Medieval, que habían sido tres siglos de calores y sequías.

La actividad volcánica, que fue impetuosa en aquellos siglos, habría sido la causante principal de la Pequeña Edad del Hielo. Y es que, de acuerdo con la explicación más sucinta de los científicos, las grandes erupciones de los volcanes producen nubes de sulfatos que, convertidos en aerosoles, dispersan una porción substancial de la luz solar y la devuelven al espacio. Al entrar menos calor del sol las temperaturas del planeta bajan y se agitan las mareas, se atropellan las corrientes marinas y se confunden los ciclos de las lluvias. Y eso fue lo que ocurrió.

Hubo, dicen los hombres de ciencia, erupciones enormes en 1257 (el volcán Samalas, en la isla indonesia de Lombok), 1268, 1275 y 1284, que crearon las condiciones propicias para el enfriamiento que empezó en el siglo siguiente. Y, ya con el frío disperso por medio planeta, en 1452 erupcionó el Kuwae, en Vanuatu, en Oceanía, y en 1600 el Huaynaputina, en el Perú, en los Andes, y en 1815 el Tambora, en Indonesia, en la isla de Sumbawa. Y, con las nubes frecuentes de aerosoles que recortaban el paso del sol, el mundo se enfrió. Y frío permaneció hasta inicios del siglo XIX.

Para entonces la Revolución Industrial se abría paso en Inglaterra y Alemania. Pronto se expandiría por Europa y llegaría al norte de América. Y con las fábricas y sus columnas de humo la temperatura del planeta volvió a cambiar, calentándose. Y el cambio climático sigue y se acentúa. Las alarmas se encienden. El planeta vuelve a alterarse. Y esta vez podría ser la alteración peor.

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Acerca de Jorge Ortiz

Si bien la televisión ha hecho que el público lo conozca, su mejor faceta es la de la escritura, donde demuestra no solo un envidiable conocimiento histórico, sino un estilo terso e impecable. Él dice lo que piensa y lo que cree.
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