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Mundo Diners al día

“Llora como mujer…”

por Jorge Ortiz

Boabdil
Imagen referencial creada por Glauber Guerra con IA.
TIEMPO DE LECTURA 4 MINUTOS

Desde que salió de la ciudad al andar lento de su caballo, con las primeras luces de un amanecer límpido y frío, no había dicho ni una sola palabra. Iba ensimismado y pensativo, cabizbajo, vencido por la melancolía. Su familia y unos pocos amigos y sirvientes -que cabalgaban despaciosamente a su lado- respetaron su silencio y su tristeza. Pasaron una hondonada y subieron una pequeña colina. Al coronarla se detuvo y miró atrás: ahí estaba, espléndida, la ciudad en la que había nacido y a la que no volvería a ver. Y lloró.

Casi ocho siglos antes, sus antepasados habían adoptado una nueva fe, basada en los principios de pobreza y solidaridad de la filosofía del desierto, y para difundirla -a punta de espada si fuera necesario- se habían lanzado a conquistar el mundo. Su avance había sido vertiginoso, al impulso de una convicción que no admitía fisuras. En esa irrupción rauda y mística, aquellos antepasados suyos habían llegado a esas tierras lejanas, las habían conquistado y en ellas habían creado un reino al que amaron, cuidaron y le dieron un nombre sonoro y seductor: Al-Ándalus.

Con el pasar de los años, esa entidad política sustentada en el islam, la religión predicada en el desierto de Arabia por el profeta Mahoma, había sido un emirato y más tarde un califato, ambos ilustres y poderosos, pero terminó fracturándose en una serie de reinos pequeños y rivales, los taifas, que al final fueron reunificados en el Reino Nazarí de Granada, la ciudad donde un deslumbrante conjunto de palacios, fortalezas y jardines, la Alhambra, confirmaba la devoción que esos conquistadores musulmanes árabes sentían por esos parajes luminosos de la costa noroccidental del mar Mediterráneo.

La dinastía Omeya -asentada en Damasco- había conquistado la Península Ibérica en el año 711. La que estableció fue una sociedad tolerante y plural, en la que convivieron musulmanes con cristianos y judíos. Incluso cuando los omeya fueron derrocados por los abasíes en Damasco, Al-Ándalus se convirtió en una entidad independiente gobernada por el emir Abd al-Rahman I y mantuvo esa apertura que con el tiempo impulsó una cultura avanzada, una agricultura fértil y un comercio abundante. Su capital, Córdoba, llegó a ser, por entonces, tal vez la ciudad más grande y sofisticada del mundo.

Pero, abrumado por ambiciones y conspiraciones, el califato de Córdoba terminó por dividirse en facciones, las “taifas”, de las que surgieron unos reinos débiles y enfrentados que en 1232 fueron fusionados en el Reino Nazarí de Granada. Sin embargo, la nueva dinastía, los nazaríes, no consiguió superar el espíritu ambicioso y conspirativo que se había instalado en los dominios ibéricos de los árabes, lo que década tras década fue minando su unidad y su fuerza. La inestabilidad se volvió crónica y arreciaron las luchas por el poder. Y en el siglo XV la crisis se volvió incontenible.

Para entonces, un nuevo reino, surgido de la unión de las coronas de Castilla y León en 1230, estaba fortaleciéndose y expandiéndose hacia el sur, hacia los dominios árabes. La Reconquista avanzaba con rapidez. Ya en el siglo XIII, el rey Fernando III el Santo había llegado a Andalucía, dónde recuperó varias ciudades, incluidas Córdoba y Sevilla. Mientras tanto, los reinos musulmanes del norte de África se desentendían cada vez más y libraban a su infortunio a los dominios nazaríes, cuya economía se deterioraba sin freno. Era evidente que el final se acercaba.

Y el final fue una sucesión de disputas, codicias, celos y traiciones. Fue así que en 1482 el rey nazarí Muley Hacén fue destronado por su hijo Abu ‘Abd Allah Muhammad, conocido -en especial por los cristianos- como Boabdil el Chico, a quien su madre, la reina Aixa, había llenado de rencor contra su padre. Y es que el rey había abandonado a la reina por la esclava cristiana Isabel de Solís, conocida en Granada como la muladí Zoraida. Y unidos madre e hijo derrocaron a Muley Hacén, quien, junto a su hermano Az-Zaggal, se retiró a Málaga para preparar la venganza. Y la guerra civil estalló.

La guerra, empezada a finales de 1482, fue una concatenación de batallas crueles y sangrientas, que terminaron de debilitar al Reino Nazarí, al mismo tiempo que el Reino de Castilla (ya unido a la corona de Aragón y gobernado por los Reyes Católicos Isabel y Fernando) reconquistaba cada vez más territorios hasta controlar la inmensa mayoría de la Península Ibérica. Boabdil sufrió una serie de derrotas, pero en 1487, ya con su padre Muley Hacén muerto y su tío Az-Zagall vencido, fue proclamado emir de Granada, aunque sometiéndose a un vasallaje ante Fernando el Católico.

A pesar del acuerdo de vasallaje, la guerra entre castellanos y nazaríes continuó. Y en noviembre de 1491, sitiado y sin esperanzas, Boabdil firmó la Capitulación de Granada, aceptando su derrota con la garantía de Fernando de que su gente sería respetada en su cultura, su religión y sus bienes. Al amanecer del 2 de enero de 1492, en el salón del trono, Boabdil entregó las llaves de la Alhambra. Habían terminado casi ocho siglos de presencia árabe en la España que nacía ese año. Y los Reyes Católicos pudieron financiar la expedición de Cristóbal Colón que en octubre llegaría a América.

Boabdil, vencido por la melancolía, salió ensimismado de la ciudad en la que había nacido y a la que no podría volver. Desde la cima de una colina la miró por última vez. Y lloró. Fue entonces cuando su madre lo confrontó: “llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”. Y, así, Boabdil el Chico, el último emir de Granada, sería para siempre recordado como un ser endeble, pusilánime y, para colmo, llorón. Pero, ¿Boabdil no habrá sido, más bien, un hombre sensible y viril, que supo pelear, conspirar y guerrear, ganando y perdiendo, y que tuvo el valor de mostrar sus sentimientos cuando su mundo se había desplomado y él lo había perdido todo? Sí, Boabdil lloró por una Granada cuya pérdida justificaba todas las penas, en vez de contenerse en una falsa indiferencia acatando aquella consigna atroz de que “los hombres no deben llorar…”. 

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Acerca de Jorge Ortiz

Si bien la televisión ha hecho que el público lo conozca, su mejor faceta es la de la escritura, donde demuestra no solo un envidiable conocimiento histórico, sino un estilo terso e impecable. Él dice lo que piensa y lo que cree.
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