
Fue capaz de todos los excesos en una época llamada “la pornocracia”
Tras una ancianidad serena y apacible, Francisco, el “papa del fin del mundo”, murió el 21 de abril. Tenía 88 años. Había sido elegido en marzo de 2013, cuando el por entonces cardenal Jorge Bergoglio tenía 76 años y 2 meses. Ya era, por consiguiente, un hombre maduro, como lo habían sido en el día de su elección todos sus predecesores de los últimos trescientos años. Y es que desde 1724, cuando fue entronizado Benedicto XIII, la edad promedio de los pontífices -22 en total- fue de 65 años y 9 meses. Y dos de ellos (Clemente XII en 1730 y Benedicto XVI en 2005) pasaban de los 78 años.
Pero no siempre fue así. En sus veinte siglos de historia, iniciada por el apóstol Pedro, la Iglesia Católica ha tenido desde papas muy ancianos (como Agatón, elegido en 678, cuando ya había cumplido cien años) hasta otros muy jóvenes (como Benedicto IX, elegido en 1032 -por el poder y el dinero de su familia-, cuando habría tenido doce años, cifra sobre la cual no hay certeza histórica). De quien se sabe sin dudas es de Juan XII, elegido en diciembre de 955, cuando tenía 18 años, y muerto a los 27 en la cama de una de sus muchas amantes.
Era, como pocas, una época tempestuosa y de excesos, en la que las cortesanas (dos en especial, mujeres alegres, desinhibidas y de familias de rango alto) tuvieron una influencia determinante en la conducción del papado, que por entonces era bastante más que un poder espiritual. Tanta influencia tuvieron que esa época pasaría a la posteridad como ‘la pornocracia’. Nada menos. Fue en aquellos años cuando en Roma nació Octaviano de Túsculo, cuyo padre, Alberico II, no sólo era el gobernante absoluto de la ciudad, sino también medio hermano del papa Juan XI.

Fiesta y lujuria
A Juan XI le sucedieron, en pontificados cortos y agitados, León VII, Esteban VIII, Marino II y Agapito II. Pero quien daba las órdenes era Alberico, quien antes de morir, en el año 954, dejó hechos los arreglos necesarios para que su hijo Octaviano fuera elegido papa cuando faltara Agapito. Y así sucedió, en efecto: Agapito murió en diciembre de 955 y a los pocos días Octaviano fue elegido papa. Adoptó el nombre de Juan XII y, carente de toda formación y sólo interesado en la fiesta y la lujuria, emprendió un pontificado que sería recordado por sus adicciones y desvíos.
Tan desentendido estuvo siempre Juan XII de los asuntos de la Iglesia, que el rey de Italia, Berengario II, quiso aprovechar la situación para anexarse los territorios pontificios. Era finales del año 960. Angustiado, el papa le pidió al rey alemán Otón I que acudiera en su auxilio, a cambio de lo cual le ofreció coronarle emperador. Ni corto ni perezoso, Otón (que ya era llamado ‘el Grande’) lanzó sus escuadras a ocupar y sellar Roma. También, desde luego, a cobrar su recompensa.
El Sacro Imperio
Fue así que en febrero de 962, en Roma, Juan XII y Otón I firmaron el ‘Privilegium Ottonianum’, que si bien confirmaba las donaciones territoriales a favor de la Iglesia hechas en 756 por el rey de los francos Pipino ‘el Breve’ (padre de Carlomagno), establecía que en lo sucesivo ningún papa sería entronizado sin la aprobación previa del emperador. Y, claro, Otón fue coronado emperador. Había nacido así el Sacro Imperio Romano Germánico, que perduraría nueve siglos, hasta 1806, cuando fue barrido los ejércitos de Napoleón.
Pero Juan incumplió su parte de los acuerdos porque, para sacarse de encima a Otón, forjó una serie de alianzas militares urgentes. Ese fue el principio de su fin: el emperador volvió a lanzar sus legiones contra Roma, la ocupó y, en un juicio vertiginoso, hizo que cardenales, obispos, clérigos y laicos relataran la vida libertina y excesiva del papa. Fue acusado de asesinatos, de traficar con las dignidades eclesiásticas, de ser sacrílego y perjuro y de tener “todos los vicios posibles”, desde el juego hasta la fornicación. Declarado culpable, Juan fue depuesto del papado.
Pero, armado de un ejército, Juan volvió a Roma y convocó un concilio que lo restituyó en el papado. Y volvió a su vida desmesurada. Otón, enardecido, reemprendió el camino a Roma, resuelto a ya no tener contemplaciones con Juan. Pero cuando llegó a la ciudad el papa había muerto en la cama de una amante, cuyo marido -según la leyenda que parece estar bien sustentada en la historia- lo encontró en pleno adulterio con su mujer y, sin pensarlo dos veces, lo molió a golpes, martillo en mano. Era mayo de 964. Había sido papa durante cien meses. Se lo recuerda como el ‘papa fornicario’.

