
James Watt transformó las sociedades humanas como jamás lo ha hecho nadie.
Todo empezó en Glasgow
El hombre era hábil, estudioso e ingenioso, siempre dispuesto al trabajo, por lo que sus compañeros de la Universidad de Glasgow lo buscaban casi a diario para que arreglara cuanto instrumento se hubiera descompuesto. Y él lo reparaba todo: telescopios, barómetros, termómetros, reglas paralelas, octantes, cuadrantes… Lo que le pidieran. Fue así que un buen día de 1863 (o, tal vez, de 1864) le llevaron una bomba para extracción de agua que se había estropeado y cuyo arreglo era indispensable. Y él, James Watt, puso de inmediato manos a la obra.
Lidiando con la bomba (que era uno de los ‘motores Newcomen’ que usaban bomberos y mineros desde finales del siglo XVII), Watt se dio cuenta de que esas máquinas eran muy ineficientes, porque calentando el pistón se desperdiciaban tres cuartas partes de la energía generada con vapor de agua. Y, claro, se puso a experimentar. Meses y meses, con persistencia enorme, buscó la forma de condensar el vapor para reducir, o suprimir, el desperdicio de energía. Y una tarde, ya en 1865, mientras caminaba -reflexionando- por un parque a orillas del río Clyde, tuvo la idea que lo cambiaría todo.
Para entonces, Watt ya era un hombre conocido y respetado, tanto por sus arreglos de máquinas y sus habilidades de fabricante de instrumentos como por su espíritu cordial y su actitud amable. Era, además, apreciado como buen conversador, culto y ameno, que disfrutaba reuniéndose para tertulias prolongadas con personas de intelecto sólido. Su buena fama trascendió las fronteras de Escocia y se extendió a Inglaterra, en especial a Birmingham, a donde viajaba con frecuencia aprovechando su cercanía con Glasgow.
Tertulias ilustradas
Era conocida, sobre todo, su pertenencia a la Sociedad Lunar, un club de caballeros particularmente interesados en la historia, la filosofía y la ciencia, que tuvo una reputación significativa en los círculos ilustrados hasta comienzos del siglo XIX. Las reuniones se hacían en las noches de luna llena (por eso su nombre), para aprovechar la luz nocturna en aquellos tiempos en que todavía no había alumbrado público, de manera que los contertulios pudieran volver a sus casas sin riesgos mayores de asaltos o accidentes. Y Watt era un asistente asiduo y activo.
La innovación que se le ocurrió a orillas del río Clyde fue incorporar a la bomba una cámara independiente de condensación, de manera que la temperatura del pistón se mantuviera estable para así evitar el dispendio inútil de calor. Así de obvio. Lo que logró fue, en definitiva, convertir eficientemente en energía mecánica la energía térmica proveniente del vapor del agua al hervir. Y con esa energía mecánica mover motores. La “máquina de vapor”, que así fue llamada, la patentó Watt en 1769. Y ese invento cambió el mundo.

Sí, todo cambió
Con la máquina de vapor empezó, cuando terminaba el siglo XVIII, la Revolución Industrial: la producción, hasta entonces basada siempre en la fuerza humana y la tracción animal, se mecanizó y creció con una rapidez de vértigo. Las comunicaciones, con el barco de vapor y después con el ferrocarril, se expandieron. El comercio se disparó. El progreso dejó de depender de los ritmos inmanejables de lluvias y sequías y se volvió constante. La urbanización se aceleró y, con las ciudades, se multiplicaron las universidades, los museos, las bibliotecas. El conocimiento se amplió y distribuyó.
El desarrollo industrial transformó la composición de las sociedades: surgieron la burguesía, propietaria del capital, y el proletariado, participante en la producción con su trabajo. La nueva composición social generó otras ideologías, desde el sindicalismo hasta el anarquismo, el socialismo y el comunismo. El capitalismo se consolidó. Y aparecieron, primero en Europa y después en los Estados Unidos, los mercados de masas que generalizaron el consumo. La clase media, hasta entonces insignificante, se ensanchó y ganó influencia política y social. Los niveles de vida subieron década tras década.
El progreso de las sociedades humanas -al principio circunscrito a los países de punta con capitalismo vigoroso- paulatinamente se puso al alcance de todos los que se propusieran lograrlo. Muchos lo hicieron, otros se quedaron. Al transformarse las sociedades cambiaron las formas de vida. Nada es hoy como era cuando fue patentada la máquina de vapor. Nada. Acaso la única transformación equiparable a la que causó la Revolución Industrial fue la que generó el invento de la rueda, allá en el período neolítico, en plena Edad de Piedra… Ni más ni menos.

