
La agonía de una tierra milenaria.
La Biblia lo menciona una y otra vez, con constancia y admiración, exaltándolo como el símbolo mayor de la belleza, la pureza y el esplendor, cuya expresión más alta es “la majestuosidad de sus cedros”. Ahí, en el Cantar de los Cantares, el libro poético del Antiguo Testamento que es una oda al amor, el deseo y la entrega mutua de dos amantes, el autor (que pudo haber sido el rey Salomón) recurre al Líbano para ilustrar todo lo que es armonioso, límpido y fresco, como ese amor joven, impetuoso y sensual, que es “un manantial de aguas vivas que corren desde el Líbano…”.
Esa tierra de remembranzas bíblicas, ubicada en el Levante Mediterráneo, donde comienza el Oriente Medio, ha sido a lo largo de los siglos un mosaico de culturas y religiones, forjado por la conjunción de los pueblos que la ocuparon, desde griegos macedonios y persas aqueménidas hasta romanos, bizantinos, mamelucos, otomanos, británicos, franceses y sirios. Allí los fenicios -en ciudades-estado como Biblos, Sidón y Tiro- dominaron el comercio marítimo durante siglos y abrieron rutas que crearon riqueza, diversidad y prosperidad.
Allí también, durante la larga época del esplendor fenicio, fue creado un alfabeto de veintidós letras consonantes que en la práctica fue el primer sistema de escritura basado en la representación de sonidos. Nada menos. Ese alfabeto fonético pionero, surgido unos doce siglos antes de la era cristiana, fue más tarde adoptado por los griegos, que le añadieron las vocales y, así, forjaron el primer alfabeto completo, del que con el andar de los tiempos emanó el alfabeto latino en el que está escrito este pequeño artículo. Sí, en el Líbano.
Las conquistas prosiguieron en cascada hasta hace tan sólo un siglo, al final de la Primera Guerra Mundial, cuando el Imperio Otomano -que había ocupado el país de los cedros desde principios del siglo XVI- fue disuelto por las potencias vencedoras, una de las cuales, Francia, se otorgó un mandato que terminó en medio de la Segunda Guerra Mundial, en 1943, cuando surgió el Líbano independiente. Sus años iniciales fueron esplendorosos, con su capital, Beirut, convertida en el epicentro financiero, cultural y turístico del Oriente Medio. Pero su auge fue efímero.
Y es que, desde su nacimiento, el país estuvo dividido en tres comunidades (cristianos maronitas, musulmanes sunitas y musulmanes chiitas) que habían adoptado un sistema de reparto del poder político, el confesionalismo, que nunca terminó de funcionar. Y, con el telón de fondo del ya por entonces trágico enfrentamiento entre palestinos e israelíes, en 1975 estalló una guerra civil que duró quince años, mató más de ciento cincuenta mil personas, arrasó la economía y, en fin, liquidó las esperanzas de forjar una sociedad de convivencia armoniosa y paz duradera.
De allí en adelante fue todo ir de mal en peor: los sirios y los israelíes, cada uno por su parte, se sintieron vecinos con derechos, que entraron a cañonazo limpio al pequeño país -que apenas supera los diez mil kilómetros cuadrados- cada vez que quisieron. Y el Líbano también fue copado por refugiados palestinos, decenas de miles, unos por la creación del Estado de Israel, en 1948, y otros por la derrota árabe en la Guerra de los Seis Días, en 1967. Y el remate ocurrió en 1982, cuando -inspirado y financiado por Irán- apareció el grupo Hezbolá con su estrategia de terror.
Hoy el Líbano está siendo devastado por una guerra ajena, con miles de muertos y heridos. Todo el sur, desde el Valle de la Becá hasta los suburbios de Beirut, está ocupado por tropas israelíes con una capacidad espeluznante de demolición: sesenta mil viviendas, según las cifras oficiales, han sido derruidas, y la cuarta parte de la superficie cultivable ha sido dañada por substancias tóxicas como el fósforo blanco. La del primer ministro Benjamín Netanyahu es una política de tierra quemada. Sí, todo fue -y sigue siendo- ir de mal en peor en el país de los cedros, la joya del Cantar de los Cantares. Es la agonía de una tierra milenaria.

