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"El Terror": la turba quiere sangre

por Jorge Ortiz

El Terror
Imagen generada por Shutterstock AI.
TIEMPO DE LECTURA 3 MINUTOS

Al menos veinte mil personas fueron decapitadas durante “El Terror”, la época más turbulenta de la Revolución Francesa.

Era el 2 de noviembre de 1793. Ese día, por mandato del Comité de Salud Pública -es decir de Maximiliano Robespierre, quien por entonces tenía todo el poder en Francia- veintiún “facciosos” serían decapitados. Eran enemigos del pueblo que no merecían ninguna compasión. La guillotina les esperaba. Los veintiuno fueron llevados, amarrados unos contra otros y maniatados, por calles repletas de una turba ansiosa de sangre y venganza, que vociferaba, insultaba y escupía. La Plaza de la Revolución (que más tarde sería llamada Plaza de la Concordia) hervía de gente enardecida, borracha y feroz.

Los condenados eran girondinos, del grupo moderado y federalista que había compartido con entusiasmo los principios liberales y humanísticos de la sublevación que el 14 de julio de 1789, cuatro años antes, había copado la Bastilla, la fortaleza del este de París que era considerada el símbolo del poder armado del ‘Ancien Regime’, el ‘Antiguo Régimen’ -monarquía de los Borbón incluida- que los revolucionarios se proponían demoler. Muchos de los girondinos provenían de sectores cultos de la burguesía, por lo que su participación había sido relevante en las fases iniciales del proceso.

Pero a medida que avanzó la Revolución Francesa (como se la conocería desde entonces y para siempre), los 175 diputados girondinos -de los 749 integrantes de la Convención Nacional, que nominalmente ejercía el poder- fueron desplazados, primero, y perseguidos, después, por el radicalismo siempre mayor y la disposición a todo de los jacobinos de Marat y Robespierre, a quienes la Comuna de París incitaba a gritos hacia el extremismo y la impiedad. Y ese día veintiún girondinos eran conducidos al cadalso.

el terror
Imagen generada por Shutterstock AI.

Jean-Paul Marat, el turbulento líder de la Comuna, había muerto ya: el 13 de julio había sido asesinado a puñaladas por una joven girondina que pocos días más tarde fue decapitada. Pero Robespierre, con todo el poder en sus manos, implantó un régimen que, con el argumento de sofocar las actividades contrarrevolucionarias, lanzó a Francia a un vendaval de violencia política que duraría casi un año (desde el otoño de 1793 hasta la caída y ejecución del mismísimo Robespierre, el 28 de julio de 1794). Miles de personas fueron decapitadas. Al menos veinte mil. Esa época fue llamada “El Terror”.

Todos los excesos ocurrieron esos meses. Como, por ejemplo, las “noyades”, las “inmersiones”, en que cientos de personas indefensas (mujeres con sus hijos en brazos, ancianos, inválidos, niños) eran arrojados en el medio del río, el Loira, para que el cacique revolucionario de la Bretaña, Jean-Baptiste Carrier, se aliviara de sus tensiones políticas viendo ahogarse a esos pobres infelices. Su placer mayor provenía, sin embargo, de los “casamientos republicanos”: ataba por parejas a hombres y mujeres desnudos y los arrojaba al río, en medio del alborozo ruidoso, lascivo y brutal de él y sus camaradas.

Ese día de un noviembre frío y brumoso la guillotina estaba lista, en el centro de la plaza y de la turba, para cortar veintiún cabezas. El Terror mantenía movilizada y frenética a la multitud, que pedía más y más sangre y que estaba ansiosa por ver las veintiún decapitaciones. Los condenados, alineados al pie del cadalso, empezaron a cantar La Marsellesa. Pero sólo estaban veinte, porque el vigésimo primer reo, llamado Charles Dufriche-Valazé, se había suicidado tres días antes, al oír la sentencia.

La turba se indignó: había ido a ver rodar veintiún cabezas, y veintiún cabezas exigía. Los gritos se elevaron y los puños se apretaron. El verdugo, Charles Henri Sanson, un hombre de hielo que ya había decapitado al rey Luis XVI y a la reina María Antonieta, se inquietó: la turba se encendía. Entonces, el cadáver de Valazé fue llevado al apuro para saciar la sed de sangre de la multitud que aullaba. Y Valazé fue decapitado. La muchedumbre se dispersó aplacada, para volver a reunirse al día siguiente y pedir más sangre. Y así cada día.

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Acerca de Jorge Ortiz

Si bien la televisión ha hecho que el público lo conozca, su mejor faceta es la de la escritura, donde demuestra no solo un envidiable conocimiento histórico, sino un estilo terso e impecable. Él dice lo que piensa y lo que cree.
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