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Mundo Diners al día

Un eclipse total del corazón

por Jorge Ortiz

Nuremberg
Imagen referencial creada por Glauber Guerra con ayuda de IA.
TIEMPO DE LECTURA 3 MINUTOS

La ley era clara e inequívoca: estaban totalmente prohibidas las relaciones sexuales (y, por supuesto, los matrimonios) entre los judíos y las personas de sangre alemana. No había excepciones. Era la Ley para la Protección de la Sangre y el Honor Alemanes, que había sido expedida en septiembre de 1935 en Núremberg y que era aplicada con prolijidad y esmero. El nacionalsocialismo estaba en sus años de esplendor, los del milagro económico, el rearme urgente y la recuperación de las viejas glorias germanas, y, claro, sus leyes debían ser cumplidas sin vacilaciones.

Las “Leyes de Núremberg”, que así fueron llamadas, incluían tanto la de la protección de la sangre, la Blutschutzgesets, como la Ley de Ciudadanía del Reich, que en la práctica suprimía los derechos civiles de los judíos. La dificultad era la cantidad enorme de judíos que había en Alemania (530.000 en 1933, al llegar Hitler al poder) y, desde luego, no era fácil tenerlos controlados siempre a todos. Controlados incluso en sus alcobas.

Uno de esos cientos de miles de judíos que vivían en la Alemania nacionalsocialista era Lehmann “Leo” Katzenberger, cuya familia era dueña de una próspera cadena de tiendas de calzado, que había convertido a Leo y a dos de sus hermanos en miembros destacados de la comunidad de Núremberg. Era un hombre emprendedor y empeñoso, muy trabajador, que -según aseguraron sus parientes y amigos- llevaba una vida ordenada, junto a su mujer y a sus dos hijas. Pero…

Pero Leo tenía una amiga, la fotógrafa Irene Seiler, alemana y de religión cristiana, que allá por 1941 tenía unos jóvenes 31 años. Leo, por su parte, ya tenía 68. Vivían cerca el uno del otro y, según parece, se veían con cierta frecuencia. Los rumores volaron y las maledicencias proliferaron: “¡tienen un romance!”. Ellos siempre lo negaron y, sin angustiarse, siguieron con sus vidas. Pero los nazis más obstinados encontraron una oportunidad de oro. Y, sin demora, llevaron el tema a los tribunales.

Acusado de transgredir la Blutschutzgesetz, Leo Katzenberger fue detenido en marzo de 1941 y encausado. No hubo, sin embargo, pruebas suficientes de que hubiera habido algo sexual con Irene (“la nuestra es una relación como si fuéramos padre e hija”, aseguró ella), por lo que el juicio no prosperó. Pero por entonces, con la Segunda Guerra Mundial en pleno transcurso y con Alemania avanzando arrolladoramente por Europa, había gente lista a hacer méritos ante los jefes nazis para conseguir notoriedad y ascensos. Y quien irrumpió fue Oswald Rothaug, un juez urgido a relanzar su carrera.

Rothaug, que no cesaba de proclamar su fe nacionalsocialista, reabrió el caso, alborotó a la prensa y buscó testigos. Y, claro, los encontró: un vecino declaró que había visto a Leo salir del departamento de Irene “cuando ya estaba oscuro”. Fue suficiente, porque el juez, citando la Ley para la Protección de la Sangre Alemana -y, por si algo faltara, la ley marcial que estaba vigente-, condenó a muerte al acusado. Y, en efecto, Lehmann Katzenberger fue ejecutado en Múnich el 2 de junio de 1942. La justicia nacionalsocialista había sido aplicada con rigor y vigor.

(Cuatro meses más tarde, con el Holocausto ya en fases avanzadas, Klara Katzenberger, la mujer de Leo, fue detenida y enviada a un campo de tránsito en Polonia. Allí se le perdió el rastro. Posiblemente murió en Auschwitz. Sus hijas, Käthe y Liselotte, lograron huir y emigraron a los Estados Unidos.) 

En marzo de 1947, con la guerra terminada, Alemania vencida y los jerarcas nazis procesados, Irene Seiler fue citada como testigo en el célebre Juicio de los Jueces, en Núremberg. Allí, en la corte, se encontró cara a cara con el juez que, por la sola declaración de un vecino, había dispuesto la muerte de Leo y a ella la había condenado a dos años de cárcel por perjurio. Su testimonio -entre los de muchas otras víctimas de la justicia nazi- fue determinante para que Oswald Rothaug recibiera una sentencia de cadena perpetua.

Pero en 1943, un año después del “caso Katzenberger” y después de haber peregrinado de oficina en oficina en busca de la recompensa por sus juicios y sentencias, Rothaug se encontró con las manos vacías: el régimen nazi se había olvidado de él. A duras penas le dio un cargo subalterno en la fiscalía de Berlín. Se sintió humillado y engañado. Sufrió (como hubiera cantado Bonnie Tyler) un “eclipse total del corazón”. Y ya en 1947 fue apresado, juzgado y sentenciado. Fue a parar en la cárcel. Murió en 1967. 

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Acerca de Jorge Ortiz

Si bien la televisión ha hecho que el público lo conozca, su mejor faceta es la de la escritura, donde demuestra no solo un envidiable conocimiento histórico, sino un estilo terso e impecable. Él dice lo que piensa y lo que cree.
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