
Ellos fueron, según relata la historia, quienes inventaron los jardines, el postre, las fiestas de cumpleaños, las unidades militares (con sus uniformes respectivos), el riego, el correo y los molinos de viento. También los derechos humanos. Y tal vez, además, los conceptos avanzados de cielo e infierno. Y fueron ellos quienes generalizaron el uso de los pantalones. Pero ellos, los persas, corren el riesgo de que su civilización sea destruida en una sola noche, para siempre, a bombazo limpio. O al menos esa fue la amenaza que recibieron el 7 de abril.
Su civilización comenzó a inicios del siglo VI antes de la era cristiana, aunque el asentamiento de tribus indoeuropeas en el Asia Occidental, al sur del mar Caspio, había empezado doce o catorce siglos antes. Pero fue Ciro II, que sería llamado El Grande, quien en el año 550 fundó el Imperio Aqueménida, que con el andar de los años se extendería por la Mesopotamia, Babilonia y más allá, hasta controlar desde el mar Mediterráneo hasta los lindes de Afganistán y Pakistán. Llegó a ser el mayor imperio jamás habido hasta entonces. Fue el principio de la historia larga y luminosa de Persia.
Uno de los hitos fundacionales de esa historia fue nada menos que la primera declaración formal de los derechos humanos. Ocurrió en el año 539 antes de Cristo, cuando, tras haber conquistado Babilonia, que por entonces era la ciudad más poblada del mundo, Ciro el Grande emitió el que para siempre sería conocido como el Cilindro de Ciro, un artefacto de arcilla con escritura cuneiforme que relata cómo había mejorado la vida de su pueblo y de los pueblos conquistados gracias a las libertades y los derechos que les concedió y que por entonces eran inimaginables en otras regiones.
Fue así que los cuarenta (tal vez cincuenta) millones de habitantes del Imperio recibieron libertad de pensamiento y de religión y fueron prácticamente igualados los derechos de los hombres y las mujeres. Pero hubo algo más: en la Babilonia conquistada por Ciro vivían al menos veinte mil hebreos (obreros, pero también la élite intelectual del Reino de Judá) esclavizados durante el reinado de Nabucodonosor, que pudieron regresar a Jerusalén (y construir el segundo templo judío) gracias a que el Cilindro reconocía la facultad de cada persona de vivir donde quisiera.
Para entonces los persas ya habían hecho otros aportes. Como la primera unidad de refrigeración -abovedada, hecha de arcilla- para almacenar alimentos y hielo. O como la inclusión del postre al terminar las comidas. O como la celebración de los cumpleaños. O como un sistema de regadío con el que tierras áridas fueron convertidas en jardines. Y esos pequeños jardines con el pasar del tiempo se incorporaron al diseño arquitectónico de los hogares en todo el mundo. Y a esos jardines los llamaron “pairidaeza”, palabra persa de la que, a través del griego y del latín, surgió “paraíso”, es decir “Jardín del Edén”.
Su red de carreteras unió e integró las provincias (gobernadas por satrapías, con una autonomía administrativa que resultó muy eficiente), lo que, además de propulsar el comercio, fue el origen de un sistema muy ordenado de postas y relevos, que fue el primer servicio de correo jamás habido. Y alrededor del año 500 antes de Cristo los persas inventaron el molino de viento, para bombear agua y moler granos. Y fueron pioneros en dividir sus ejércitos en regimientos y unidades que eran identificados con uniformes de diferentes colores. Y generalizaron en el mundo el uso del pantalón.
Su Academia de Gundeshapur, fundada ya en la época de transición de la Edad Antigua a la Edad Media, fue uno de los centros de educación más célebres del planeta, donde se fusionaron los saberes persas, indios, griegos y romanos. Y, antes, su religión, el zoroastrismo, fue una fe monoteísta temprana que introdujo, o pulió, conceptos teológicos como el cielo, el infierno, el juicio final y la dualidad entre el bien y el mal. Pero, ya en el siglo VII, Persia fue ocupada por los árabes y convertida al islam. El culto a la sabiduría se extinguió y el país se hundió en el medioevo.
Del obscurantismo medieval ya jamás salió Persia, a pesar de sus élites ilustradas. Y el declive se precipitó en 1979 cuando los clérigos musulmanes chiitas, alentados por unas masas exaltadas por una monarquía represora, insensible y dispendiosa, tomaron el poder e impusieron una república teocrática intolerante y feroz, que hizo que Persia (que oficialmente se llama Irán desde 1935) terminara de hundirse en las tinieblas. Pero de ahí a que alguien poderoso y terrible amenazara con que “una civilización entera morirá esta noche” hay una distancia que nunca creyó nadie que pudiera ser recorrida. Pero ocurrió.

