
Eran, sin duda, otros tiempos y otras dimensiones: en su época de mayor expansión, a comienzos del siglo II, cuando sus dominios abarcaban desde las islas británicas hasta el golfo Pérsico, atravesando tres continentes, el Imperio Romano llegó a tener unos cuarenta millones de habitantes. Hoy, en pleno siglo XXI, una sola ciudad, Yakarta, en Indonesia, tiene ella sola cuarenta y dos millones. Es tanta gente (y, claro, tantas construcciones) que está hundiéndose. Y se hunde con tal rapidez que ya fue necesario trasladar la capital de la isla de Java a la de Borneo. Nada menos.
Yakarta todavía es, sin embargo, la ciudad más poblada del mundo: al empezar este año superó a Tokio, que no sólo se redujo a 33,5 millones, sino que está sufriendo (como todo el Japón) una contracción poblacional vertiginosa. Tan vertiginosa que también Dacca, en Bangladesh, con sus 36 millones, la desbordó. Y, según anticipan los expertos en demografía, la lista de las ciudades con más de cuarenta millones de habitantes pronto será larga y con predominio asiático: Nueva Delhi, Calcuta, Shanghái, Chongqing, Bombay…

No siempre fue así, por supuesto. En la Antigüedad, cuando la especie humana recién había “inventado” la agricultura y domesticado los animales, este planeta estaba muy poco poblado: probablemente de cuatro a cinco millones, hace diez mil años. Pero con los primeros cultivos y los primeros corrales apareció algo novedoso e insospechado: unos asentamientos poblacionales precarios pero fijos, después de decenas de miles de años de la vida nómada que caracterizó siempre a los cazadores y recolectores que fueron los seres humanos iniciales.
Todo ese proceso asombroso ocurrió en la cuna de la civilización, la Mesopotamia. Y fue allí donde surgió la que probablemente fue la primera “gran ciudad”, Jericó, que pudo haber tenido unos mil habitantes. Sí, la mayor ciudad del mundo fue -hace nueve mil o diez mil años- una pequeña aldea, que después creció, se fortificó y amuralló, construyó una torre de piedra y algunos de sus hitos (como el derribo de sus murallas por parte de Josué) fueron narrados en la Biblia.
Allí mismo, en la Mesopotamia, otros asentamientos humanos llegaron a ser, con el pasar de los siglos, las mayores ciudades de su época. Como Uruk, hace unos cinco mil años, que alcanzó los 80.000 habitantes. O como Ur (donde nació el patriarca Abraham y donde recibió la orden de Dios de conducir al pueblo hebreo a esperar el Mesías en la tierra de Canaán), que habría sido la primera en sobrepasar los 100.000.
Más tarde emergería Babilonia, centro de un imperio poderoso y dominante, una ciudad resplandeciente y opulenta, con la Puerta de Ishtar y los Jardines Colgantes, que en los tiempos de Nabucodonosor, doce siglos antes de la era cristiana, habría tenido más de 200.000 habitantes, cuyos excesos y desafueros hicieron que la ciudad sea recordada como la capital del vicio y del pecado. Aunque también fue allí donde nació el derecho antiguo, gracias a la deslumbrante recopilación de leyes escritas contenida en el Código de Hammurabi.
Ya en la era cristiana, con el auge de los imperios clásicos, las grandes ciudades alcanzaron números poblacionales impresionantes. La primera fue Alejandría, en Egipto, que habría llegado a tener 800.000 habitantes un siglo antes del nacimiento de Cristo. Después vinieron las dos magníficas capitales imperiales: Roma, en el Occidente, con su millón de residentes en los albores del siglo II, y Constantinopla, que en el siglo VII habría tenido 600.000 personas viviendo dentro de sus murallas, que fueron atacadas mil veces pero que recién pudieron ser rendidas en 1453.
Pero para entonces las mayores ciudades del mundo ya estaban en el Oriente Medio y, sobre todo, en el Asia: Xi’an, que alrededor del año 700, durante la Dinastía Tang, habría ya llegado al millón de habitantes; Bagdad, que en el año 1000 tendría 1,2 millones; Hangzhou, que en 1300 habría superado el millón y medio; y Pekín, que a finales del siglo XVIII se habría acercado -sin llegar- a los dos millones.
(Los “censos científicos”, con periodicidad y métodos estadísticos, empezaron a hacerse a finales del siglo XVIII, coincidiendo con el proceso acelerado de urbanización desencadenado por la Revolución Industrial, cuando, en los países avanzados, millones de seres humanos se trasladaron a las ciudades en busca de plazas de trabajo, seguridades y certezas. Las cifras de población anteriores a la invención de la máquina de vapor son estimaciones -con bases sólidas, pero estimaciones- de arqueólogos e historiadores.)
Fueron las ciudades de los países de punta las receptoras de las grandes corrientes migratorias derivadas de la Revolución Industrial. Y, claro, Londres se convirtió en el siglo XIX en la más grande del mundo. Y, creciendo cada año, lo fue hasta los años inmediatos al final de la Primera Guerra Mundial, cuando los Estados Unidos se revelaron como la mayor economía del planeta, con una ciudad, Nueva York, como su portaestandarte, que en 1920 tenía ya cinco millones de habitantes (y diez millones si se considera toda su área metropolitana). Había llegado la era de las megalópolis.
Y Tokio se erigió en la quintaesencia de las megalópolis: fue desde 1954 la ciudad más grande del mundo, que creció arrolladoramente hasta 2015, cuando superó los 37 millones y, abrumada por su inmensidad, empezó a decrecer. Para entonces, las ciudades chinas e indias -y también Yakarta y Dacca- habían entrado en una espiral de expansión demográfica que ya no se detuvo. Y, así, las grandes urbes hoy superan los cuarenta y apuntan a los cincuenta millones de habitantes. ¿Todavía -cabría preguntar- es aplicable el célebre aforismo del Renacimiento de que “el aire de ciudad civiliza”?

