
Amelia Earhart desapareció cuando daba la vuelta al mundo en un pequeño bimotor.
El mensaje había sido críptico y angustioso: “el combustible está agotándose…”. Después el silencio, el vacío. Desde el comienzo del trayecto, que debía durar algo más de veinte horas, la comunicación radial había sido esporádica e inestable, dificultada por un clima nuboso y lluvioso que también complicaba la visibilidad. Desde el despegue (del aeródromo de Lae, en el extremo oriental de Papúa Nueva Guinea), el vuelo había sido rastreado con sobresaltos por el guardacostas estadounidense Itasca. El pasar de las horas multiplicó los malos augurios. El mundo entero contuvo el aliento.
Y es que quien piloteaba el avión era una celebridad internacional. Sí, Amelia Earhart había efectuado unos vuelos pioneros, como el cruce en solitario y sin escalas del océano Atlántico, en una época -los años previos a la Segunda Guerra Mundial- en la que la aviación era el desafío más alto e inspirador para la ciencia y para la técnica. Estaba a punto de cumplir cuarenta años (había nacido en Atchison, Kansas, en 1897) cuando emprendió la más osada y arriesgada de sus aventuras: hacer un vuelo de circunnavegación del globo terrestre como nunca antes lo había hecho una mujer.
Pero todo se embarrulló desde el principio. Y es que el intento inicial, en marzo de 1937, se malogró al empezar la segunda etapa de la travesía porque el avión se salió de la pista al despegar de Pearl Harbor, en Hawái, y sufrió averías que obligaron a llevarlo de regreso a California. Amelia rediseñó, entonces, todo el viaje: empezaría esta vez en Miami, e iría de oeste a este, hacia el sol naciente, con paradas en Sudamérica, África, el subcontinente indio y el sudeste asiático, para volver a Norteamérica por la costa occidental. Un viaje de unos cuarenta y seis mil kilómetros.
Cansancio y tensión
La larga travesía comenzó el 1° de junio. Junto a Amelia iba sólo su copiloto, Fred Noonan, quien también hacía las veces -sin destreza suficiente- de radioperador. El avión era un bimotor Lockheed Electra, cuyo tanque lleno cargaba mil cien galones de combustible y permitía recorrer unos cuatro mil quinientos kilómetros. La ruta escogida era novedosa y complicada: de Miami, Amelia voló a San Juan, en Puerto Rico, y de allí a Caripito, en el oriente venezolano, desde donde bordeó la costa atlántica sudamericana para cruzar al África. Todo iba sin contratiempos.
Luego de atravesar el continente africano llegó al mar Rojo, se dirigió a Karachi, en el Pakistán, y voló hacia Calcuta. Después fue a Rangún, Bangkok, Singapur y Bandung, en Indonesia, donde el clima borrascoso obligó a detener la travesía por varios días, que fueron aprovechados para hacerle alguna reparación al avión. Pero el cansancio y la tensión afectaron a Amelia, que se enfermó de disentería. Recién pudo reanudar el viaje el 27 de junio, cuando voló a Darwin, en Australia, donde dejó los paracaídas porque -dijo- “de aquí en adelante ya no serán necesarios”.
A pesar de que el clima seguía inquieto en todo el Pacífico Oriental, Amelia resolvió continuar. El 29 llegó a Lae, desde donde envió un informe al diario Herald Tribune: llevaba recorridos 35.405 kilómetros y le faltaban 11.265. En las fotografías que adjuntó se la veía ojerosa y pálida. No obstante decidió seguir. El 2 de julio, con el clima atenuado pero todavía agitado, Amelia Earhart despegó hacia la pequeña isla de Howland, un atolón coralino ubicado en mitad del océano, entre Papúa Nueva Guinea y Hawái. Un trayecto de más de cuatro mil kilómetros.

El vuelo final
La comunicación con el guardacostas Itasca fue pedregosa e inestable: el clima no ayudaba. Al cabo de seis horas de vuelo, a las 07.20 GMT, Amelia reportó su posición a 232 kilómetros al sudoeste de las islas Nukumanu, en el Pacífico Oriental, cuatro grados al sur de la línea ecuatorial. Volaba -aseguró- a 3.657 metros de altura, con rumbo a Howland. Pero después la radio enmudeció durante casi trece horas. A las 20:14 llegó un último mensaje, ya desesperado: “debemos estar encima de ustedes, pero no los vemos, y el combustible está agotándose”. Después el silencio, el vacío.
Al prolongarse el silencio, la desaparición fue comunicada al mando de la marina, que la trasladó a Washington. En cuanto supo la noticia, el presidente Franklin Roosevelt dispuso que fueran movilizadas todas las naves disponibles en la región. Y, en efecto, nueve barcos y sesenta y seis aviones participaron en una búsqueda extenuante y febril. Pero fue inútil: todo hacía suponer que al Lockheed Electra se lo tragó el mar. Y dos semanas después el operativo fue cancelado. Amelia Earhart fue declarada muerta el 5 de enero de 1939. Su cadáver nunca apareció. El misterio perdura. Su leyenda también.

