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Mundo Diners al día

Hace un siglo supimos que no somos el centro del universo

por Jorge Ortiz

1925
Collage de personajes que marcaron el año 1925. Foto: Víctor Vergara.
TIEMPO DE LECTURA 4 MINUTOS

1925 fue un año sorprendente

Al golpe se lo veía venir, pero cuando llegó nadie lo vio. Sí, nadie lo vio, porque al anochecer del 9 de julio ya había sido depuesto el presidente y estaban detenidos desde ministros y jefes militares hasta los miembros más conspicuos del régimen plutocrático, de raíz machetera y liberal, que se había entronizado en el Ecuador a lo largo de los diez o quince años previos. Incluso Francisco Urbina Jado, quien desde su despacho en el Banco Comercial y Agrícola se había convertido en el hombre más poderoso del pequeño y turbulento país, estaba en manos de los jóvenes oficiales que habían dado el golpe.

Por entonces, el Ecuador todavía no había entrado en el siglo XX: su economía se sostenía por un solo producto, el cacao, cuya exportación la aprovechaban unas pocas familias, mientras la enorme mayoría de la población hacía equilibrios en la línea de pobreza, a la vez que su política -que había avanzado desde que Eloy Alfaro asumió el poder, en 1895- había regresado al primitivismo del fraude y la coacción. Pero la Revolución Juliana (que así fue llamado el golpe de julio de 1925) derivó en el gobierno de Isidro Ayora, que propiciaría que el país entrara, históricamente, en el siglo XX.

Muy lejos del Ecuador, en los escenarios de los grandes acontecimientos mundiales, en 1925 estaban ocurriendo hechos tremendos que terminarían precipitando al planeta a una segunda gran guerra. Segunda, sí, porque entre 1914 y 1918 había sido librada la Primera Guerra Mundial, causante de trastornos de una profundidad aterradora. Y, aunque lejano, en una época en la que las distancias todavía eran enormes, el Ecuador también padeció esos trastornos, porque la depresión económica que dejó la guerra hundió el consumo y desplomó las ventas de cacao, lo que apresuró el golpe de julio.

Años de fascistas y comunistas

Los trastornos que dejó la guerra (y la inmediata pandemia de gripe española) hicieron que la década de los años veinte se caracterizara por un estallido de radicalismo y violencia que afectó a medio mundo, pero en especial a Europa. Y allí, con los ánimos enardecidos por la pobreza y la desesperanza, los pueblos siguieron a caudillos infames. Y, así, en 1925 Benito Mussolini consolidó su poder total sobre Italia y Stalin se erigió en amo y señor de Rusia, mientras Hitler publicaba el libro que había escrito en la cárcel, ‘Mein Kampf’, en el que anticipaba lo que haría cuando fuera el ´Führer’ de Alemania.

Eran, en efecto, los fascistas y los comunistas, en todas sus versiones, quienes marcaban el tono de la política mundial de aquellos años. Y, claro, la llevaban a extremos. Fue ese año cuando Stalin comenzó su persecución infinita contra Lev Trotski, a quien ya en enero hizo expulsar del Consejo de Comisarios del Pueblo y del Soviet Militar Revolucionario, para terminar haciéndolo asesinar en agosto de 1940, en México. Y fue también en 1925 cuando Rusia, expandida ya y erigida en la Unión Soviética, se apoderó por la fuerza de Mongolia, demostrando hasta dónde llegaban sus ambiciones.

Más allá de Europa

La larga guerra de Marruecos tuvo en 1925 sus fases decisivas, cuando el mariscal Philippe Pétain y el dictador Miguel Primo de Rivera emprendieron la ofensiva final para liquidar la sublevación de las tribus de la región del Rif contra las autoridades coloniales francesas y españolas. Y en esos mismos meses concluyó la conquista del Reino de Hiyaz, con lo que la Casa de Saúd pudo crear siete años más tarde, en 1932, su propio país: Arabia Saudita. En Estados Unidos entretanto, la Gran Depresión se acercaba sigilosamente, mientras el presidente Calvin Coolidge empezaba su segundo mandato.

Pero allá, en Norteamérica, la economía no era el único tema de controversia. También se hablaba de la evolución. Y es que ese año un joven profesor de biología, John Scopes, fue acusado de “propiciar el ateísmo” por enseñar en sus clases la teoría de Darwin sobre la selección natural de las especies. El “Juicio del Mono de Scopes” desató unas polémicas tensas y fragorosas, acogidas por la legislatura del estado de Tennessee, que decidió multar a todo profesor que impartiera “cualquier teoría que niegue la historia de la creación divina del hombre como enseña la Biblia…”.

El arte y la ciencia

Los expertos aseguran que fue en 1925, durante la Exposición Internacional de Artes Decorativas Modernas e Industriales, realizada en París, cuando nació el “Art Déco”, un estilo que en las décadas siguientes tendría una fuerza enorme en la arquitectura, el diseño de interiores, la decoración y las artes gráficas y que fue considerado una reacción contra el “Art Nouveau”. Y también ese año fue estrenada “El acorazado Potenkim”, la película de Serguéi Eisenstein que es tenida como una de las mayores y mejores obras de la cinematografía mundial.

Pero, visto con la perspectiva que da todo un siglo, lo más importante de ese año sorprendente fue que la especie humana, reinante en este planeta azul que es la Tierra, supo al fin que no es el centro del universo. Y es que en 1925, en medio de las angustias y las incertidumbres de esa postguerra fallida, el astrónomo estadounidense Edwin Hubble, que desde el observatorio de Monte Wilson, en California, observaba noche tras noche la infinitud de los cielos, haciendo cálculos y mediciones, llegó a una conclusión sobrecogedora.

Descubrió, en efecto, que no todo termina en la Vía Láctea, que las nebulosas se están alejando de la Tierra, en un movimiento de retroceso que demuestra que todo el universo, incluido el espacio que media entre las galaxias, se está expandiendo. Sí, ya es infinito y sin embargo se expande. La “Ley de Hubble” se convirtió, además, en el soporte mayor de la teoría del Big Bang. Con todo lo cual la Tierra, desde siempre vista por la orgullosa especie humana como el centro de todo, quedó reducida a un punto azul perdido en el sinfín del espacio. Nada más que eso. Y tan sólo lo supimos en 1925, hace un siglo.

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Acerca de Jorge Ortiz

Si bien la televisión ha hecho que el público lo conozca, su mejor faceta es la de la escritura, donde demuestra no solo un envidiable conocimiento histórico, sino un estilo terso e impecable. Él dice lo que piensa y lo que cree.
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