
Al empezar el verano del año 325, el cristianismo unificó su doctrina y elaboró su oración fundamental.
El emperador, hombre lúcido y resuelto como no había tenido Roma desde los tiempos ya lejanos de la dinastía Antonina, sabía que los cristianos -muchos miles de hombres y mujeres convencidos y leales, repartidos por todo el Imperio- constituían una base política sólida, que le ayudaría a sostenerse en esos tiempos turbulentos en los que los persas sasánidas en el este y los bárbaros germanos en el oeste pretendían terminar con la supremacía romana. Y, por supuesto, Constantino I procedió en consecuencia.
Desde que fue proclamado emperador en el año 306 y, en especial, desde que consolidó su poder con la batalla del Puente Milvio en 312, Constantino forjó una alianza tácita con los cristianos, después de que la mayoría de sus predecesores en el trono los habían perseguido con saña inmensa porque su doctrina -enseñada tres siglos antes por un judío pobre nacido en Belén- había sido declarada “prava et inmódica”, “malvada y desmesurada”. El hito decisivo de esa alianza fue el Edicto de Milán, que el emperador firmó a mediados de 313.
Hasta entonces, el cristianismo había sobrevivido en la clandestinidad y el peligro, celebrando sus ritos en la obscuridad de las catacumbas y difundiendo sus principios persona a persona, a media voz. La prédica de Cristo de amor, perdón y reconciliación había sido acogida con entusiasmo por los pobladores más humildes y sufridos del enorme Imperio, incluyendo a miles de soldados que, protegiendo y extendiendo las fronteras imperiales, habían propagado su fe desde Britania e Hispania hasta el mar Rojo y el desierto del Sahara.
Pero, ¿en qué creen ustedes?
Con el Edicto de Milán el cristianismo dejó de ser ilegal y prohibido. Y, claro, se extendió con aún mayor rapidez. Constantino, entretanto, había empezado a trasladar la corte imperial hacia el oriente, de la decadente y acosada Roma a la antigua colonia griega de Bizancio, que no sólo estaba más cerca de su lugar de nacimiento, en la Serbia actual, sino que estaba ubicada en un lugar privilegiado, sobre el estrecho del Bósforo, donde confluyen Europa y Asia. Tanto le gustó Bizancio al emperador que en el año 330 la rebautizó con su nombre: Constantinopla.
Gratos con Constantino por la legalización de su doctrina, los cristianos fueron un apoyo substancial para el emperador, que pudo unificar y fortalecer sus dominios, reformar el sistema monetario y abolir la Guardia Pretoriana que en tantas conspiraciones había intervenido durante casi cuatro siglos. Bajo su guía, el Imperio Romano volvió a vivir épocas de esplendor. Pero, interesado en la fe de los cristianos, queriendo saber en qué creían, se encontró con que había versiones varias y distintas de las enseñanzas de su maestro. Había que consultar a los más doctos.

El primer concilio
Fue entonces cuando Constantino convocó a los obispos de todas las regiones del Imperio para que, reunidos en lo que sería el primer concilio ecuménico, debatieran las diferentes versiones sobre su doctrina (porque en la clandestinidad de sus tres primeros siglos había sido imposible toda unificación) y se pusieran de acuerdo sobre los temas en disputa. Y, por cierto, había un tema singularmente espinoso: ¿cuál era la verdadera naturaleza de Cristo? Los obispos -probablemente algo más de trescientos- se reunieron en la ciudad de Nicea, cercana a Bizancio, en la Turquía actual.
Los debates fueron intensos y prolongados, con acusaciones recíprocas de haber caído en herejías. El disenso dogmático mayor se refería a la naturaleza de Cristo. En el centro de la disputa estaba Arrio, un asceta, predicador y teólogo nacido en la Cirenaica, en el norte de África, que contradecía la interpretación doctrinaria de Alejandro de Alejandría, un patriarca muy reverenciado por su celo pastoral. La polémica, fundamental para la configuración de la doctrina, se extendió durante días y noches.
“Engendrado, no creado”
Alejandro sostenía que el Hijo tiene una naturaleza doble, humana y divina, porque había sido engendrado por el Padre desde su propio ser y, por lo tanto, no tenía principio. Arrio, a su vez, afirmaba que Cristo había sido la primera creación de Dios, antes del inicio de los tiempos, pero que, habiendo sido creado, no era Dios mismo. El concilio, tal vez impulsado por el emperador, finalmente proclamó que el Hijo es “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre”.
El Concilio de Nicea fue crucial para la consolidación de la doctrina cristiana. El debate sobre la naturaleza de Cristo concluyó allí. Además, en ese primer concilio ecuménico comenzó a definirse la naturaleza de la Trinidad y fue establecida la forma de determinar la fecha de la Pascua, reafirmada la autoridad del obispo de Roma (el futuro Papa) y diseñados cánones y reglas prácticas. La iniciativa de Constantino terminó siendo decisiva para el futuro del cristianismo.
Y fue hace exactamente diecisiete siglos, cuando empezaba el verano del año 325, que fue definido el Credo (el “Credo Niceno”), la oración que hasta hoy rezan los fieles de las iglesias Católica, Ortodoxa y Anglicana y de la mayoría de las denominaciones protestantes. Sí, hace 1.700 años.
(Constantino I, que llegaría a ser llamado Constantino el Grande y que es santo de la Iglesia Ortodoxa, habría recibido el bautismo cristiano en su lecho de muerte, en mayo del año 337.)

