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Mundo Diners al día

El crucero de lujo nada divertido de Wallace

por Fernando Larenas

Desde antes de la tragedia del Titanic (1912) existía en el mundo la fascinante idea de realizar un viaje a bordo de un crucero -de lujo o no- diseñado para la diversión y el ocio; para todos, menos para David Foster Wallace.

El estadounidense Wallace (1962-2008) publicó en 1997 un libro de no ficción con un título poco usual por lo largo: Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, reeditado y reimpreso una decena de veces en varios idiomas.

David Foster Wallace publicó un libro de no ficción poco usual para quejarse de lo mal que le fue en un crucero.
Portada del libro de David Foster Wallace.

El libro es ideal para quienes tengan la aspiración de conocer países, playas, gente, culturas… con toda comodidad, pero también depende de qué tan holgado sea su presupuesto y la disposición para aguantar a pasajeros y tripulantes desconocidos o pedantes.

Y si el lector ya vivió su propia experiencia este libro le puede servir para comparar, recordar o para informarse de algunos detalles que se desconocen y que el autor los averiguó minuciosamente porque tenía la idea de escribir un gran reportaje.

El estilo narrativo en primera persona es fácil de seguir; sentido del humor le sobra al escritor, también es riguroso en los detalles, pero quedan flotando dudas de los porqués del título.

Lo divertido lo pone a modo de suposición y todos sabemos que no hay nada más subjetivo que el humor y que mucho depende de los propósitos que tuvo cada pasajero antes de embarcarse en un crucero, de alto, mediano o de poco lujo.

Comencemos por describir brevemente al autor de este libro de no ficción y de novelas que se dedicó a la literatura y al periodismo, al tenis, que sufría de depresión y se suicidó a los 46 años.

Mientras tomaba datos para su libro ocultaba a los empleados y a los tripulantes sus propósitos periodísticos; a veces anotaba detalles en servilletas de papel para no despertar sospechas.

Así como algunos comienzan en Miami, el viaje del escritor se inicia en Fort Lauderdale, también en Florida, en un crucero de siete noches por el Caribe (7NC) a bordo del Zenith de 47.255 toneladas, de propiedad de Cruceros Celebrity Inc.

Con este dato aparecen las primeras digresiones del autor, comenzando porque abunda en citas a pie de páginas, que normalmente se usan para añadir una idea adicional al texto o citar a otro autor.

Pero no, Wallace cuenta gran parte de la historia que descubre en las citas al pie de página. Como, por ejemplo: “Ningún bromista podría resistir la tentación mental de rebautizar al barco como b.n. Nadir tras ver el nombre idiota de Zenith en el folleto de Celebrity”.

Dice que “en la biblioteca del Nadir se podía acceder a juegos baratos de ajedrez que tienen esas piezas de plástico huecas”. Y en la cita al pie de página anota: “Los juegos caros y artísticos son para cretinos”.

La mayoría de los pasajeros es mayor de cincuenta años “no digo decrépita”, matiza un poco cuando describe a los pasajeros del barco al que ahora y en el resto del libro solo menciona como Nadir.

No se le escapa ningún detalle de los folletos que reparte Relaciones Públicas del barco: La gente que hay a bordo (el personal) en realidad forman parte de “una gran familia”. El lugar común queda evidenciado.

Tampoco las instrucciones que encuentra en el baño de su camarote: “Este retrete está conectado a un sistema de desagües por aspiración. Por favor, no tire al retrete nada que no sean desperdicios corrientes y papel higiénico”.

Crucero para lucrar

El buen humor Wallace lo pierde cuando el barco llega a las islas caribeñas y es rodeado-acosado por las motos acuáticas que no paran de zumbar y su ruido “es un cruce entre una gárgara y una motosierra”.

En lo que parece la conclusión de un misterio, el escritor escudriña en los porqués de las ganancias de los cruceros, cuyo costo por noche es de 275 dólares, cuenta con más de 600 empleados y el precio del barco fue de 250 millones de dólares.

Construido en 1992 en astilleros alemanes, no fue bautizado rompiendo una botella de champán sino una de ouzo, un licor griego, como griegos son los tripulantes y oficiales del m.b. (sigla de barco a motor) Nadir.

La respuesta la encuentra en el precio y consumo de refrescos y bebidas, lo único que se cobra aparte y que en una rápida encuesta a bordo determinó que el promedio que cada pasajero pagó por ese rubro fue de 500 dólares.

El Nadir vende montañas de bebidas, por todas partes hay camareras con pantalones cortos de color caqui que ofrecen refrescos y gaseosas.

Lo que más indignó al narrador de la aventura es que en Jamaica los camellos “venden una hierba espantosa, luego van corriendo a la policía y obtienen una recompensa por delatarte”. Las penas por posesión de drogas son severas, remata Wallace.

Participa en todos los juegos y concursos a bordo, por ejemplo, el tiro al plato, que se practica en la popa del barco, aunque deja escrita su protesta porque las orejeras anti-ruido que recibió de otro concursante estaban “untadas de cera de orejas”.

Lo que pudiera ser un viaje placentero, para el autor termina siendo un horror, aunque lo cuente con discreto humor y una buena dosis de cinismo.

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Acerca de Fernando Larenas

Periodista. Ha sido corresponsal internacional, editor de información y editor general de medios de comunicación escritos en Ecuador.
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