El tipo de fiesta al que nadie quiere ir

Por William Díaz 

No todo fue malo. Me da risa cómo usan esa frase acá. En la familia de Victoria, la madre de mi hijo, la usan los correistas. Cuando los que votaron por Lasso se ponen, como ellos mismos dicen, “intensos”, los otros recuerdan la frase: No todo fue malo. 

Me gustaría decir eso de Victoria. Es cierto: It wasn’t all bad. O sea, no fue todo tan malo ni fue malo todo el tiempo. Creo. El problema es que no la reconozco. Veo a la mujer que me recibe en la hacienda de los abuelos de mi hijo, donde me han invitado a refugiarme de las fiestas de Quito, y quiero preguntarle dónde está Victoria. Esta señora, que me caería mejor si no fuera la madre de mi hijo, se parece más a la mamá de Victoria que a la propia Vikina, como le dicen “las amigas del cole”, de las que no quería saber absolutamente nada antes de ser mamá. Ahora, en cambio, dice, “tengo que llevarme con otras mamás”. 

“Júrame que no vas a dejar que me convierta en una señora”, me dijo Victoria la noche en que se mudó a vivir conmigo, hace años. Estaba borracha, yo también, pero me lo dijo en serio, como me dijo tantas otras cosas serias borracha. Esa noche nos hicimos mierda y tiramos delicioso, ¿cómo me voy a olvidar? Y yo cumplí, no la dejé convertirse en nada. Ella puso distancia, ella propuso la separación, ella propuso el divorcio, ella se fue. 

Ahora prepara chocolate caliente y malvaviscos para los quiteños que no soportan las fiestas de Quito porque, y con esto resuelven todo, “mucho longo”.  

En todo caso, la dejé ser mamá. Si se parece a ti, le dije, lo que sea.  

Al chocolate le ponen whisky. ¿Muy caliente?, permíteme te lo enfrío, dice mi ex suegro antes de servirme. 

Fiesta

No todo fue malo. No todo es malo. En esta fiesta, donde se habla muy mal de las chivas, conozco a una pareja que se acerca cuando tengo a mi hijo de año y cuatro meses en brazos. Me caen bien de entrada. Ella es prima de Victoria y de él sólo sé su apodo: el exitoso heredero. Me da lo mismo, lo que me importa es que interactúan con mi hijo, se interesan genuinamente en él, lo tratan como a un bebé, no como a un idiota. Ella lo sienta en una alfombra blanca, pura alpaca, mueve la punta de su dedo y mi hijo sigue el movimiento con su mirada.    

El exitoso heredero me pregunta si me he dado la vuelta por el país, por la costa. Le digo que me dan ganas de conocer Guayaquil, pero no parece un buen momento. Él dice que la violencia es natural, parte de la evolución. Lo explica así: ya pasó en Perú, con Sendero Luminoso; pasó en Colombia, con las FARC, ya nos tocaba, es lo que pasa en los países grandes, en los países de verdad. Discutimos porque, de lo que sé, de lo que mis padres me han contado sobre la tierra que tanto aman, pero a la que no quisieran volver, Sendero Luminoso y las FARC tienen alguna relación con la política, pero en Guayaquil están matando a todo el mundo.

El exitoso heredero insiste. Guayaquil tiene los criminales que le corresponden a cualquier ciudad grande de Latinoamérica, dice, mucho más en la costa.

Se toma un trago, sigue hablando. Cuando yo era pelado, dice, era fanático de Aerosmith, y sólo les podía ver cuando estaba de viaje, acá vinieron por primera vez en el 2011, hace diez años, ¡ayer! ¿Sabes por qué?, porque cuando yo era peleado vivíamos en sucres y en el 2011 ya habían pasado diez años de la dolarización. Crecimos, dice. Eso fue todo lo que pasó, el Ecuador se convirtió en un gran país latinoamericano. Los criminales también crecieron, se esforzaron, progresaron, dice.   

Doce, le digo, habían pasado doce años desde la dolarización. ¡Doce años!, el tiempo vuela, dice, y se queda pensando. Sólo creemos en lo que sale de nuestra propia boca.    

Su mujer no lo mira, prefiere mirar a mi hijo, los ojos de mi hijo, que cambian de color. Ella y el exitoso heredero tienen dos hijas, ambas adolescentes, pero ninguna quiso venir.

¿Va mucha gente?, le pregunté a Victoria antes de aceptar la invitación. No, me dijo, antes venían todos, pero se pelearon en el grupo de la familia y mi pá abrió otro. ¿Otro qué? Otro grupo, me dice, y sólo vienen los del grupo. ¿Por qué se pelearon? Por política, me dice, nos prohibieron ver a los zurdos. ¿Todo esto en whatsapp? ¿Dónde más? No todo fue malo, le digo, pero ella piensa que hablo de política, levanta las cejas y toma un trago.

A las siete de la noche, antes de cenar, estamos todos un poco borrachos, me incluyo. Mi ex suegra señala el comedor de la casa y dice, “pasen a los grandes salones”. Nos movemos como una tribu. ¿El aperitivo?, pregunta mi suegro mientras me sirve whisky otra vez. Ya no hay chocolate o nadie está tomando chocolate, estamos tomando whisky puro.

El exitoso heredero levanta la mano, levanta su taza navideña, pero no bebe, la lanza al piso y la taza se rompe. Todos hacen silencio. Pienso en algo que decir y sólo me sale esto: cuidado con la alfombra, bro. El exitoso heredero no va a ir al comedor ni va a ir a ningún otro lado con esta familia, la familia de mi hijo dormido. El exitoso heredero no aguanta más esta mentira, dice. No, lo que dice es farsa, lo que no aguanta más es esta farsa. Y también dice que está enamorado. Gran fiesta, pienso. 

La prima de Victoria le dice cosas que ningún ser humano debería decirle a otro. El exitoso heredero responde “no les va a faltar nada”, me da una palmada en el hombro y me dice, en voz baja, “yo les regalé la alfombra”.

La única que habla durante la cena es la prima de Victoria. Es vegetariana, practica yoga y tiene un grupo de whatsapp con sus compañeras de clase (sólo con las que son mamis, aclara) que se llama “Mama Licra”. Nadie le comenta nada, nadie la toma en cuenta, yo soy el único que, como dicen en mi casa, le coje la caña. Le pregunto qué clase de yoga practica y me la imagino en licra. 

Después de la cena tomamos café, también con whisky. Disculparás, dice mi ex suegro, en esta casa somos medio irlandeses. Y también dice: antes por lo menos se podía ir a los toros, pero ya ni eso, ¿qué más nos van a quitar? Al tercer trago pienso que yo tampoco soporto esta farsa. Entro al cuarto donde iba a dormir, le doy un beso a mi hijo, lo abrazo, me guardo su olor para tenerlo un par de días conmigo y agarro mis cosas. 

¿Vas a Quito?, me pregunta la prima de Victoria. 

Sí.

¿Me llevas? 

De una. 

¿Estás seguro de lo que estás haciendo?, me pregunta, muy calmada, la señora Victoria. 

Sí, obvio, le digo.   

Y le digo a la familia de mi hijo: muchas gracias, no todo fue malo. 

Es la primera vez que me subo a una chiva, no conozco a nadie, pero la prima de Victoria conoce a todo el mundo.   

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