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Santiago Páez ruge con las chicas Puma

El escritor ecuatoriano Santiago Páez dialogó sobre su novela ‘Las terribles chicas Puma’, publicada por la editorial Planeta, una historia donde la violencia atraviesa sus páginas.

Santiago Paez
El escritor Santiago Páez junto a un ejemplar de la novela ‘Las terribles chicas Puma’.

El escritor Santiago Páez está contento. No solo lleva su típica boina y su infaltable bastón. Esta vez porta un reloj de precio módico, pero que vale más que cualquier original suizo. “Fue un obsequio de los estudiantes de una escuela de Quevedo, donde fui a hablar de mi literatura”. Resulta que cien niños compartieron ocho ejemplares de ‘Los hackers y la serpiente’, pues no podían adquirir más. Todo con la intención de conocer a uno de sus autores favoritos.

La dicha de Páez (Quito, 1958) también tiene otros matices. Uno ellos es que su más reciente novela, ‘Las terribles chicas Puma’, fue publicada por Planeta. Y eso no es para menos, pues se trata de un escritor prolífico que lleva veintiocho títulos, la mayor parte de ellos en editoriales alternativas, durante tres décadas.

Sobre este melodrama de cuatro mujeres (Mercedes, Estefanía, Pilar y Tomasa), cuya escritura le alegró la vida en medio de la pandemia, conversó con el rugido de la sinceridad.

En ‘Las terribles chicas Puma’, los verdaderamente terribles son los hombres…

Más que terribles son débiles. Eso responde a la mayoría de los hombres con los que me he relacionado. Generalmente, solemos ser más quejones y escandalosos. Los hombres que aparecen en el libro son más patéticos, porque creen tener el poder, cuando realmente las chicas Puma son tan poderosas como diosas míticas.

Justamente, la imagen de estas mujeres representa una renovación de lo mítico, como el abordar a unas amazonas modernas. ¿Lo siente así?

Por algo se apellidan Puma. Al contrario de la mayor parte de los hombres con los que me he rodeado, recordé a las mujeres de mi hogar. Vengo de una familia muy matriarcal, pues las mujeres, desde mis abuelas, han llevado las riendas de la casa. Hablo de mujeres muy trabajadoras, de abuelas con oficios y mi madre y mis tías profesionales. Tuve la suerte de tener a lado a mujeres que no necesitaban de un marido para seguir con sus vidas, lo cual no era muy común por entonces.

¿Eso le ayudó a construir las cuatro voces femeninas que aparecen?

Mi padre murió cuando yo tenía trece años y las circunstancias me obligaron a estar rodeado de mujeres. Me encanta cocinar porque en ese espacio escuchaba grandes relatos de mi abuela, mis tías, las domésticas: en ese lugar también se cocinaba memoria. Es maravilloso escuchar a las mujeres. Si te fijas, cuando los hombres se reúnen a los años, hablan de sus éxitos, mientras las mujeres hablan de sus dolores. Por eso, me gusta más charlar con los hombres cuando están borrachos, cuando realmente sacan sus sentimientos. Esto, siento, me permitió que las cuatro mujeres de la novela me dicten sus historias en las madrugas que escribía.

El libro no se centra en el éxito que puede existir cuando se sale del país, pero sí hay unas escenas de esto. ¿Cuál es su opinión al respecto?

En algunos casos hay la idea de salir para triunfar. Siento que irse es una opción de la que yo no soy capaz. Admiro a la gente que lo hace, bajo cualquier circunstancia, porque irse implica una decisión frente a lo que parece que ya no tiene remedio. 

Algo que sí aborda es la decadencia de una clase social…

Algo de eso hay. Hablamos de una clase social media, media alta, muy quiteña, y de quienes también quieren arañar para llegar a ella. El ambiente se da en ese origen de gran parte de los quiteños de esta clase, que provienen de pequeñas y medianas haciendas que se han ido fragmentando en los años.

Desde las edades de las chicas muestra una cadena de violencia. ¿Cómo soldó estos eslabones?

Efectivamente, hay una cadena de violencia que se naturaliza en el tiempo, pero que las chicas buscan romper. Mercedes, la mayor, es la que más violencia ha sufrido, hasta física, por eso responde con mayor fuerza. Las otras chicas enseñan cómo la violencia ha mutado y revelan agresiones simbólicas, verbales y sistemáticas. También, vale para reflexionar que, en Quito, franciscana ciudad, nunca hubo paz. Esta ciudad siempre ha sido violenta. Por eso, desde Mercedes hasta Majo vemos la intención de hacerle frente a lo violento.

¿Majo da para continuar otra novela?

Nunca he podido continuar una historia…

¿Y ‘Crónicas del breve reino’?

Es que no he seguido a un mismo personaje. Recuerda que las cuatro novelas de ‘Crónicas’ son distintos momentos de un universo. 

¿Qué siente Santiago Páez publicando en una editorial grande?

Para mí es importante publicar en editoriales independientes. Fue gratificante esta vez hacerlo en Planeta, porque fue un trabajo distinto: más relajado, porque la carga la llevaba la editorial. Espero que esto me permita publicar más libros ahí, sin que implique dejar de hacerlo en editoriales alternativas.

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