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Oswaldo Viteri: “Pinto con indignación”

*Entrevista publicada en la Revista Mundo Diners en diciembre 2004.

En su infancia, Oswaldo Viteri solía compartir la vida con los niños del campo, ir a las cosechas, asombrarse de las gentes y los colores. Los niños, dijo en una entrevista en 2004, no tienen prejuicios, y eso marcó en él cierta conciencia social.

“Mi obra está llena de conciencia social pero no de demagogia” añade, y recalca que en la vida del campo, en el río, en el viento, aprendió de lo mágico y lo religioso del mundo mestizo. Todo eso se fue plasmando en las arpilleras, en las muñecas de trapo, en los signos y símbolos que son parte de nuestras raíces, dice este pintor nacido en Ambato, en 1931, y que ha sido figura importante en las artes plásticas del país y de América Latina.

Oswaldo Viteri

Polémico y vehemente, Viteri ha sido un artista versátil: la tinta china, la sanguina, el óleo, el ensamblaje. Su obra se nutre de la escuela de Jackson Pollok, del dibujo de Maryan (un artista judío que conoció en España) y del llamado arte povera. Incorpora telas de arpillera, muñecos realizados por artesanos locales, boletos, etiquetas, prospectos, fragmentos de periódicos, casullas, medallas, formando collages donde se entretejen imágenes geométricas, precolombinas, barrocas, coloniales y, en ocasiones, minimalistas.

Viteri conjuga abstracción e informalismo, con una preocupación singular: la herencia cultural y la recuperación de la memoria colectiva andina. Para el crítico español Carlos Arean, “ensu más conocida etapa (la que incorpora muñecos populares en aglomeraciones muy emotivas a la base pintada de sus cuadros) hay una síntesis sin precedentes entre la herencia del arte popular americano de los tiempos virreinales (sobre todo el del siglo XVIII) y la más avanzada pintura abstracta de inspiración concretista. La calidad de su ejecución es comparable a la de los grandes maestros de la materia, del tipo de Tapies o Fautrier, pero con menor densidad y menos elementos gestuales”.

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En su casa quiteña está rodeado de arte precolombino, colonial, republicano, contemporáneo y de arte popular. Poco a poco, sus cuadros –tintas, dibujos, obras que refieren a una de sus pasiones: la tauromaquia, óleos, ensamblajes– se han convertido en habitantes de un taller en el que cada vez hay menos espacio.

En ese escenario, el artista habla del pasado, de sus creaciones, de sus creencias y polemiza sobre temas del arte.

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