Mario Vargas Llosa, por Eliécer Cárdenas
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Mario Vargas Llosa, por Eliécer Cárdenas

Trabajador infatigable, ahora mismo estará preparando alguna nueva obra que nos deslumbre como si recién descubriéramos a su autor, aquel ex cadete que decidió hacer de la literatura su profesión de fe, su oficio, su consagración total y su testimonio.

Discurso completo del escritor ecuatoriano Eliécer Cárdenas con motivo del homenaje que el Municipio de Cuenca ofreció a Mario Vargas Llosa el 21 de junio de 2007, publicado en la edición Nro. 303 de Revista Mundo Diners:

1950. Un adolescente de ojos vivaces y expresión reconcentrada monta guardia en una de las áreas donde se alojan los millares de cadetes del Colegio Militar Leoncio Prado, La noche es fría, el invierno limeño con su garúa persistente se empecina en borrar los perfiles del sobrio y un tanto sombrío edificio, mientras, a unos pocos centenares de metros, las olas del Pacífico golpean las escolleras de la avenida costanera.

El adolescente ni siquiera presta atención a los mínimos crujidos que deben ponerlo en alerta. Su mente está ocupada en inventar el argumento para su nueva novelita erótica, que escribirá de un tirón, aprovechando un refugio cerca de la piscina del Colegio Militar, adonde van los cadetes a fumar, escapar de clases, o como el adolescente de nuestra historia, a pensar y escribir novelitas que luego cambiará por cigarrillos o prendas a sus compañeros.

1962. El exalumno del Colegio Militar Leoncio Prado ha concluido la obra en la cual se han ido decantando las obsesiones que le asedian desde los lejanos años en que fue alumno y, en cierto modo, víctima de aquella institución adonde, según confesaría más tarde el escritor, iban muchachos de todas las razas, clases sociales y puntos de la geografía de Perú, unos para que no terminen de maricas, como temían algunos padres, otros porque el prestigio de un cadete elevaría su estatus, y finalmente muchísimos, a causa de la disciplina, el rigor y un puñado de buenos profesores que daban prestigio al Leoncio Prado.

Por supuesto, una novela no es una autobiografía ni un libro de memorias, aunque por otra parte, inclusive las obras que se llaman autobiográficas poseen ingredientes imaginarios, escenas falseadas por los equívocos de la rememoración y, en el caso del ex alumno del Leoncio Prado, se trataba de levantar el escenario donde cupiera en síntesis la sociedad peruana, en un conjunto de personajes, los cadetes, y también los oficiales, los padres de familia y algunos maestros, y en el exterior, aquella Lima la Horrible que tan crudamente definiera el poeta y autor dramático Sebastián Salazar Bondy, al hablar de su ciudad.

Para la fecha, el novel autor es prácticamente un desconocido en los ambientes literarios. Ha ganado un premio por un libro de cuentos, que no le ha reportado mayor publicidad que la restringida a una obra literaria galardonada en un concurso de escaso radio. Pero ahora, el ex cadete del Leoncio Prado apuesta quizá su máxima postura al enviar su novela al Premio Biblioteca Breve, un importantísimo certamen español que ipso facto otorga celebridad y gran tiraje a la obra que resulte triunfadora. El joven autor ganó la apuesta, demás está decirlo, y para la literatura latinoamericana y la literatura mundial a secas, había nacido una estrella de potente irradiación y creatividad fabulosa. Mario Vargas Llosa, quien por mero accidente, según señala él en su biografía, nació en Arequipa, Perú, el año 1936, y no conoció a su padre, hasta cuando su mamá le confesó que él no estaba muerto y le presentó a un señor que le causó profunda aversión, uno de aquellos traumas que gravitará quizá de modo decisivo en su futura labor literaria.

Mario Vargas Llosa
El Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa durante la presentación de su libro ‘Cinco esquinas’ en el marco de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Foto: Shutterstock

No pretendemos agotar, ni de lejos, el relato de su vida que tan brillantemente ha escrito el propio autor en obras como El pez en el agua, pero resulta imprescindible situar ciertas características del escritor que hoy es ilustre visitante de nuestro país y la ciudad de Cuenca, puesto que para Mario Vargas Llosa hay acontecimientos que lo han marcado, que han configurado aquellos famosos “demonios interiores” que ponen en ignición su creatividad, una y otra vez, y son los responsables de un conjunto de novelas tan vasto como extraordinario en su calidad, obras teatrales, ensayos y cuentos que forman uno de los corpus literarios hispanoamericanos más significativos de nuestra época.

La ciudad y los perros inmortalizó a los cadetes Alberto el poeta, parcial trasunto del autor, al temible Jaguar, al pusilánime Esclavo, en una narración que tiene ribetes policiales, puesto que hay un asesinato o la muerte casual de un cadete, pero cuya indagación no se circunscribe a los lindes del Leoncio Prado, sino que abarca todo Perú, aquel país inmenso no solo por su historia desde las grandes culturas Huari, Nazca, Chimú, Inca, sino por lo abismal de sus contradicciones.

Geografía rota en mil pedazos por etnias, mestizajes no bien diluidos, oligarquías opresivas, y también por cordilleras inmensas, ríos profundos, selvas impenetrables. El Perú que Mario Vargas Llosa irá desbrozando para la literatura como un inmenso puzle mal armado. Algo similar a nuestro país, el Ecuador, pero posiblemente con mayores asimetrías en un territorio que abarca desiertos, punas, cordilleras, nevados, selvas, centenares de dialectos nativos y el mundo criollo y cholo de las ciudades costeñas.

Hay autores que estallan y se consumen en una obra. Cuando apareció La ciudad y los perros y fue saludada unánimemente por la crítica como una obra maestra, ingresando de inmediato al selecto círculo del boom de la narrativa hispanoamericana, hubo quienes se preguntaron si, después de tan extraordinaria novela, su autor sería capaz de dar otras de igual o mayor jerarquía. Sorprendentemente, Vargas Llosa, un par de años más tarde, ofrecería otra de sus obras mayores, La casa verde, ambientada en Piura y sus arenales, y el río Marañón, en un entrecruzamiento de historias que demostraban la maestría y el estricto sentido de composición y arquitectura de la novela que posee Vargas Llosa.

Ahora sus personajes eran los marginales y picarescos Inconquistables de la Mangachería, barrio popular piurano, la tímida Selvática, víctima de la bellaquería de los amigotes de su esposo, y el sargento Lituma, uno de los inolvidables personajes de Vargas Llosa que reaparecerá más de una vez en sus obras posteriores.

Vargas Llosa parecía un apostador que ponía sobre el tapete sumas cada vez mayores de su talento. Conversación en la Catedral sería su tercera célebre novela, donde el Perú de la época del dictador Odría, con su corrupción y mediocridad, es diseccionado de manera implacable a través de Zavalita, el frustrado periodista y poeta que se pregunta en qué momento se jodió el Perú.

Con la obra Conversación en la Catedral su autor llega a un virtuosismo técnico difícilmente superable, mediante lo que ha llamado las ondas dialógicas que van expandiéndose y entrecruzándose en un conjunto de historias cuyo núcleo, justamente, está en la figura de Cayo Bermúdez, el oscuro director de seguridad del régimen odriísta en la novela.

No es posible tratar con alguna extensión la vasta obra narrativa de nuestro ilustre visitante, salvo señalar que, con cada nueva novela, el autor de La ciudad y los perros y Conversación en la Catedral abre nuevos caminos, descubre otras realidades, crea personajes que van sumándose a la vasta galería vargaslloseana.

Sin embargo, no dejaré de referirme a una que me parece de sus más señaladas obras, La historia de Mayta, alucinante y alucinada historia, entre trágica y patética, de la primera insurrección guerrillera en Perú, dos años antes del triunfo de Fidel Castro en Cuba, verdadera parábola de las esperanzas utópicas y mesiánicas de la izquierda peruana y latinoamericana, devenidas en caricatura y fiasco, con un profundo sentido moral acerca del riesgo de las utopías, pero también sobre su irresistible atractivo para quienes desean cambiar un orden injusto.

Pero Mario Vargas Llosa nunca se conformó con ser uno de los más brillantes narradores de América Latina y el mundo. Su sentido de justicia cristalizó en su labor como periodista y ensayista. Fustigó desde su juventud a las dictaduras, y su adhesión a Cuba y su revolución devendría, a raíz del polémico caso Padilla, en un radical alejamiento de Cuba y su régimen, en un cambio de posición que le valió duros ataques de la izquierda latinoamericana.

Como ensayista y periodista, Vargas Llosa defendió sobre todo un concepto de libertad incompatible con cualquier corsé dogmático o dirigismo de la tarea del escritor. El pensamiento político de Mario Vargas Llosa, sin duda, es polémico puesto qué él, contra corriente, prefirió preconizar la economía de libre mercado en un país como Perú, y un continente, diríamos, donde hasta ahora todo recetario económico y político ha sufrido feroces fracasos no por alguna supuesta ingénita incapacidad de nuestros pueblos para hallar un camino que los saque de la miseria que agobia a sus mayorías y la mediocridad estrecha de mirar de sus minorías, sino porque la apertura total de los mercados tiene entre nosotros un tufillo a neocolonialismo primer mundista y sometimiento económico a los grandes intereses transnacionales y sus promotores.

Por supuesto, el maestro de la narrativa peruana y latinoamericana no puede ser tildado como un fanático del neoliberalismo, aunque sus tesis económicas se asimilan a este. Busca, ni más ni menos, desde su posición asumida con honestidad, un camino menos doloroso y con libertad para Perú y América Latina. Libertad e igualdad, dos máximas supremas heredadas de la Revolución Francesa, a las que ha faltado el puente de la fraternidad, la solidaridad, como diríamos ahora, ya que nuestras libertades, por lo menos en países como Perú o el Ecuador, son tan insolidarias con los menos favorecidos.

El crítico alemán Wolfgang Lutching en uno de sus ensayos sobre el autor peruano, muchos años antes de que Mario Vargas Llosa se convirtiera en el candidato del Movimiento Libertad a las elecciones presidenciales de Perú en el año 90, advertía en él alguna pasión política. Si por pasión se entiende una voluntad de comprometerse con su pueblo, el alemán no se equivocó. Así, Vargas Llosa reeditó los caminos de nuestros poetas y escritores más ilustres del pasado que no desdeñaron introducir las manos en el fango de la política, tal y como se practica en América Latina. Perdió las elecciones, como todos sabemos, frente a un incógnito hijo de japoneses que a él alguna vez debió parecerle el irónico trasunto de su personaje Fushía, de La casa verde, un nipón que vivía en una isla del río Santiago y manejaba los oscuros hilos de un vasto negocio. Es que a veces la literatura se anticipa a la realidad.

En cambio, el maquiavélico Vladimiro Montesinos, comenzó su carrera como un cadete. Otro punto de contacto con la obra vargaslloseana que, como toda gran literatura, suele avistar el porvenir a través de un pasado y un presente fraguado en las ilusiones y miserias de una sociedad. Realidad y novela no se contraponen para un autor que como Vargas Llosa se ha confesado profundamente realista, de la línea de Balzac y Víctor Hugo, a quien dedicó uno de sus más esclarecedores ensayos, La tentación de lo imposible.

Pero el realismo de Mario Vargas Llosa es propio de él, inconfundible, torrencial y abarcador, en busca de aquella realidad total que postuló en uno de sus más célebres ensayos, esto es el novelista como un suplantador de Dios en la creación de mundos ficticios, donde el narrador oficia como una especie de divinidad, pero siempre de acuerdo a las reglas del narrar, que Vargas Llosa rompe y reacomoda, una y otra vez, en un oficio exigente y personal que, al asimilar las técnicas de los grandes maestros del realismo decimonónico, Stendhal, Balzac, Flaubert, y por supuesto los procedimientos de los autores y corrientes del siglo veinte, perspectivismo, monólogo interior, rupturas espacio-temporales, sobrepasa aquellos cánones para mostrarse como un innovador de la novela contemporánea, en una refundación del realismo hacia una meta imposible, pero que permanentemente acicatea al escritor peruano, esto es la novela total, donde mundo y personajes, sociedad y ambiente se despliegan con magistral andamiaje, ofreciendo a los lectores unos panoramas riquísimos en los cuales unos seres tangibles existen, por así decirlo, y se desenvuelven con la total libertad y a veces con la irresponsabilidad de sus acciones.

“En todo linaje el deterioro ejerce su dominio”, con este parágrafo, tomado de un poema del peruano Carlos Germán Belli, Vargas Llosa abre su novela La ciudad y los perrosen una suerte de sino filosófico cuyo punto capital es aquel deterioro. De origen, diríamos, que rige el destino de sus personajes. Una realidad corrosiva, que opera por igual sobre héroes y antihéroes, volviéndolos al final más parecidos que aquellas diferencias que pudieran apartarlos. Tomemos el caso de uno de los personajes más memorables del autor peruano, aquel periodista y frustrado escritor que es Zavalita. Tiene ideales, pero también dudas, cree en la posibilidad de llegar a convertirse en alguien, pero poco a poco va doblegándose a la rutina, las concesiones, hasta terminar como un frustrado más de aquellos que son tan abundantes en nuestra América Latina, con sueños rotos y un amargo conformismo.

Inclusive la “Niña mala” de la última novela publicada por Mario Vargas Llosa, vive fingiendo lo que no es, asumiendo personalidades falsas, actuando en definitiva en el teatro del mundo, pero una y otra vez sus aspiraciones se mediatizan, se vuelven trampas y espejismos. ¿Acaso un radical pesimismo acerca de la condición humana? Más que ello, diríamos, una constatación de aquella máxima de Albert Camus que decía: “El hombre muere y no es feliz”.

O quizá aquel deterioro que corroe a cada linaje de la especie. La degradación es trágica en el personaje Pedro Camacho de La tía Julia y el escribidor, que termina miserable y orate, e incluso en personajes de menores altibajos, como el sargento Lituma, este nunca dejará de ser un oscuro sargento, que cumple sus misiones sin preguntarse el porqué. Las luchas de las criaturas vargalloseanas pueden ser terribles, como las que el revolucionario trotskista Alejandro Mayta sostiene consigo mismo, contra lo que llama su “desviación sexual”, paralela a la lucha por mantener la pureza en la revolución, donde unos acaban desertando y otros estigmatizados como vulgares ladrones, y solo algunos, los idealistas, mueren sin saber que la realidad los traicionará.

La literatura de Mario Vargas Llosa no es para nada cómoda, amable, ni siquiera en sus obras donde el humor jalona el relato como Pantaleón y las visitadoras o Los cuadernos de don Rigoberto, puesto que el erotismo o el inflexible cumplimiento del deber victimiza a sus personajes. “La literatura es fuego”, dijo el autor peruano en el célebre discurso de recepción del Premio Rómulo Gallegos por su novela La casa verde. En efecto, toda gran literatura no pretende tranquilizar ni adormecer las conciencias, es una llama cuyos reflejos dibujan los contornos, a veces monstruosos, a veces mediocres y mezquinos, de unos seres que no por literarios —esto es producto de la ficción—, dejan de parecerse de manera inquietante a las personas de carne y hueso, a nosotros mismos, en definitiva, contemplados especularmente en aquella vasta galería del mundo de Mario Varga Llosa, el realista implacable y totalizador, el ejemplar trabajador de su obra con una exigencia tan poco dejada al azar o la rutina.

Trabajador infatigable, ahora mismo estará preparando alguna nueva obra que nos deslumbre como si recién descubriéramos a su autor, aquel ex cadete que decidió hacer de la literatura su profesión de fe, su oficio, su consagración total y su testimonio.

Cerradas las páginas de sus obras, nunca dejarán de estar con nosotros, rondándonos, acosándonos, sorprendiéndonos, los cadetes Alberto, el Jaguar y el Esclavo; la novia de los tres, Teresa; Cayo Bermúdez, Bola de Oro, Zavalita, la Musa; Pantaleón Pantoja, Trifulcio, Pichula Cuellar, el sargento Lituma, los Inconquistables, el arpista ciego Anselmo, la Selvática, Julio Reátegui; Becerrita, Alejandro Mayta, el teniente Vallejos; la tía Julia, Pedro Camacho; Antonio Consejero, Galileo Gall, el barón de Cañabrava; el generalísimo Rafael Leonidas Trujillo; Paul Gauguin, Flora Tristán; la Niña mala o el Pichiruchi, un universo de personajes que, en definitiva, son las criaturas de ficción que de un modo u otro nos han marcado. ¿Qué más se puede pedir a la literatura, maestro Mario Vargas Llosa?

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