NOTA DE LIBRE ACCESO

‘La primera vez que vi un fantasma’, de Solange Rodríguez

Candaya, España, 2018

Corre el rumor en el mundo editorial que se prefiere editar novelas. A Solange Rodríguez Pappe este chisme parece tenerle sin cuidado, y sigue desde hace varios años sumergida en su laboratorio cultivando un género que exige minuciosidad y un ánima especialmente obsesiva: el cuento.

Decir que Solange gusta del terreno de lo fantástico es subrayar una vocación que empezó allá por el año 2000 con su primer libro: Tinta sangre.

Su obra titulada La primera vez que vi un fantasma está compuesta por quince formas breves que dejan en el lector la sensación de avanzar en vilo por las orillas de una historia.

Cada pieza narrativa destaca por su intensidad y el factor sorpresa que imprime la escritora como una celada. A más de ello, es prioritario apuntar que Solange Rodríguez cultiva un lenguaje pulido, cadencioso y contenido, donde las sugerencias y atisbos generan una fuerza seductora que convoca al lector a cruzar irremediablemente un puente fantasma.

Los personajes de Rodríguez Pappe siempre están a medio camino de algo. Son a menudo más que observadores (de un mundo ajeno), observados. Hay un decorado, una atmósfera que los indaga.

La escritora guayaquileña expone el pulso y la mirada de entomóloga (“Funeral doméstico”). Se toma la casa para perseguir los bestiarios que se vuelven cotidianos y compañeros (“A tiempo para desayunar”). Instaura la fantasía dentro de la realidad como un hecho necesario para explicarse el azar (“La primera vez que vi un fantasma”).

El lector no podrá pasar por alto las diversas relaciones afectivas que contiene este cuentario: relaciones entre hombres y mujeres, relaciones asechadas, frustradas, decapitadas.

¿Es el amor el gran fantasma de este libro?

(Juan Carlos Moya)

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