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Juan Pablo Castro, un escritor que evoluciona desde la conciencia

El escritor ecuatoriano Juan Pablo Castro (Cuenca, 1971) lleva nuevamente a sus lectores por caminos narrativos que entrelazan lo autobiográfico y lo ficcional. Entre el amor y la pérdida; a través de voces femeninas vocifera reflexiones obsesionadas con la tristeza y los recuerdos.

Todo ello desemboca en ‘Mizuko: los Niños del Agua’, la más reciente obra de este cuencano. Por esta novela, Juan Pablo Castro fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit 2022.

Su extensa obra incluye otros tìtulos como ‘La estética de la gordura’ (2000), ‘La noche japonesa’ (2010), ‘Los años perdidos’ (2014), ‘La curiosa muerte de María del Río’ (2016) y ‘El jardín de los amores caníbales’ (2019).

Sobre su carrera literaria, Castro señala que ha sido como una “evolución desde la conciencia”.

Los reconocimientos no son un fenómeno esquivo para él. Recibió el premio del Concurso Nacional de Literatura Luis Félix López por sus ‘Crueles cuentos para niños viejos’ (2014) y el Joaquín Gallegos Lara por ‘La Curiosa Muerte de María del Río’ (2016).

Revista Mundo Diners estuvo presente en el reconocimiento al autor con el premio Aurelio Espinoza Pólit, entregado por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE). Por ello, recogimos las reacciones de Castro sobre este nuevo galardón literario. El escritor abordó su proceso creativo y su próxima novela.

Juan Pablo Castro
El escritor Juan Pablo Castro (izq.) durante su acto de premiación del galardón Aurelio Espinosa Pólit 2022. Foto: Víctor Vergara


¿Cuál es su reacción tras recibir el Premio Aurelio Espinosa Pólit 2022 por su obra Mizuko: los niños del agua?

Como dice John Banville: “Si los escritores no escribimos para ganar los premios, es una sorpresa cuando recibimos esa llamada”. Yo refrendaría esas palabras y le añadiría que para mí siempre ha sido una aspiración ganar este premio, que es el más prestigioso de la literatura ecuatoriana y que por distintos factores no había podido acceder.

Fue un gusto enorme cuando me avisaron de esta noticia.


¿Por qué el uso de su seudónimo Tali?

Mi padre le decía así a mi mamá. Ese es un recuerdo de mi registro infantil; así es que esta novela que ingresa en el universo del recurso femenino me parecía que era pertinente que tenga ese seudónimo.

¿Cómo se llamaba su madre?

Raquel. De Raquel era Raquelita y de ahí Tali. Esa era la descomposición lingüística, digámoslo así.

La escritora cubana Dazra Novak, la ecuatoriana Alejandra Vela Hidalgo y el mexicano Jaime E. Muñoz Vargas fueron los jurados encargados de escoger a su novela como la ganadora. ¿Un jurado muy selecto, exigente e internacional no?

Leí el otro día el acta con el veredicto completo y me pareció muy generosa. Un premio como este se enriquece con jurados internacionales que siempre tienen una lectura exterior de lo que sucede en Ecuador. Uno se siente muy bien cuando escritores de otros lados leen íntegramente el trabajo que uno ha hecho.

Cuéntanos de qué va ‘Mizuko: Los Niños del agua. ¿Qué se encuentran los lectores en esa novela?



¿Cuál es la diferencia literaria que tiene “Mizuko: Los niños del agua” con “El jardín de los Amores Caníbales” (2019) o con “La Curiosa Muerte de María del Río” (2016)? 

Son diferentes registros. “El Jardín de los Amores Caníbales” tiene una singularidad que es común: ambas apuestan por un lenguaje lírico y poético. “La Curiosa Muerte de María del Río” es una novela policial, totalmente distante de las otras dos.

¿Hacia qué otros caminos quieres llevar a tus lectores con “Mizuko: los niños del agua”?, ¿En qué otro tipo de exploraciones literarias indagas?

Lo maravilloso de la lectura es que precisamente en ella se encuentran signos o coordenadas que los escritores no sabemos.

De hecho, se dice que una novela o un libro se cierra con el acto de lectura de ese sujeto. Así que, yo espero que en ésta hayan otros elementos como la realidad, los objetos, las casas como espacios que se habitan, la memoria, el desamor o el deseo. Esas pueden ser algunas de las entradas para ingresar a este universo.

¿Cuánto tiempo tomó el proceso de escritura y la corrección de texto?

La escritura alrededor de unos ocho meses. Recuerdo cuando estábamos en medio de la pandemia. En el momento más duro y, para mi beneficio, tuve la necesidad emocional de escribir. De esta forma, tuve la concentración de muchas horas. La corrección y edición ha tomado alrededor de un año y ocho meses.

Tu primera novela fue “La estética de la gordura” (2000). ¿Cómo sientes tu evolución desde esta primera obra a la de hoy? ¿Qué tanto ha cambiado Juan Pablo Castro dentro del género de la novela?

Bueno, antes de “La estética de la gordura” escribí “Ortiz”. Fueron dos novelas muy experimentales e iniciales. Tenía mucha más libertad que ahora. Tenía más posibilidad de la imaginación. Pero ahora creo que algo más se ha logrado, sobre todo en la consciencia.

La consciencia es el motor más complejo de un escritor. Tener una dimensión de lo que puede hacer y lo que no puede hacer. Yo calificaría mi proceso de evolución como procesos de tomas de consciencia.

¿Cómo va tu novela “La máscara del alacrán”? ¿Qué nos puedes adelantar?

Es la saga del teniente Veintimilla. Una novela policial. Por el momento va con una escritura lenta. El género policial tiene coordenadas mucho más lógicas. Es un ejercicio que tiene que ser mucho más minucioso. Avanza a su ritmo.

Vives en Quito desde 1983. ¿Qué tanto influye la ciudad capital en tu obra: su temporalidad, sus calles, la idiosincrasia de su gente y tus experiencias vividas en esta ciudad?

Yo creo que uno es un ser de la ciudad. Uno es un ser del entorno y de la atmósfera que se construye. La literatura tiene una condición: esa realidad dolorosa, hermosa, maravillosa o triste se estetiza a través de las palabras. Con eso, hay una base realista desde donde surge, siempre mitificado por el acto del lenguaje.

Eres cuencano de nacimiento, pero ¿y de corazón? 

Yo soy ciudadano nada más. Nací en Cuenca pero emigré con mis padres a mis 12 años de edad. No creo tener coordenadas muy locales pero en la memoria es donde radican los afectos que sí, a veces, son morlacos (risas).

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