La mano de Dios

Sección: Par líneas

Por Juan Fernando Andrade / @pescadoandrade

La cinta italiana consagra a su director y desde ya es considerada entre las mejores de este año.

Fue la mano de Dios es tan buena que da miedo volver a verla.

“Solamente una vez / amé en la vida”, cantan todavía los tríos en las casas de las abuelas. La abuela viuda suspira por su marido muerto hace veintiséis años, ya mismo llora. La abuela solterona canta, nadie sabe muy bien por qué, nadie pregunta tampoco. En la habitación hay tres mujeres más, la menor tiene 29 años y la mayor 67. No hay hombres, sólo mujeres. Se acompañan. Muchas veces se ríen. 

Todo esto para decir que La mano de Dios, de Sorrentino, conquista una ilusión del arte: habla con verdad. Me consta. No he tenido que vivir en Italia ni ver todo Fellini para aceptar como real, y cierto, lo que un director cuenta con estricto rigor sentimental, mejorando la forma sin esconder el desorden que hay en el fondo. (Uno vuelve a pensar que la única manera de aceptar el pasado es adaptándolo desde el presente, todo en un solitario intento por darle la espalda al futuro). Sorrentino, apegado a su época y a su cuerpo, antepone la fidelidad al prejuicio.

En La mano de Dios, un director que nació maduro corona el oficio de la manera más sabia: la estética a favor del sentimiento.

Lo que conté arriba, lo de las abuelas, también me consta. Quisiera que Sorrentino lo filme. Quisiera, digamos, encargarle ese recuerdo.

Y sí, muy tangencialmente, esta es una Maradona Story (¿cuántas se podrían hacer?, ¿algún financista leyendo esto?), pero renunciar a ella por lo que sugiere su título sería cobarde. Este título, además de ser en sí mismo un salto de fe, entiende claramente sus responsabilidades: contiene a la película toda y se sostiene, más o menos fijo, hasta el final.

“A Maradona sólo se lo puede entender desde lo divino”, dice el director en un corto documental adjunto. Lo dice mientras sostiene la figura de un santo entre sus manos: Diego con la camiseta del Nápoles. Ese gesto, tan cosmopolita y provinciano, da cuenta de otra verdad, el arte sirve más para mostrarse que para esconderse y no es obligación llevarle la contraria. Queda dicho: uno puede contar su verdad desde lo divino y puede filmarla como si no hubiera nadie más en la sala, se vale hacerlo en honor a esas películas que nos salvaron.

Por eso quiero que lo de las abuelas lo filme Sorrentino, para verlo como es: divino.

Mi papá, que trabajó toda su vida para darnos todo lo posible, se desentiende de sus ocupaciones haciendo reír a sus amigos y hablando de arte. Su trabajo, claro, era otro. Yo en cambio trato de ganarme la vida haciendo reír a unos extraños con los que también hablo de arte. Es, claro, mi trabajo. 

Qué miedo ver La mano de Dios otra vez y que no sea tan buena. Y, también, unas ganas irracionales de no verla nunca más porque prefiero recordarla.  Que la vean los demás. Que la vea todo el mundo.

¿Cuántas cosas serían hoy tanto, pero tanto mejor de habernos pasado una sola vez en la vida?

Algo más, el final, casi: si todas las familias son felices, cómo será el resto. 

Y el final-final: La abuela viuda no dice “Así es la vida”. Ella editó la frase, capaz la adaptó. “Es la vida”, dice ella, sin compararla con nada.

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