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‘El hijo’, un poco más de angustia adolescente

por Revista Mundo Diners

‘El hijo’ es la segunda película del dramaturgo y cineasta francés Florian Zeller, que ya nos había sorprendido, y bastante bien, con su primera cinta, llamada ‘El padre’.

Las cosas son tal como suenan, es decir que ‘El Hijo’ y ‘El padre’, escritas y montadas originalmente como obras de teatro, son parte de una trilogía que sólo podría terminar con ‘La madre’, obra que ya estuvo por los escenarios de Paris, Londres y Nueva York, y que se nos ocurre pensar será la tercera película de Florian Zeller.

El hijo

De ella hablaremos en su momento, ahora volvamos a los filmes que se encuentran disponibles.

¿Están conectadas estas películas? No necesariamente. Ambas se concentran en graves crisis familiares, pero se miran desde ángulos distintos.

En ‘El padre’ la trama gira en torno a un anciano que da sus primeros pero definitivos pasos en la demencia, y que lo hace todo en calidad de protagonista, con la cámara prácticamente en el hombro, siguiéndolo para todas partes.  

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‘El hijo’, en cambio, cuenta la depresión siempre en desarrollo de un adolescente, pero la cuenta a través de lo que va sintiendo su padre, un hombre hecho y derecho, correcto, exitoso, importante, que no puede entender a qué se refiere su hijo cuando dice cosas como, ‘no puedo con la vida’ o ‘me siento mal todo el tiempo y es culpa tuya’.

Acá vale mencionar otro detalle. El personaje adolescente, como pasa tanto fuera del cine, cree que su padre, quien ahora vive con su pareja actual y un niño muy pequeño, un bebé, destruyó al separarse de su primera esposa lo que era una vida feliz y perfecta.       

El hijo crece y se entristece

El hijo’ comienza cuando los padres, ya divorciados, se dan cuenta de que su chico adolescente no ha ido al colegio durante un mes entero.

El muchacho se levanta, se viste, desayuna, mete sus cosas en la mochila y sale de casa y no regresa sino hasta la tarde, como lo haría normalmente luego de clases, pero nadie sabe dónde ha estado y él dice que ‘por ahí, caminando’.

La madre decide entonces enviarlo a pasar una corta temporada a casa de su padre, un apartamento newyorkino en el que cualquiera quisiera vivir, cómodo y moderno, decorado con buen gusto y acogedor, el tipo de hogar en el que se podría gozar la vida tranquilamente.

Parecería que, desde ese punto en adelante, padre e hijo podrán acerarse, conocerse mejor, ayudarse mutuamente. Pero no es así, obvio.

El muchacho esconde un cuchillo de cocina bajo su cama y luego aparecen los cortes y las cicatrices en su antebrazo. Su papá le pregunta por qué lo hace y él contesta que así puede canalizar el dolor.

Entre, todo hay que decirlo, sutilezas que terminan sobrando y alejándonos de lo urgente, las señales de que el chico está peor y peor, y de que no conviene dejarlo solo, se van acumulando de manera orgánica, como una planta que crece.

Así, ‘El hijo’ se va volviendo una película no sobre la salud mental de un adolescente sino sobre la duda y la aceptación.

El padre de este chico duda sobre aquello que persigue y acorrala a su hijo, en otras palabras, le cuesta mucho aceptar que quizás el chico deba estar en un hospital, internado y con tratamiento.            

Y en esas circunstancias avanza esta película hasta su final.

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