‘Tengo un cohete en el pantalón’, por William Díaz

‘Tengo un cohete en el pantalón’, por William Díaz

Para la navidad del ’91, me acuerdo, mis padres compraron dos cámaras de video. Eran cámaras caseras, pequeñas, modernas, pero claro, mucho más grandes que el iPhone 13. Grababan en VHS y los casetes se me parecían a los juegos de Nintendo. En los comerciales decían, “No te pierdas ni un minuto de tu vida”. 

William Díaz VHS
Foto: Shutterstock

Fuimos al Walmart de la calle 112. Nos quedaba lejos, había que tomar un bus, caminar hasta la estación del metro en pleno diciembre, con viento y nieve, luego caminar otro poco y tomar otro bus, pero mi tía Sonia trabajaba ahí y nos dio el descuento de los empleados. Yo tenía diez años, nunca había estado en un Walmart y la pasé mal. Para empezar, el almacén era tan grande que mi madre nunca me soltó la mano, no pude explorar, y además no compramos más que las cámaras: ni juguetes ni pavo. 

Mi tía Sonia nos guio por los pasillos, nos acompañó a la caja, habló en inglés con la cajera y antes de despedirnos, mientras mi padre me ajustaba unas orejeras peludas por encima de un gorro de lana, nos dio un cupón para almorzar en el IHOP de Indianápolis Boulevard, al que también llegamos caminando. 

Pedimos todo lo que pudimos con el cupón: pancakes, huevos revueltos con tocino y salchichas, pie de manzana con helado. Mi papá abrió una de las cajas, leyó las instrucciones en español y comenzó a grabarlo todo, especialmente a mí. Me puso la cámara en frente y me preguntaba cosas como, “A ver, Billy, ¿dónde estamos?, ¿cómo es la nieve?, ¿qué son los pancakes?” Y ese fue nuestro juego de navidad, él camarógrafo, yo reportero y mi mamá diciendo, “Van a pensar que estamos locos. Si llaman a la policía, yo no los conozco”. 

Grabamos todo el camino de regreso a nuestra casa, al primer lugar donde vivimos solos los tres en Chicago. “Este es el bus, este es el tren, este es el lago Michigan. Esta es la tienda, pero acá se dice ‘bodega’, aquí compramos sánduches de pastrami y mi papá compra cerveza”. 

De eso han pasado treinta años.   

La última navidad, la del 2021, la pasé con ellos, hicimos una video llamada y cenamos juntos los cuatro: mis padres, mi hijo y yo. Después de la comida, senté al bebé frente al teléfono y le pasé unos regalos en nombre de sus abuelos, “Este es del Papá Michael, este es de la Mamá Cecilia”. Iba diciendo sus nombres y los señalaba en la pantalla y mi hijo acercaba su mano abierta, como para agarrarlos. 

¿Cuándo vas a venir?, me preguntaron. Cuando pueda llevarme al niño, les dije. 

¿Cuándo va a ser eso?

La otra cámara, la que no se quedó con nosotros, se vino a Ecuador, mi papá se la mandó a mis abuelos con dos o tres casetes que grabó enteros los últimos días de 1991, y comenzó una tradición.

Cada mes, mis abuelos enviaban uno o dos casetes en los que contaban directo a cámara las novedades de la familia, lo más chistoso y lo más grave. Un mismo casete podía tener, por ejemplo, la fiesta de cumpleaños de un primo chico, el segundo matrimonio de un tío viejo o la tarde en la que nuestra perra, Laika, parió once cachorros en cinco horas. 

Yo tenía entonces la impresión de saberlo todo del Ecuador y de mi familia acá, pero claro, hay casetes que yo no vería sino hasta que fui adolescente, como ese en el que mi abuela le cuenta a mi padre que tiene cáncer al colon, que no tiene sentido dar la pelea, que para qué, que la metástasis regándose por el cuerpo, que ya no le mandará más videos, que la recuerde así, todavía joven y todavía feliz. 

Mi papá me mostró ese video cuando cumplí quince años. Yo era chico, ahora que lo pienso, me la pasaba viendo MTV y, más que tener banda y tocar música, lo que quería era hacer videos: tenía en mente uno en el que, durante una excursión con sus compañeros de escuela, una niña pequeña se perdía en el parque Roosevelt, en Dakota del Norte; primero tenía miedo, lloraba, pero al final la niña se hacía parte de una manada de lobos salvajes y aprendía a vivir como ellos.

“Quiero que la gente sienta miedo, que se asusten, pero que haya un final feliz. La Caperucita Roja pero al revés”, le dije a mi padre. “¿Haz visto algo así?”, le pregunté. Ya nos habíamos mudado, vivíamos en una casa y cada cual tenía su cuarto. Él me sentó frente al televisor de la sala y me puso el video de la abuela. 

Lo último que le dijo mi abuela a mi padre, en un casete de VHS, fue “Llévame en tu corazón”. Él me lo dice ahora y yo le hago una broma, “Tú nos vas a enterrar a todos”, le digo. Y él dice, “No importa, si te mueres tú primero, llévame en tu corazón igual”. Cambio de tema, apunto hacia la ventana con el teléfono, “Mira, están quemando un año viejo”. Aunque no me creas, dice mi padre, extraño mucho eso. ¿Qué? “Salir a la calle y hacer un incendio”.  

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