Skip to main content

Mundo Diners al día

Antonia: un milagro

por Santiago Molina Salazar

Los accidentes suceden y no tienen culpables; de hecho, según la Organización Mundial de la Salud (OMS) el 80% de estos se producen en los hogares. Este es el testimonio de un padre que le hizo frente a un episodio en el que la capacidad de reacción, la infraestructura médica y la contención emocional de su familia fueron determinantes para superar el accidente de Antonia, su hija.

Por: Santiago Molina Salazar

Antonia
Imagen referencial

Estábamos de vacaciones cuando Antonia, mi hija de 4 años se cayó de 4 metros de altura. Se golpeó la frente contra el piso de concreto. Entre gritos y casi desmayos llamamos al 911 y fuimos al hospital. El primer mensaje de los médicos a la familia fue: está viva. Permaneció cinco días en UCI. No habló, no comió, ni caminó. En los siguientes días de hospitalización empezó a recuperarse lentamente hasta que -por fin- le dieron el alta. La única indicación de los médicos fue que un neurocirujano pediatra la revise en dos semanas.

De regreso en Quito el párpado izquierdo de Antonia seguía hinchado. Encontrábamos explicaciones para no volver al hospital: el calor, el frío, el proceso normal, el cambio de presión, el avión, entre otros. Fuimos a consultar a una oftalmóloga pediatra, que sin rodeos nos dijo que era necesario practicar una cirugía de emergencia.

La cirugía duró seis horas, al cabo de la primera nos llamaron al quirófano para que autoricemos una transfusión de sangre. Cuando terminó la cirugía, el doctor crudamente nos explicó que todo fue más complicado de lo que planificó y que mi hija pasaría a la UCI porque necesitaba que se le haga una transfusión de sangre y terapia del dolor. Le suministraron algún derivado del fentanilo, la droga que está de moda en Estados Unidos.

Antonia tenía su cara muy hinchada, seis vías venales, una arterial y una sonda. No se podía mover, era un cuadro desolador. Los días pasaron, y afortunadamente se recuperó y la subimos a la habitación.

La vida en la habitación del hospital no estuvo exenta de sobresaltos. Tuvimos que quedarnos 11 días que fueron eternos.  Cada vez que le tomaban los signos vitales se nos paralizaba el corazón hasta que nos digan todo está bien.

Mientras mi hija mayor estuvo en el hospital, la menor estaba a cargo de la familia que siempre estuvo lista para brindarnos su apoyo. Para ella fue también muy duro porque tuvo que destetar y aprender a dormir sin la mamá.

Cuando Antonia regresó a casa, la primera semana fue de tensa calma, pasábamos con los nervios de punta. Sin embargo, poco a poco la normalidad fue llegando. La visita de la familia y el cumpleaños de su hermana trajeron celebración y fueron un motivo más para dar gracias a Dios por la vida.

Volvió el tiempo de las vacaciones y viajamos a la playa con Antonia llena de curiosidades. Una de ellas era ¿Qué es la vida normal? Es una pregunta que después de lo que vivimos no se puede responder con facilidad y que aún hoy se está redefiniendo.

Vivir estos momentos de angustia y dolor y enfrentar esta experiencia hizo que cambiemos nuestra actitud frente a la vida. Un sacerdote nos dijo: no somos malos, pero tampoco somos suficientemente buenos y ese justamente es el reto de la humanidad.

Decidimos entonces visitar el Hospital Baca Ortiz para expresarles todo nuestro amor, solidaridad y admiración a los niños que están sanando. Intentamos llevar esperanza al decirles que son extraordinarios, fuertes y valientes que van a superar sus enfermedades.

Con dos meses de retraso por todo lo sucedido dejamos a Antonia en su primer día de clases. Entró segura y vital, tal como el día de la cirugía.

Etiquetas: