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Altar Ceremonial de la Isla Puná: símbolo cultural del pueblo huancavilca

por Betty Aguirre-Maier

Un megalito de tres toneladas resume el pasado precolombino de la Isla Puná, el Altar Ceremonial de los Sacrificios que hoy reposa en el Museo Municipal de Guayaquil y que la Comuna Campo Alegre pide retorne a su lugar después de 119 años.

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Altar Ceremonial de la Isla Puná.

Esporádicamente, los habitantes de la Isla Puná visitan el Altar Ceremonial del Cacique Tumbalá que se encuentra en el Museo Municipal de Guayaquil. La distancia lo hace casi imposible. Pocos aún recuerdan las breves historias de un grandioso pasado precolombino cuando los puneños eran expertos navegantes, hábiles comerciantes y feroces guerreros.

La Comuna Campo Alegre ya ha reclamado, oficialmente a la Alcaldía de Guayaquil, el retorno del altar ceremonial del Pueblo Puná, manifestando que este petitorio es un anhelo de sus pueblos desde hace 119 años. La Comuna, además, justifica el retorno como una estrategia cultural para el fomento productivo y la diversificación económica que ataque la pobreza extrema.  

Altar Ceremonial

El Altar Ceremonial o Piedra de los Sacrificios es el único megalito que existe en el país, una escultura de tres toneladas que fue extraída y llevada a Guayaquil en 1904. Sobre su superficie reposan dos míticas figuras: un cocodrilo y un jaguar que ilustran el pensamiento del pueblo punáe: la simbiosis terra-marina que hizo de ellos un pueblo libre y próspero.

Según la teoría del escultor y gestor Tony Balseca, fundador del Movimiento Tumbalá Vuelve, el Altar se asemeja a la forma de la isla, como un mapa, sobre la que los animales parecen resguardar los dos centros precolombinos más importantes: Puná Nueva (Puerto Tucú) y Puná Vieja (Estancias del Cacique).  

A principios del siglo XX, el arqueólogo alemán Max Uhle visitó la isla, atraído posiblemente por el esplendor del megalito que reposaba en las afueras del Municipio de Guayaquil. En sus 'Apuntes' señaló que debido a su formación marina la piedra fue tallada en el propio lugar y, que el pueblo de Campo Alegre estuvo circunvalado por una ancha muralla, completamente redonda.

Los hallazgos y descripciones de Uhle nos trasladan en el tiempo (1000 a.C.) a un magnífico templo emplazado en el centro de Campo Alegre, antiguamente llamado Pueblo del Estero, en cuyo interior se hallaba el Altar Ceremonial.

Por su diseño se piensa que el megalito recogía la sangre de los sacrificios que se hacían sobre ella y que luego era llevada hacia el mar por canales de agua de lluvia. El templo, según Uhle, era visible desde los esteros debido a la suave inclinación del terreno en dirección al puerto, lo cual, asumimos, mostraba a los navegantes su grandeza.   

El Altar Ceremonial se encuentra en el interior del Museo Municipal de Guayaquil desde 1908, cuando el italiano Bartolomé Vignolo la obsequió al Museo. Es importante señalar que, el Altar es el único artefacto que existe como documento tangible (material) de la nación punáe. Sin embargo, la presencia e importancia de esta nación quedó registrada tanto en las crónicas de la Conquista como en la arqueología temprana, como lo evidencia el trabajo de Max Uhle.  

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La Isla Puná

En Crónicas del Perú. Señorío de los Incas (1533), Pedro Cieza de León le dedica varios capítulos a la Isla Puná, pero describe con especial atención al Cacique Tumbalá, Señor de Puná, quien no se sometió a Huayna Cápac ni a los conquistadores españoles. Los siete cacicazgos bajo su mando conformaron una sociedad organizada, rica y autosustentable que comerciaba espóndilo (spondylus), sal y algodón, tanto en el interior del continente como a lo largo de las costas del Océano Pacifico.

Además, añade el cronista, Puná fue un territorio fértil, abundante en árboles, la medicinal zarzaparrilla, aves y animales que competía con la riqueza de Tumbes y otras comarcas de tierra firme. Poseyeron grandes cantidades de oro y plata que escondían en sus templos, muchos de ellos en la cercana isla Santa Clara en donde tenían a sus dioses, grandes esculturas de piedra que fueron divisadas por los conquistadores.  

La riqueza de Puná

Curiosamente, la historia de lucha y poder entre Huayna Cápac y Tumbalá no pasó a los libros de Historia, a pesar de que Cieza de León y otros cronistas hicieran énfasis en estas luchas.  Una vez conquistada la provincia de los huancavilcas, Tumbes y demás comarcas de tierra firme, Huayna Cápac mandó a llamar a Tumbalá para que viniera a hacerle reverencia, lo que implicaba que, a partir de ahí, este último debía hacer contribuciones al imperio.

El Señor de Puná no aceptó el poder del Inca, pero fingió hacerlo y envió a sus mensajeros con obsequios e invitación para que visitará la isla. En efecto, Huayna Cápac visitó Puná y en ella fue “honradamente recibido” y hospedado. Durante su visita, el Inca pidió al Cacique que sus guerreros fueran transportados en sus balsas hacia tierra firme a la conquista de otros pueblos que, de otra forma, eran inasequibles para ellos.

Mientras esto sucedía, Huayna Cápac regresó a Tumbes, pero sus orejones, mancebos nobles del Cuzco, acompañados por sus capitanes, se ahogaron en el mar luego de que los puneños desataran las cuerdas que sostenían y unían los maderos de las balsas. Ante este hecho, Huayna Cápac tomó venganza y tiempo después mandó a matar a muchos de los habitantes de la isla y a nativos de sus alrededores; y para que se recuerde en el tiempo tan impune crimen, el Inca ordenó incluir la masacre en sus cantares reales.

De igual modo, tiempo después, Tumbalá se enfrentó a Atahualpa saliendo triunfante de esta batalla y dejando herido al Inca; y más tarde lo hizo con Pizarro, quien había desembarcado en Puná siendo amigablemente recibido. Sin embargo, ante los excesos cometidos por los españoles, las tensiones crecieron y desembocaron en una feroz guerra. Pizarro debió abandonar la isla seis meses después.  

Como se evidencia en este relato, el Altar Ceremonial de la Isla Puná es un símbolo cultural y de resistencia del pueblo punáe - huancavilca que, en caso de ser devuelto a Campo Alegre, significaría la recuperación de la identidad ancestral de sus habitantes, y la posibilidad de crear proyectos culturales y económicos que generen recursos y mejoren la vida de muchas familias.

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Acerca de Betty Aguirre-Maier

Ph. D. C. en Lenguas y Literatura por la University of Utah, es docente, investigadora, traductora, editora y escritora. Reside entre Estados Unidos y Ecuador.
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