40 años de música de Álex Alvear y, ¿qué viene ahora?

“Es harto tiempo”, dice el compositor y y cantautor ecuatoriano Álex Alvear (Quito, 20 marzo 1962) al referirse a sus más de 40 años de trayectoria musical.

“Soy un poco de todo”. Es bajista, arreglista y cantante. Cofundó agrupaciones como Promesas Temporales y Rumbasón y es líder de ‘Álex Alvear & Mango Blue’ y ‘Wañukta Tonic’. Cumplirá 60 años el próximo mes de marzo. Aunque su cuerpo sienta su edad, en su cabeza todavía se siente como “un pelado”.

Su nombre de nacimiento es Eduardo Alejandro Alvear Lalley. Desde la adolescencia experimentó con la guitarra y piano de a oído. Revista Mundo Diners conversó con Álex Alvear en marzo de 2017 de manera muy detallada y personal sobre su origen musical y familiar. Ahora, nos centramos en sus últimas creaciones musicales tras cinco años de reconectar con él.


Su casa se ubica en el centro histórico de Quito. Rodeado de sus guitarras colgadas en la pared, cuadros alusivos al jazz clásico y una vista envidiable de la capital (a excepción del excesivo ruido urbano en los alrededores); Álex Alvear se relaja desde su zona de trabajo cotidiano para contar todo sobre sus próximos proyectos y colaboraciones. No obstante, repasamos epidérmicamente su pasado:

Sabemos de tus fricciones con tu padre cuando anunciaste a temprana edad convertirte en músico pero, ¿habían otros músicos en tu familia o fuiste quien rompió el molde?


Al menos de lo que yo sé soy el único músico de la familia, por parte del lado paterno. Del lado materno, tengo una prima que es música también, quien vive en Carolina del Norte (EE.UU.). Aunque desde chiquito había mucha música en casa. Mi papá Eduardo y mi mamá Anne tenían una colección enorme de música clásica, jazz, africana, folclórica, funk y rock. Esa mezcla me influenció hasta hoy. Por eso es muy amplia mi visión. Todos mis proyectos son una mezcla de muchas influencias.

Te decidiste por la música a muy temprana edad…

Sí, a los 15 o 16 años de edad, supe que la música era lo que yo quería hacer. No tocaba mucho en esa época. Me pasaba escuchando música rock. Empecé como rockero con The Beatles, Steppenwolf, Grand Funk Railroad, Led Zeppelin y funk como Ohio Players y Al Green. Eran mis gustos de ese momento, no conocía la música nacional.

Desde los 17 años ya empecé a tocar en bandas. Una del colegio que se llamaba ‘Band’ que luego se profesionalizó y luego se llamó ‘Nova’, con músicos súper buenos de acá. Tocábamos covers.

Paralelamente empecé a tocar salsa, con un grupo que se llamaba Rumbasón, que fue un éxito aquí y con Promesas Temporales, que se considera aún como un referente de la música ecuatoriana contemporánea. Fue mi necesidad de conectar con muchos estilos.

Por 1986, viajaste a la ciudad de Boston para realizar estudios en el Berklee College of Music en la especialización de Composición y Arreglos de Jazz. ¿Por qué el jazz?

Me volví loco con el jazz, cuando escuché Chick Corea, a Weather Report y cuando aprendí de la música de Jaco Pastorius. Al ir a conciertos de pelados de ese colegio, me quedé asustado porque yo no tenía mucha técnica. Me dije que iba a seguir estudiando los instrumentos pero me enfoqué en la composición y los arreglos.

Volviendo a tu larga estadía de casi 25 años en Estados Unidos: Boston te abrió sus puertas como un gran mercado, diste clases, talleres, participaste en festivales musicales, ganaste el Boston Music Awards. ¿Esa gran ciudad te dejó mucho no?

Me impactó. Cuando yo llegué me enamoré. Habían cuadras cerca de la escuela Berklee llenas de bandas tocando y clubes de diferentes géneros. Eso me alucinó. Tuve la suerte de conocer músicos increíbles. Al segundo semestre ya hacía dinero con lo que había aprendido allí. A nivel musical me ayudó a tener menos prejuicios y apertura con todo tipo de gente.

Sabemos que tocas muy bien la guitarra y el bajo, ¿tocas otros instrumentos?

Sí, un poco el piano para componer. El bajo es mi principal instrumento, aunque sea menospreciado, pero es el pilar de todo en una banda. Toco guitarra a la fuerza. Soy un conguero frustrado.

¿Y tu habilidad para el canto vino al mismo tiempo que las ganas de hacer música?

Desde el colegio ya yo cantaba y tenía buen registro. El reto mayor fue cuando estaba en Rumbasón, cuando me tocó cantar y tocar bajo al mismo tiempo. Pero salió todo al ser constante.

En esa época, ¿cuáles eran tus referentes en la música ecuatoriana?

Los grupos quienes me influenciaron directamente fueron Taller de Música, que eran un grupo de tres músicos ecuatorianos: Diego Luzuriaga, Ataulfo Tobar, Juan Mullo. También, Ñanda Mañachi, que es una agrupación de Peguche (Imbabura) y la banda cuencana Tahual. Ellos me sacudieron y me hicieron dar cuenta que aquí tenemos una música muy hermosa.

En 1996  incursionas en un proyecto de música original y fundas la agrupación ‘Alex Alvear & Mango Blue’, incorporando jazz, R&B y funk. ¿Cuál era tu necesidad con esta banda?

Ya yo había tocado mucha salsa y música afrocubana, con dominicanos y puertorriqueños, haciendo arreglos para orquestas y demás. Mango Blue nace por la necesidad de un cuestionamiento personal. En esa época escuché mucha música pop africana: Salif Keïta, Papa Wemba y Thomas Mapfumo. Ellos me inspiraron a una onda funk, jazz y afrolatina.

Esta banda tiene un poco de todo hasta hoy. Es un proyecto que amo mucho, con un nivel alto pero sin impacto comercial. Esto de ser desconocido me tiene sin cuidado. Yo decidí hacer mi música que te lleve a un viaje.

El tema ‘Immigrant Blues’ es uno de los más destacados en Mango Blue… ¿qué significa para ti?

Viene de mi vivencia en Estados Unidos. Soy hijo de ciudadana estadounidense y no viví lo que viven los migrantes ilegales, aunque vi las medidas que se impusieron en ese país a finales de los 90 contra los migrantes. Es una canción que sigue hoy vigente. Con Mango Blue tengo algunas canciones contestatarias y políticas.


Desde finales de los años noventa levantas el proyecto ‘Equatorial’, con un disco sobre música folclórica y contemporánea. ¿Cómo surgió esta idea?

Fue un proceso natural, casi inconsciente. Empecé a hacer pasillos, sanjuanitos y albazos. Equatorial fue el resultado de más de una década componiendo para mi. Luego se me ocurre tocar puertas a medios de comunicación. Un día, en el local ‘Pobre Diablo’ (Quito) me topo con el productor Galo Khalife y le gustaron las maquetas. A la semana que viene estábamos frente al director del FONSAL quien nos financió el proyecto. Más de 18 músicos de Japón, de Francia, Costa Rica, Venezuela trabajaron en la grabación. Fue grabado entre New Jersey y Boston.

En ese disco se destacan canciones como ‘De donde vengo’, ’Soñando con Quito’ y ‘Ausencia’. ¿Cantas sobre tu nostalgia por Ecuador desde Estados Unidos no?

Sí. Es un disco que nace de la añoranza y la nostalgia. La música era como mi cordón umbilical.

Actualmente diriges Wañukta Tonic, tu más reciente proyecto de unos años para acá, ¿qué significa ese nombre y cómo defines la música en esta banda?

Cuando regresé definitivamente de Estados Unidos, una de las cosas que quería hacer era un proyecto con mi hijo Matías Alvear. Sumamos a Raúl Molina (batería), Andrés Noboa (guitarra), Nelson García (teclados) y Pablo Vicencio (percusión). Nelson y yo somos de la vieja guardia y los demás son chamos. Pero todos son músicos increíbles. Nos costó ser una banda y tener coherencia. Nos ayudó mucho trabajar con el productor Ivis Flies, que nos abrió más espacio en nuestra música y de cómo tocamos.

‘Wañukta’ en kichwa significa ‘golpe fuerte’. Luego, a Nelson se le ocurrió añadir ‘Tonic’. Es un juego de palabras interesante. Como darte un shot de puñete. Un nombre en kichwa era importante para nosotros. Es una ensalada de géneros: reggae, música africana, blues, funk, rock pesado y motivos melódicos ecuatorianos.

También diriges ‘Chaka’, que está definido como una experiencia musical cultural junto a Grecia Albán, Kevin Santos, Julio Andrade, entre otros;  ¿sigue vigente este conjunto?

Es una banda que te propone una experiencia, dirigido y enfocado al turismo internacional. Queremos hacer un proyecto donde se muestre la diversidad étnica y musical. Donde todos tocan la música de todos. Tocamos desde música de Esmeraldas hasta abajo en la Sierra. Es un concepto que aún espera una oportunidad para levantarse a pesar de hacer varias presentaciones, incluso didácticas. ‘Chaka’ en kichwa significa ‘puente’, como un cruce entre todo.

Durante 2019 y 2020, trabajaste como docente en el Colegio de Música de la Universidad San Francisco de Quito. ¿Cómo sobrellevaste ese rol de docente con tus proyectos?

Fue lindísimo. No soy académico, pero me gusta trabajar mucho con ensambles. Mostrar muchas influencias. Yo era poco convencional. Yo llevaba tambores a todos para tocar el género plena (música folclórica puertorriqueña), a todos les gustó.

Eran solo dos ensambles a la semana. Me alimentó ver mucho a los pelados cómo se enganchaban, con ocho o doce alumnos. Le tengo mucho cariño a esa experiencia. Durante la pandemia también ofrecí clases en línea a través de Percusión Ecuador.

Y regresar a los escenarios tras la pandemia por covid-19 fue un alivio…

Uff sí. Es una experiencia conmovedora. Dos años sin eso, te montas al escenario y sientes que renaces. En las artes escénicas, estar sin público es complicado. Yo prefieron mil veces tocar en vivo. Ese intercambio de energía.


Estás próximo a cumplir 60 años de edad, ¿siguen las mismas energías de hace 40 años? ¿cuál meta te falta por cumplir?

Bueno ha cambiado el rango (vocal), antes podía cantar más alto, pero la energía no me ha cambiado. Por mí, ensayo hasta siete u ocho horas seguidas (risas). No me falta energía (toca madera).

En el escenario siento pura adrenalina, sin cansancio. Aunque la cosa es diferente al otro día (risas). Por mi, tocaría todos los días.

Entonces, ¿Ecuador es un país donde se puede vivir todaía de la música? ¿Sigues apostando a crear industria aquí?

En mi caso, no quiero volver a Estados Unidos, aunque valoro todo lo que me dio y hay gente hermosa; no me gusta lo que pasa allá. El Boston que conocí ya no es lo de antes. Los artistas le apostamos a Ecuador pero Ecuador no apuesta por nosotros. Es un problema complejo. Hay momentos cuando la gente se le hace difícil pagar una entrada a los conciertos. Nos hace falta apoyarnos más entre nosotros. Necesitamos hacer más presión a las autoridades culturales.

Nosotros los músicos también necesitamos organizarnos y exigir. Es en parte nuestra culpa. Para muchos medios de comunicación, con pocas excepciones, no existimos. Hay ahora una escena vibrante musical que está produciendo y a cuesta arriba, con ofertas increíbles desde heavy metal hasta jazz, pero no existimos. Ni en radio ni periódicos.

Nos falta también orgullo nacional por nuestra música. Esa es la realidad desde que yo era pelado, hasta hoy con el internet y mil vainas más. Toca querernos un poquito más.


Por Víctor Vergara

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