El mundo de arriba y el mundo de abajo

Mundo de arriba y de abajo.
Ilustración: Mauricio Maggiorini

Ha perdido la cabeza. Grita in­coherencias todo el día. Ataca enemi­gos invisibles. Insulta, insulta, insulta. ¿Se estará insultando a ella misma? ¿A su cabeza? Vamos, repite, vamos, como si quisiera que algo o alguien se ponga en marcha, que la siga. Ese algo o ese alguien no responde, no obede­ce, no aparece. En realidad, no existe.

Mañana, tarde y noche grita va­mos, vamos, vamos.

También grita otras cosas horribles y mueve muebles, los arrastra, como si le quisiera hacer sitio a alguna reunión familiar que no sucederá nunca.

Llama a alguien, ¿a quién, si no tie­ne a nadie? Sigue llamando y la que la oye soy yo: la de abajo.

Creo que tiene algún animalito porque, de vez en cuando, escucho ge­midos. Quizás son suyos, pero no pa­recen humanos. Ella tampoco. Le fal­tan dientes, tiene el pelo seboso como si no se hubiera bañado nunca, la ropa está llena de huecos, huele mal.

A veces la veo: camina rápida y furiosa. Me pregunto por qué está tan iracunda, pero la pregunta se responde sola. La han abandonado tanto que la ha abandonado hasta su propia cabeza.

La soledad absoluta.

La compadezco como nadie lo hace. He intentado hablarle, pero es imposible: ya no sabe quién soy. Yo tampoco la reconozco, pero su demen­cia, sus gritos, su furia, me hacen llorar.

Y me aterran.

Temo que un día se caiga y no se levante. Temo verla volar por la venta­na abierta al abismo. Temo que sí sea un animalito lo que gime y que lo mate y recupere un segundo la conciencia y se dé cuenta de que ha matado a lo único que le importaba. Temo que en la infinita noche de la demencia deje prendida la hornilla y se queme viva. Temo tanto por ella que ya no pienso en otra cosa.

Con el corazón encogido me aso­mo a su sueño desesperado, a esos sueños que tiene de que todavía es una mujer joven, de que todavía puede re­cuperar a su amor verdadero, tener un hijo, una hija.

¿Qué come?, me pregunto. ¿Cómo mastica con esa boca desdentada? ¿Pen­sará alguien en ella a kilómetros de dis­tancia? ¿Quién irá a su funeral? ¿Las fo­tos de quién adornan sus repisas?

Me pregunto muchas cosas de ella que sé que nunca sabré. Cuando llegue el momento de conocerla ya no veré ni escucharé ni tendré lógica.

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Sus gritos me acompañan todo el día. Está arriba, no puedo dejar de oírla cuando maldice a las sombras, cuando se pone furiosa por algo que nada más ella sabe: ¿sus decisiones?, ¿en lo que se convirtió una vida que imaginó feliz?, ¿la maldita cabeza que ya no es suya, sino del diablo de los seniles?

Algún día la conoceré y entonces será tarde para todo. Quizás ya lo es. Su fantasma es mi fantasma.

Vive arriba de mi cabeza y le tengo miedo: la vieja demenciada del mun­do de arriba es la amenaza que me rompe en dos.

La mujer que seré cuando no sea esta, la anciana que grita todo el día y a la que nadie visita porque no hay na­die que la quiera visitar: es un mons­truo de ira.

Tengo miedo del futuro. Tengo miedo a perderme como te perdiste tú. Tengo miedo a envejecer de esa forma espantosa: sola, sin hijos ni nie­tos ni amor.

El mundo de arriba se me viene encima mientras escucho una vez más que maldices algo, a alguien, y ese al­guien, probablemente, soy yo.

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