Las mujeres avanzan, la discriminación persiste

Investigación personajes: Fátima Cárdenas

El Ecuador, gracias a la perseverancia de la lojana Matilde Hidalgo, se convirtió en uno de los primeros países hispanoamericanos donde se permitió que sufragaran las mujeres.

En 1929 las ecuatorianas participaron en elecciones nacionales y Matilde fue la primera en graduarse del colegio y de la carrera de Medicina.

Hasta antes de esa fecha histórica y durante gran parte del siglo XX, las mujeres se dedicaban a la crianza de los hijos, no era prioridad que estudiaran ni estaban inmersas en el mundo laboral. En el siglo XXI las mujeres ejercemos el derecho al voto, estudiamos el colegio y la universidad; antes para los hombres estudiar, votar y trabajar eran actividades normales, pero las mujeres no tenían esos derechos básicos.

Pero sigue ocurriendo: Malala Yousafzai, activista paquistaní y Premio Nobel de la Paz, luchó en su país para que las niñas fueran a la escuela, porque el régimen talibán lo prohíbe. Los derechos actuales son resultado de luchas y cambios profundos en la sociedad; a las mujeres les cuesta todavía tener un lugar en la política, en las empresas, o lograr su desarrollo profesional; es un camino lleno de piedras, techos de cristal y pisos jabonosos.

El techo de cristal limita

El techo de cristal es invisible, impide el ascenso de las mujeres en las empresas e imposibilita su realización profesional. Así lo describe Cecilia Mena, representante de Acción Ciudadana por la Democracia y el Desarrollo, quien comenta que las mujeres con más hijos tienen menos posibilidades de llegar a niveles jerárquicos en sus carreras. “En el segundo y el tercer hijo van a pensar si van a poder avanzar, porque va a significar tiempo y que como mujer deben asumir la casa y los hijos”.

Según el INEC, las mujeres ecuatorianas destinan 88 horas de trabajo a las labores del hogar, en comparación a las 12 que dedican los hombres para las mismas actividades. Frente a esta realidad, se hace evidente que las mujeres, mientras más obligaciones tengan en casa, menos tiempo pueden dedicar al desarrollo empresarial, y la división del trabajo en el hogar asignada a ellas las pone en desventaja al optar por un ascenso o emprendimiento propio, porque las tareas de cuidado nadie las asume. El reparto de tareas es inequitativo, apunta Mena, las mujeres cumplen labores en el hogar entre 17 y 34 horas a la semana, el hombre entre cuatro y diez horas. Las mujeres destinan nueve horas al cuidado de hijos o ancianos y veinticuatro horas al trabajo doméstico por semana.

“Son grandes contrastes que las ponen en desventaja, además de la carga social que, si no lo hace, no es buena madre”, señala Mena. Eso no permite entrar en igualdad de condiciones al ámbito laboral. Pero no solo son las tareas del hogar; la violencia que viven muchas mujeres las limita, siete de cada diez han vivido situaciones de violencia que dejan huellas imborrables.

Muchas viven el desempleo. De cada diez mujeres tres tienen trabajo, según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) y de 3 382 000, solo un millón tiene empleo con beneficios de ley, el resto está desempleada o en la informalidad, anota Mena.

La presidenta de Seminarium, María Rosa Tapia, cree que en las compañías la cultura corporativa debe ser más inclusiva y preparar a las mujeres para puestos altos en las empresas; se estima que el 73 % de ellas no cuenta con indicadores de inclusión. Cita el estudio de Deloitte que revela que 10 % de puestos de presidente son ocupados por mujeres, vicepresidentes 8 % y gerentes generales 22 %. Insiste en que hay que aprender a sentirnos cómodos con los liderazgos de mujeres, “cuando un hombre tiene éxito es muy querido, pero cuando una mujer tiene éxito en el mundo empresarial agrada menos a la gente, por eso, hay que trabajar en una transformación cultural”. Y que implique que se formen mujeres en las empresas, se aproveche su potencial para liderar más tareas, apoyadas en herramientas como el teletrabajo.

Para Tapia, quien pasó de trabajar para una empresa a ser dueña de una, tener un mayor número de mujeres en puestos de liderazgo significa que existan más oportunidades para todas, y que mientras menos mujeres existan y menos políticas se elaboren, no se alcanzará la equidad. Es fundamental que se reformen las licencias parentales y que las parejas apoyen en forma equitativa con la crianza de los hijos.

Las mujeres son vistas con lupa en la política

La directora de Participación Ciudadana, Ruth Hidalgo, cree que existen avances y que hace quince o veinte años no existían normas que visibilizaran y sancionaran la violencia en ese ámbito. La violencia política expresada en insultos, campañas de desprestigio en redes las desincentivan, reproducen estereotipos contra candidatas o mujeres que ocupan cargos políticos. “No cuestionan su gestión, que está bien, si es corrupta hay que decirlo y debe salir del puesto, pero la controversia es por su forma de vestir, orientación sexual o rol de madre respecto a su actividad política”.

Según Hidalgo, que no exista participación política equitativa tiene consecuencias para la democracia, porque en el Ecuador “las mujeres somos más del 50 %, significa que 50 % de quienes diseñan políticas públicas deberían estar incorporadas en una política de salud, maternidad, derechos, porque las leyes deben sintonizar con las necesidades de quienes se pretende regular”.

Desde 1997 la Ley de Amparo Laboral a la Mujer estableció la obligación de tener 20 % de mujeres en la integración de ciertos organismos públicos. En el ámbito electoral la paridad de género está amparada en la Constitución, el Código de la Democracia de 2009 y el reglamento de La Ley de Elecciones. Pese a ese “favorable” marco legal, se redujeron las legisladoras en la Asamblea: 55 en 2001, 54 en 2017 y en la actualidad 50. “Parece que cuatro menos no es nada, pero no es así, implica que decrece la masa crítica, con visión de género que legisla y da un mensaje de equidad en el Poder Legislativo”, menciona Hidalgo.

Explica que en las gobernaciones son cuatro mujeres y dieciocho hombres. En referencia a la fotografía en la que el presidente del Ecuador, Guillermo Lasso, en Carondelet, está con los gobernadores, la docente menciona que no es solo una foto. “La sociedad ve esas imágenes y se replica el estereotipo típico del mundo de la política reservado exclusivamente a los hombres. Reforzar ese estereotipo es grave, hay que seguir luchando”.

Cristina Reyes fue asambleísta constituyente en Montecristi (2008), concejal de Guayaquil y legisladora, cuenta que tiene vocación por la política. La Asamblea Constituyente fue su primera experiencia, pensó que sería transitorio, “me empoderé y construí una carrera”.

La parlamentaria andina considera que la violencia política se ensaña con las mujeres y que los estereotipos e insultos “chocan cuando eres joven y no imaginas los niveles decadentes de ciertos sectores”. Está convencida de que a las mujeres “nos ponen una gran lupa encima, para analizar las intervenciones, cada detalle de nuestra apariencia, de nuestra vida, los errores, que no somos ajenas a cometer, son señalados crudamente, más que si lo hiciera un hombre. En mi caso y de algunas colegas nos ha llevado a prepararnos más”.

Reyes está consciente de que siempre se duda de la capacidad de las mujeres, y cree que ante eso se debe responder con más razón y trabajo, escuelas de formación a otras mujeres, “no podemos construir democracia sin mujeres y no renuncio a ese sueño de que el Ecuador sea gobernado por las mujeres”, dice con esperanza.

La docente de la UDLA Vanessa Carrión, quien escribió, con Sarah Carrington, el artículo “Desempeño de candidatas y las cuotas de género: el caso de Ecuador”, evidenció que una de las razones por las que las mujeres no son electas en la misma proporción es que “en la mayoría de casos, los hombres encabezan las listas”. En las elecciones de 2013 y 2017, solo 17 % fue liderada por mujeres. 

Carrión cuenta que “quienes lideran listas reciben 20 % más de votos que el promedio que reciben otros candidatos de su propia lista”. Y que es fundamental que los partidos formen liderazgos con períodos más amplios. “Cuando vienen elecciones buscan mujeres donde sea para cumplir la ley de cuotas, sin formar liderazgos que cumplan un buen papel, no interiorizan la importancia de formar buenos elementos”. 

La directora de la Fundación Haciendo Ecuador, Mónica Banegas, aclara que la violencia política es cualquier acción u omisión en contra de la lideresa o su familia que intente impedir su derecho a cumplir las obligaciones en su cargo. Según un monitoreo de los insultos en Facebook, Twitter, Instagram, reseña que la primera tipología se basa en la vida íntima de la mujer, sacan burlas e insultos de su vida sentimental. Para Banegas “cuando el debate se centra en eso, la mujer pierde, estamos en una sociedad machista donde ciertos videos de contenido sexual al hombre le glorifican, a la mujer le sacrifican”. 

Se minimiza la valía de las mujeres, se dice que llegaron a espacios políticos por su relación con hombres poderosos; otro sesgo es creer que las mujeres no están preparadas para la política porque son “débiles” y creer que per se es un ambiente violento, y “la política sí puede ser álgida, pero no violenta solo con las mujeres por ser mujeres”, menciona. 

Banegas, quien dirige el Observatorio de Participación Política de la Mujer, expone que siempre están pendientes del físico de las mujeres políticas, y eso deja fuera del debate lo que legisla o las decisiones en su gestión. Asegura que hay debates interminables sobre el vestido de una asambleísta, pero no se habla de la corbata de un asambleísta. “Son distractores que ponen a la mujer de adorno en la política, considerándola incapaz. Recibimos testimonios de mujeres en los gobiernos autónomos que salen de la política porque no aguantan los insultos que reciben”. 

La directora de Relaciones Internacionales de la Universidad Internacional SEK, Karen Garzón-Sherdek, indica que el Ecuador es pionero en establecer mecanismos que fomentan el acceso de mujeres en puestos de representación. Aún hay trabas, un estudio que hizo la docente con Flavia Freindenberg, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), demostró que los partidos en el Ecuador colocan a las mujeres a encabezar listas en circunscripciones donde tradicionalmente no ganan. En la actualidad, no se aprueban listas sin alternancia y secuencialidad de género, y se estableció la paridad en el Código de la Democracia. Las organizaciones políticas solo ponían hombres liderando las listas, en 2020 se instauró que las mujeres encabecen listas plurinominales y unipersonales. 

Otro obstáculo —advierte— es el financiamiento, los partidos no dan fondos a las candidatas mujeres y deberían darse de forma equitativa, anota. Según la docente, si bien en la Asamblea existen avances con 40 % de representación de mujeres, hace falta llegar al 50 % y relata que en las elecciones de 2014 se consiguió que 25,7 % de cargos los ocupen mujeres y en 2019 solo 8 % de las alcaldías y 17 % de prefecturas; así los cargos de elección popular siguen captados por hombres.

Esto se traduce, según Garzón- Sherdek, a nivel ministerial, no solo en el actual Gobierno sino en el Gobierno de Moreno también, donde pocas mujeres ocupaban carteras de Estado y no se cumple el mandato constitucional que habla de paridad en los cargos públicos. “Hay que cambiar esto, porque la sociedad cree que las mujeres o no son aptas para ejercer cargos de representación o lo son para temas como educación”.

Mujeres en la Academia

En el Ecuador, más mujeres que hombres estudian carreras universitarias; el secretario de Educación Superior, Alejandro Ribadeneira, explica que desde 2015 se mantiene una tendencia con mayor número de mujeres (54,6 %) que de varones matriculados en las universidades.

Las mujeres se inclinan por Derecho, Contabilidad, Medicina, Administración, Sicología, Enfermería, Educación Básica e Inicial y en noveno lugar Economía. En Educación Inicial, 96,3 % son mujeres, en Derecho 50,7 %. Ribadeneira recuerda que cuando se graduó en la Politécnica hace varios años “no tenía ninguna compañera mujer”.

En cuanto a maestrías, de 2013 a la fecha, el porcentaje de mujeres con título registrado es de 52,9 %, y de 293 títulos de doctorado en 2021, el 40,8 % de títulos son de mujeres, y ese es un requisito para ser rector, esto hace que no tengan el mismo espacio en cargos directivos en las universidades.

El secretario indica que Senescyt impulsa el Laboratorio CTI (Ciencia, Tecnología e Innovación) para la Mujer, con la finalidad de desarrollar esas carreras para ellas; el proyecto nacional fomentará que impulsen sus capacidades en ciencias duras, con 1,5 millones de dólares de inversión en cuatro años. El proyecto Prett consiste en la reconversión de institutos técnicos y tecnológicos para que “se reduzca la deserción de las mujeres por temas como la violencia, para que sepan que no tienen ninguna limitación para acceder a esas carreras”.

Sobre la presencia femenina en cargos directivos en universidades, en 62 instituciones de educación superior, existen 15 rectoras y 47 rectores. Opina que esa tendencia debe revertirse. Comenta que en la Escuela Politécnica del Litoral (Espol) y la Escuela Politécnica Nacional (EPN) sus rectoras son mujeres; hace veinte años era impensable. “Es importante la participación de las mujeres en todas las carreras, tienen habilidades de las que los varones carecemos, hay que incentivar que vayan a carreras técnicas”.

La exsubsecretaria de Educación Superior, Mónica Mancero, opina que la estructura de la universidad ecuatoriana es patriarcal y dentro de ellas hay micromachismos cargados de violencias simbólicas. El 60 % de los docentes son hombres y 40 % mujeres.

Explica que quienes alcanzan puestos relevantes en la academia son divorciadas o están en un momento donde pueden priorizar su carrera. “Los hombres hacen doctorados afuera y no lidian con el tormento que es para una mujer especializarse fuera del país. Aceptan cargos directivos sin pre- ocuparse quién va a revisar las tareas de los hijos o comprar en el supermer- cado o lavar la ropa acumulada”.

La investigadora, cuando se especializó en el exterior, estaba divorciada. Confiesa que fue una experiencia dura vivir sola a cargo de su hija de tres años a miles de kilómetros de redes de apoyo familiar. En el doctorado, con su segundo hijo recién nacido, se dedicó a él y a estudiar, no tenía tiempo para trabajar en la universidad como sus compañeros. “Perdí prestaciones del seguro social, mi jubilación se va a postergar. Si logré hacer un doctorado y criar a un niño pequeño fue por ayuda de otra mujer, sobre quien tuve la posibilidad económica de desplazar el cuidado de la casa y dos hijos”.

Según la docente, publicar un artículo científico es complicado, porque cuesta ganarle horas al cuidado y a múltiples responsabilidades, “nuestras parejas o colegas publican como si fuera poca cosa. A las académicas cada investigación que realizamos y cada publicación nos cuesta mucho, cada logro de una docente no es menor”.

Pese al terreno ganado, aún resta mucho por hacer para que la paridad de género en los ámbitos políticos, académicos o empresariales sea una realidad sostenible. Basta ver las cifras de la Cepal, para evidenciar que la pandemia ha provocado un retroceso de diez años en la inclusión laboral de mujeres en América Latina y el Caribe. La determinación de las mujeres es importante, pero no es suficiente, ya que los temas pendientes requieren acciones de todos los actores sociales.

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