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Mujeres que desafiaron al siglo XX

por José Luis Barrera

No siempre el feminismo ocupó las primeras planas. Incluso a principios del siglo XX la sociedad opacaba a las mujeres y les impedía escoger libremente su forma de vivir. Sin embargo, algunas y estallaron los tabúes con sus pasiones e inteligencia.

Yo me llamo Colombine

Mujeres del siglo XX: Carmen de Burgos Seguí.
Carmen de Burgos Seguí. Fotografía: wikimedia.org

Es agosto de 1914, las estaciones de ferrocarril en Alemania se encuentran abarrotadas. La Primera Guerra Mundial arrancó menos de un mes atrás y la gente, aterrorizada, huye del país porque han empezado los reclutamientos de nacionales y el encierro de extranjeros.

A bordo de un tren que está a punto de partir grita una niña, su madre se encuentra en el andén, pero esa distancia de pocos metros se vuelve infinita cuando varios policías la retienen.

—¡Es Colombine, la espía rusa! —dice uno de ellos y le arranca el velo.

Impulsada por el miedo de perder a su única hija, la mujer se sacude con tal violencia que logra zafarse de sus captores y salta al vagón a último momento. Luego, la embajada española logrará que la dejen seguir sin más contratiempos.

Colombine es el seudónimo de Carmen de Burgos Seguí (1867-1932), maestra y periodista del Heraldo de Madrid, a quien los alemanes creyeron simpatizante rusa por una serie de cartas en las que manifestaba su intención de visitar aquel país. Es una celebridad en España por tratarse de la primera redactora oficial en un periódico, la única mujer corresponsal de guerra, además de poetisa y novelista.
Sus artículos abogan por mejorar el trato de los soldados españoles en las colonias del norte de África, pero también por la dignidad de los contrincantes marroquíes y de sus mujeres. “Para mí no existen los enemigos, sino las personas”, afirma.

En cualquier caso, su vida escandaliza más que su prosa: escapó del hogar paterno a los dieciséis años para casarse con un periodista y luego regresó decepcionada. Meses después, llevando en brazos a su hija, volvió a marcharse con el objetivo de trabajar en la prensa madrileña y organizar veladas literarias; en una de ellas conoció al joven escritor Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), quien se convirtió en su pareja desde 1908.

Tras el periplo alemán, Carmen se une al socialismo, tiene acercamientos con la masonería y combate a los que pretenden evitar el voto femenino: “Es verdaderamente absurdo que tengan derecho a emitir el sufragio los ignorantes solo por ser hombres, y que se niegue ese derecho a las mujeres cultas solo por ser mujeres”. También defiende el divorcio, la educación sexual y el laicismo del Estado.

Pero su vida amorosa naufraga en 1929: Ramón Gómez de la Serna monta una obra de teatro y escoge como actriz principal a la hija de Carmen que ya tiene 34 años; tras bastidores surge un romance con efecto de puñalada doble.

Aunque Carmen los perdona, su corazón queda herido y apenas tres años después, el 8 de octubre de 1932, tiene un desvanecimiento mientras da un discurso sobre el derecho a la educación sexual. Muere al día siguiente.

Colombine, en la comedia del arte italiano, es un personaje astuto que saca partido de cualquier situación. Carmen de Burgos se apropió de ese talento, pero a diferencia del personaje no lo usó en beneficio propio y sí en el de los desfavorecidos.

El ángel devastado

Mujeres del siglo XX: Annemarie Schwarzenbach.
Annemarie Schwarzenbach.

Definir a Annemarie Schwarzenbach (1908-1942) como escritora sería minimizarla: fue fotógrafa, arqueóloga, filósofa y, sobre todo, viajera. Sus intereses fueron parte de una búsqueda de respuestas que nunca logró satisfacer.

Su familia fue rica, sin embargo, ella sentía un tremendo rechazo hacia los lujos. Su madre, incapaz de comprenderla, la empujó a las garras de psiquiatras sospechosos que la declararon esquizofrénica casi sin tratarla.

Pese a eso, en 1927, viajó a Zúrich para estudiar Historia y Literatura. En la ciudad entabló amistad con los hermanos Klaus y Erika, hijos del escritor alemán Thomas Mann, quienes se habían autoexiliado por el ascenso del fascismo en su país. Encariñados con la fragilidad de Anne-marie, la bautizaron como el ángel devastado.

Con los nazis gobernando en Alemania, la familia de Annemarie le exigió alejarse de los Mann. No obstante, ella prefirió financiar una publicación antifascista fundada por Klaus. La presión familiar hizo que intentara suicidarse.

Para sanar viajó por Italia, Francia, Escandinavia, España, Congo y Persia, país donde aseguraba haber tenido un romance con la hija del embajador turco.

Tres años después, luego de un intermedio en Rusia y los países gobernados por los nazis, volvió a Oriente a bordo de un automóvil Ford junto con su compatriota Ella Maillart. Ambas narraron la aventura. Sin embargo, sus libros son diametralmente opuestos: el de Ella es una descripción de gentes, paisajes y costumbres; mientras que en el de Annemarie la geografía se transforma en un pretexto para dialogar consigo misma.

Después Annemarie, fue a Estados Unidos donde estaban los Mann. Allí volvió a rechazar sus acercamientos amorosos como en Europa y, por despecho, se hizo amante de la esposa del barón Von Opel. El triángulo tormentoso terminó con otro intento de suicidio.

Luego, vencida por la adicción a la morfina, Annemarie Schwarzenbach fue a su país y, a poco, tuvo un accidente grave con su bicicleta. El 15 de noviembre de 1942 falleció completamente sola porque su madre había cerrado las puertas del hospital a cualquiera de sus amigos, al tiempo que quemaba cartas y diarios, como si tratase de borrar las evidencias de su falta de amor.

La artista que fue su propia musa

La polaca Tamara Rosalia Gurwik-Górska (1898-1980) se apropió del apellido de su primer marido; Lempicka, a manera de indemnización por un matrimonio con final decepcionante.

Antes, aquel hombre, el abogado Tadeuz Lempicki, era un playboy cuyo único crimen fue exhibirse a diario con su mujer en los salones de San Petersburgo antes de la Revolución bolchevique de 1917. A pesar de eso, la paranoia roja lo encarceló y Tamara tuvo que saltar de un despacho a otro para salvarlo del destierro y la muerte.

Una vez libre, ambos huyeron a Dinamarca y luego a Francia, países donde Tadeuz fue incapaz de ganar dinero. La hermana de la polaca los recibió en París e hizo todo lo posible para que ella encontrase un oficio: “Si tienes uno, le dijo, jamás volverás a depender de alguien”. Sin saberlo, transformó a la socialité en artista.

Tamara Lempicka volvió a empuñar los pinceles que había abandonado en la adolescencia a cambio de los bailes. Pese a la falta de práctica, tenía un estilo de pintura peculiar, probablemente influido por su viaje a Italia en 1912.

Mujeres del siglo XX: Tamara Lempicka.
Tamara Lempicka.

En Francia las pasiones mundanas se fusionaron con las espirituales. Perfeccionó su arte en las escuelas cubistas, al tiempo que hallaba la inspiración en las salas de jazz. Era el inicio del movimiento art déco.

El marido ruso fue reemplazado por otro austrohúngaro, el barón Raoul Kuffner, y decenas de amantes, hombres y mujeres. En cualquier caso, la voracidad de Tamara no era veleidad, sino un deseo de saborearlo todo antes de que una nueva revolución intentase arrebatarle el mundo.

Junto al barón y la única hija que tuvo con Tadeusz Lempicki, cruzó a América al iniciar la Segunda Guerra Mundial. Abandonaba una Europa en la que se había hecho famosa, pintándose a sí misma a bordo de un coche Bugatti que nunca tuvo.

En Estados Unidos descubrió que había pasado de moda: a nadie le interesaba el art déco y los críticos veían en Tamara a una simple dibujante de anuncios para revista. Ella siguió pintando, pero era un diamante al que le robaron el brillo. Como tabla de salvación, probó otros estilos, pero fue inútil.

El 18 de marzo de 1980 murió en Cuernavaca, adonde se había mudado con su hija poco tiempo antes. Hoy sus pinturas nuevamente son codiciadas y la imagen de esa diosa polaca, a bordo de un coche verde, parece mirar a su nuevo público con desprecio, acaso sabiéndose mucho más hambrienta de vida que cualquiera de ellos.

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Acerca de José Luis Barrera

Periodista por formación, cuenta cuentos por vocación. Como todo cronista de Indias (millennial en este caso), sus relatos son el resultado de viajes a través de la geografía, pero también a través de los libros.
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