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Muddy Waters del algodón al amplificador

por Diego Pérez Ordoñez

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Bob Margolin tocando con Muddy Waters el partero del blues de Chicago, un sonido enraizado en el blues del Delta, pero potenciado con la fuerza de la electricidad.

En 1943 Muddy Waters tomó una decisión trascendental. Resolvió subir a un tren que lo llevaría desde el denso y fangoso delta del río Misisipi hasta la estación central de Chicago, ciudad industrial, glacial por tres o cuatro meses al año, tórrida en verano. Chicago, lugar siempre ventoso.

Eran mínimas las posesiones de Waters —en realidad nacido McKinley Morganfield, en 1913 en una plantación algodonera—, principalmente una guitarra acústica comprada por catálogo a la casa de Sears Roebuck & Company, algo de ropa y sobre todo el deseo de convertirse en músico profesional. Muddy Waters —el apodo se lo había fijado su abuela, porque de niño solía jugar cerca de un arroyuelo cenagoso— alternaba los trabajos agrícolas con tocar la música que había heredado de sus a antepasados, de vez en cuando en los boliches (juke joints) alrededor de la zona de Clarksdale.

Por supuesto que esa música ancestral era el blues. Música fruto de otro viaje memorable y doloroso: la llegada de los primeros esclavos africanos a las costas de Virginia en 1619. Doloroso, porque de los alrededor de 350 esclavos básicamente arrancados de sus familias y pueblos, en lo que ahora es Angola, llegaron al futuro Estados Unidos apenas algo más de veinte. Se sabe que el resto murió en la travesía, por las inhumanas condiciones de la nave. Doloroso, finalmente, porque a resultas de esa navegación inicial se instauró en el continente un régimen de explotación centenario y brutal.

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