Mónica Ojeda: en la belleza extrema siempre hay una posibilidad de horror
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Mónica Ojeda: en la belleza extrema siempre hay una posibilidad de horror

Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) es una escritora mestiza, capaz de hacer de un libro de cuentos un maravilloso umbral entre todos los géneros posibles. Su capacidad literaria, narrativa y creativa, así como su escritura indómita, comprometida con los abismos internos y que transita por los caminos más oscuros, llega cargada de una ambición telúrica que toca las fibras.

Desde 2017 hizo de Madrid su hogar y dejó atrás la ansiedad que le provocaba vivir en Guayaquil. Migrar, dice, “siempre significa cambiar unos dolores por otros. Cambié el poder sentirme más segura en la calle a tener que vivir el racismo institucional que hay en España con los migrantes que necesitan obtener un permiso de residencia”.

Prefirió también “poder trabajar menos, para poder escribir más”. Da clases en las universidades de Salamanca y Pompeu Fabra (Barcelona) y en la Escuela de Escritores de Madrid. Buena parte de su tiempo lo dedica a la escritura.

Con su novela La desfiguración Silva ganó el Premio Alba Narrativa en 2014. Publicó Nefando y Mandíbula, así como los poemarios El ciclo de las piedras e Historia de la leche y el libro de cuentos Las voladoras.

Hace cuatro años, su nombre se incluyó en la lista Bogotá 39, que reúne a los mejores escritores de ficción menores de cuarenta años de Latinoamérica. Este 2021, con el cuento inédito “Inti Raymi”, Mónica Ojeda abre la edición de la revista británica Granta, que selecciona a los veinticinco mejores narradores jóvenes en español, menores de 35 años. En esta generación emergente destaca la “feroz cosmografía andina” de la guayaquileña, en palabras de Valerie Miles, directora editorial de la publicación. Y es precisamente en esa cosmovisión donde, con un lenguaje poderoso y oscuro, se enhebra un alegato sobre la mitología de la violencia plagada de folclore y terror.

—¿Qué es lo que le lleva a adentrarse en mundos tan perturbadores?

—Cuando escribo vuelco todos mis miedos, mis inquietudes, las cosas que no termino de sacarme de encima. Y cuando las escribo, me da una sensación de tranquilidad o de control en torno a ellas, porque por lo menos las pongo en palabras. Antes de eso, solo están allí habitándome sin ningún tipo de orden o narrativa. Cuando escribo me queda la sensación de que, por lo menos con mis propios demonios, he hecho una cosa buena. Me da una sensación distinta, como de tranquilidad.

—Y, ¿cómo se siente después de esa suerte de catarsis?

—Yo siento que siempre salgo superbién de escribir cosas perturbadoras. Pero creo que se da como una consecuencia psicológica, porque todos los que escribimos escribimos sobre nuestras obsesiones. Ahora me doy cuenta de que todos mis libros van siempre sobre violencia, sobre todo en el mundo íntimo. Si vuelvo a eso, una y otra vez de forma obsesiva, es porque es algo que me atraviesa poderosamente. Entonces, si me atraviesa, me obsesiona.

—¿Dónde está el origen de esa obsesión?

—Vive en mí de una forma orgánica y sicológica. Yo creo que soy una persona muy atemorizada por la violencia y me fui de Guayaquil por eso. Hay personas que la enfrentan de una manera mucho más aguerrida, otras que la naturalizan, pero ya es su manera de sobrevivir.

—¿Qué tipo de violencia?

—Las hay de distintos tipos. Las sociales que vienen por el tipo de sociedad que todavía genera Guayaquil y las violencias de la calle, o contra las mujeres, que son enormes porque es una sociedad hipermachista y muy racista.

—¿Se puede, entonces, encontrar belleza en el horror?

—Sí. En la belleza extrema siempre hay una posibilidad de horror. Esto es algo que tiene que ver con la experiencia de lo sublime. Rainer María Rilke decía que la belleza es la primera manifestación de lo terrible. Hay toda una corriente estética que trabaja con esto. Pero también tiene que ver con que, sin duda alguna, cuando vivimos experiencias de horror estamos colindando con el centro neurálgico de las emociones desnudas humanas, que no están revestidas de nada. Ese contacto da mucho miedo, pero a la vez es muy conmovedor porque te lleva a momentos de vulnerabilidad muy grandes, donde realmente atisbas lo que es ser un ser vivo y, además, un ser sensible.

—Sentimientos o sensaciones que parecen opuestas, pero no lo son…

—El placer está cercano al dolor; la belleza, al horror. El amor también está muy cerca a la crueldad. Todas estas cosas que parecen espectros distintos de la experiencia humana, en realidad se confunden.

—Esto queda claramente plasmado en “Sangre coagulada”, uno de los cuentos de su último libro Las voladoras

—No es tanto mi fascinación por la sangre como la fascinación que tiene el personaje, una niña que mantiene una relación muy particular con la sangre. Está tan rodeada de ella que necesita encontrarle la belleza, si no, va a vivir horrorizada. Las cosas que nos dan miedo también generan fascinación. Allí donde hay sangre hay un cuerpo vulnerable, frágil, que no solo nos remite a la muerte sino, paradójicamente, también a la vida. El personaje conoce distintos tipos de sangre: la del aborto que realiza su abuela, la de los animales que hay que matar para alimentarse, la que ella se produce a sí misma por cortarse, la de su menstruación y la de la violación que sufre.

—Volviendo al tema de la violencia, específicamente la familiar… ¿cómo ha marcado su vida, su escritura, sus obras?

—Es terrorífico que el espacio donde supuestamente deberías ser amado y estar protegido sea el lugar donde más peligro corres. Esto es algo que todavía me perturba profundamente y lo vuelco en mi escritura. Todos, pero sobre todo las mujeres, tenemos posibilidad de sufrir violencia en la intimidad. Por estadística, la mayoría de episodios de violencia que sufrimos las mujeres se da en las propias casas.

Cómo no escribir sobre eso siendo una mujer, viviendo en un contexto como el del Ecuador, donde hay tantas niñas violadas y un alto índice de embarazo adolescente e infantil. Y, aunque se ha generado esa narrativa de que se embarazan de otros adolescentes, lo cierto es que las embarazan adultos, en la mayoría de los casos. A mí estas cosas me perturban profundamente y creo que, por eso, termino escribiendo sobre esos temas.

—De hecho, el aborto clandestino está presente en Las voladoras.

—En el Ecuador tuve que acompañar a muchas de mis amigas a abortar clandestinamente. Yo iba por si algo pasaba. Mi novela Nefando es sobre la pornografía y el abuso infantil, porque también tengo una amiga que fue abusada. Es tremendo cómo tenemos estas violencias tan cerca. Si no nos ha pasado directamente, le ha pasado a alguien de nuestro entorno y, si no lo sabemos, es porque es algo difícil de contar.

—¿Podría decirse que Las voladoras es una obra de supervivientes de esa violencia y de ese horror?

—Sí. Todos los personajes de Las voladoras están inmersos en mundos hostiles, en situaciones complicadas; pero no son víctimas pasivas, a veces se convierten en victimarias. Lo importante es que sobreviven o encuentran cómo sobrevivir en situaciones realmente complejas. A veces esa forma de supervivencia no es ética o no es correcta, pero es la única que han podido encontrar después de quedar heridas por esa violencia. Cuando una persona recibe violencia, el peligro o el mayor miedo que puedes tener es que esa violencia se haya inoculado en ti y, después, tú te veas replicándola hacia otras personas.

—Como en el cuento “Soroche”, donde se ve esa crueldad que existe entre las mujeres…

—Justamente es un cuento sobre la crueldad que tienen las mujeres contra otras, pero no porque sean así de nacimiento, sino porque están inmersas en una educación supermachista y patriarcal que ellas encarnan. Tienen una visión de la vida y de la feminidad sumamente hostil que las hace ser crueles entre ellas.

—¿Esto influye en la relación materno-filial, que también explora en Las voladoras, y que se aleja del cliché o de la versión romántica y edulcorada?

—También en las relaciones de familia hay muchas relaciones de poder. El discurso familiar es un discurso jerárquico: padres y madres son la cabeza y los hijos son personas que tienen que acatar. Pensamos que esto es normal o que está bien, pero hasta cierto punto. Porque cuando una persona tiene una relación de poder con otra, no hay una relación de igualdad y normalmente se generan violencias. Por eso, hay tantos conflictos paternos y maternos. Porque en esos conflictos, por más que amemos a nuestros padres, en algún momento nuestros padres seguramente se han pasado un poco con el tema del poder.

—Hablando del ámbito familiar, su libro Historia de la leche también conduce a ese punto de perturbación.

—Surgió, como todos mis libros, con una idea recurrente que no deja de rondar en mi cabeza. Empecé a escribir Historia de la leche porque se me quedaron grabados unos versos de Victoria Guerrero que dicen algo como “madre, hija, hermana es una trilogía imposible para el psicoanálisis o no pensada para el psicoanálisis”. A partir de ahí, tenía esta idea recurrente de todo el mito de Caín y Abel, pero pensada con dos hermanas y con una diosa madre, en clave femenina. Tenía muchas ganas de trabajar poéticamente con esas imágenes y lo que implica matar a tu hermana. Siempre hablamos de lo positivo que tiene la hermandad, pero a mí me resultaba más interesante estudiar poéticamente qué significa el hecho que a veces odies a quien amas y abordar la idea de la madre castigadora.

Mónica Ojeda fue galardonada con el premio Prince Claus 2019 Next Generation en 2019. Los Premios Prince Claus, con sede en Ámsterdam, honran a personas y organizaciones visionarias por su excelente trabajo innovador en los campos de la cultura y el desarrollo. Fotografías: Cortesía.

—¿Eso hace que en algunos casos su literatura pueda llegar a ser incómoda o que sus obras no sean fáciles de leer o asimilar?

—Yo creo que también en la literatura hay distintos tipos de libros, distintos temas y distintas emociones que producen. Los escritores debemos ser fieles a nuestras obsesiones; ser sinceros y honestos con eso, hacer un buen trabajo y no responder a un determinado lineamiento de la emoción que tiene que generar un libro. Un texto puede generar muchísimas emociones: alegría, tristeza, ternura, miedo o perturbación. Eso es lo más interesante de la literatura, uno puede abrir un libro y no sabes qué vas a sentir. Si lo supieras antes, sería muy aburrido.

Estoy bastante resignada a que mis libros generen emociones intensas, a veces muy difíciles de describir. Hay lectores que están dispuestos a ir por esa línea y que saben que es una emoción como cualquier otra y que, además, te hace volcarte a ti mismo y a explorar tu emoción en torno a estos temas. Es, por tanto, una forma de conocerse.

—Escapó de Guayaquil, pero está enamorada del paisaje andino. ¿Por qué tanta fascinación?

—Estoy enamorada también del paisaje de Guayaquil; no de la ciudad, pero sí del río, los manglares. Los insectos, cocodrilos, serpientes me dan miedo, pero me atraen poderosamente a nivel literario. Con el paisaje andino me pasa lo mismo: los volcanes, las montañas, su altura. Hay una belleza tremenda en esos volcanes glaseados en la copa, pero al mismo tiempo sabemos que pueden destruirnos si erupcionan. Es una belleza contradictoria porque colinda con el horror.

—¿De ahí nace su interés por adentrarse en el subgénero del gótico andino donde se sitúan los ocho cuentos de Las voladoras?

—Creo que la primera vez que escuché sobre esto fue a Álvaro Alemán, en un congreso de ecuatorianistas. No había mucho material teórico y eso me permitía tener una libertad grandísima para elaborar en mi cabeza qué era el gótico andino y construir una atmósfera de misterio y enigma alrededor de la violencia y el deseo.

Me interesaba trabajar sobre el miedo, el horror y la repulsión que generan las experiencias de violencia contemporánea como el feminicidio, el aborto o el incesto, situándolas en el paisaje andino con todo su mundo simbólico y mítico. Hacerlo así creo que es muy poderoso. El terror al incesto es, por ejemplo, uno de los rasgos del gótico andino y cómo los monstruos lo castigan es parte de esa mitología.

—¿En el libro qué papel juega la tradición oral y cómo ha influido en la cosmovisión andina?

—No quería que Las voladoras se convirtiera en un libro de recreación de la cultura oral ecuatoriano-andina, sino jugar desde un lado menos evidente. Lo único que hago es incluir el paisaje o algún símbolo como contrapunto de la historia.

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—¿Por qué cree que el misticismo es tan importante en los tiempos que corren? ¿Hasta qué punto ese misticismo sigue vigente o está vigente en las ciudades de hoy y del futuro?

—Los seres humanos somos seres volcados al misterio. El misticismo, al fin y al cabo, es misterio. A veces, lo convertimos en algo divino, espiritual; pero en todo caso tiene que ver con el enigma de la existencia, con el enigma de dónde provienen todos nuestros miedos o de dónde venimos.

Vivimos en ciudades contemporáneas en las que muchas personas son religiosas y en algún momento de sus vidas, cuando están atemorizados o tristes, levantan la cabeza, miran hacia arriba y piden a algo abstracto que les ayude.

Esto pasa, incluso, con las personas no religiosas. Yo soy atea, pero también me he visto en momentos de desesperación hablándole a un ente abstracto. Es como una necesidad y creo que es algo muy humano. Todos necesitamos cobijarnos bajo algún tipo de misterio y que ese misterio no se resuelva. Solo queremos adorarlo.

Las voladoras, 2000. Reúne ocho cuentos que se ubican en ciudades, pueblos, páramos, volcanes donde la violencia y el misticismo, lo terrenal y lo celeste, pertenecen a un mismo plano ritual y poético. Mónica Ojeda nos vuela la cabeza con un gótico andino y nos muestra, una vez más, que el horror y la belleza pertenecen a una misma familia.

—¿O, tal vez, tratar de dar sentido a algo que no lo tiene?

—Exacto, porque da mucho vértigo y mucho miedo lo que no tiene sentido. La existencia da mucho vértigo. Tratamos de darle sentido a nuestra vida de muchas maneras: a través de la religión, de los hijos, de la familia, de la escritura… Todos tratamos de darle un orden al desorden y al caos.

—¿Escribir Las voladoras se convirtió en el mejor antídoto al caos que provocó la pandemia?

—Escribir Las voladoras me salvó de volverme loca en el confinamiento. Le dio un sentido a mi vida en ese momento y fue lo único que me hizo estar más o menos bien mientras permanecía encerrada como un hámster. Cuando me sentaba a escribir me olvidaba que estaba en un lugar cerrado. Al escribir, te transportas a otro espacio mental, psicológico y emocional. Siempre escribo tratando de estar en un lugar en silencio, pero en algún momento del día tengo que salir a ver vida, a respirar oxígeno porque, si no, enloquezco un poco.

—También este libro supuso un cambio de registro para incursionar en los cuentos después de dedicarse a las novelas.

—Todo empezó con una curiosidad: ¿qué se sentiría o cómo yo me sentiría trabajando con el género? No quería escribir cuentos sueltos sino un aparataje orgánico, que un cuento se comunicara con otro, que tuvieran conexiones y que se generara un viaje de lectura. Esta conexión es el gótico andino, y cada cuento de manera subrepticia, sin ser demasiado obvia, trabaja algunos de sus elementos. Conseguirlo fue increíble y lo disfruté muchísimo. De todas formas, me resulta artificial la división de géneros. En mi obra trato de borronear los límites genéricos, la palabra en un cuento puede vincularse perfectamente con el ensayo o la poesía.

—¿Qué obsesiones nutrirán sus próximas obras?

—En Historia de la leche hay una evolución con respecto a mi trabajo poético, y ahí es el culmen de mi escritura sobre la maternidad. Es un tema que ya no me interesa trabajar. Quiero seguir abordando lo gótico andino y ahora estoy escribiendo una novela sobre el tema de la paternidad. El texto no hace referencia a la relación padre-hijo sino padre-hija. La novela se sitúa en el paisaje andino del Ecuador y aprovecha recursos con los que aún no había trabajado y ahora estoy abordando con más profundidad. Historia de la leche cerró un capítulo y Las voladoras abrió otro.

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