Misma vida, diferente año.
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Misma vida, diferente año.

Por Anamaría Correa Crespo.

@anamacorrea75

Ilustración: María José Mesías.

Edición 441 – febrero 2019.

Firma--37---CorreaSoy algo así como el Grinch de año nuevo, y aunque esto lo estén leyendo a mediados de febrero de 2019, igual no tiene importancia, al fin y al cabo, ¿no han notado esa costumbre que tenemos de desearnos feliz año hasta como mediados del nuevo año? Pero en fin, no trata de eso mi artículo de hoy. Es que por estos días de celebraciones, fotos familiares, decenas o cientos de mensajes auténticos y fabricados, de abrazos, amanecidas y últimos o primeros atardeceres —del año viejo y el nuevo—, me sorprende esa capacidad humana para la fabricación de la ficción cotidiana.

Sí, es cierto, la tierra en algún momento completa sus 365 días de rotación alrededor del sol, pero al final el inicio del nuevo año en una fecha específica, en este caso el 1 de enero, es completamente arbitraria y caprichosa. Una fabricación humana más.

Quizá es mi ecuatorialidad (la de ser mujer nacida y atravesada por esa línea que parte al mundo en dos) la que alimenta mi escepticismo acerca de esta posibilidad que ya es ancestral de tener quiebres y nuevos comienzos. Es posible, ahora que lo pienso, que viviendo en países de cuatro estaciones, verdaderamente uno viva unos pequeños cambios de piel a lo largo del año, no solo por fuera sino también de emociones y perspectivas. Quizá cuando se cumple el ciclo del cuarteto de estaciones, en efecto se sienta la ruptura o al menos pequeñas grietas de novedad interior a lo largo de los doce meses. Cambia el clima y todo se transforma de a poco. Pero aquí a los 2 800 metros de altura en tierra ventosa, andina y estática, me cuesta seguir el ritmo y tono de aquellos que celebran los grandes nuevos comienzos que ficticiamente imaginan que suceden con el cambio de año.

Por allí Mafalda, con su sabiduría clásica, decía que no es el año el que cambia, sino que el que debe cambiar debería ser cada uno. ¡Tan cierto! Y aun así, ¿cuántos de ustedes cumplen sus propósitos de nuevo año? ¿Enflaquecen, se vuelven atléticos, lectores voraces, mentes positivas, aprenden un nuevo instrumento o se vuelven ahorrativos? Probablemente no. Misma vida, diferente año.

Pero no crean que soy totalmente escéptica de la capacidad del ser humano de cambiar. Todo lo contrario. Es posible que lo hagamos, pero no fruto de los cambios y ajustes en el calendario, sino como resultado de trabajos arduos en nuestro interior, que toman tiempo y muchas veces tropiezos, sudor y lágrimas.

En todo caso, la tradición del fin de año y año nuevo forma parte de la serie de rituales inventados por el ser humano para dar sentido a su propia vida. Moldearla, aunque sea imaginariamente, a su antojo, y soñar con otros posibles caminos, personalidades, hábitos, pensamientos, destinos.

Es maravilloso que así lo hagamos, pero como dicen por ahí, cada uno cada uno. A mí no me molesta para nada tener un buen sueño el 31 de diciembre que empiece a las 10 pm. Al fin y al cabo, ¿no es el 1 de enero, día de inicio de la transformación cuando deberíamos estar más alertas, despiertos y conscientes, y no cargando un severo chuchaqui a cuestas?

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