Antes de suicidarse, Sylvia Plath dejó una nota en la puerta de su vecino en la que le pedía que, en caso de leerla, llamara a su psiquiatra. Primero dejó una carta de auxilio y luego cubrió con cinta adhesiva y trapos los huecos de la cocina, como si fuera una asesina que, a escondidas de ella misma, se tendía una trampa.
El vecino llegó tarde. Y, esa vez, Sylvia no se pudo salvar de sí misma. Había sido uno de los años más fríos de Londres y los hijos de Plath habían pasado constantemente enfermos. La casa, el encierro, la ropa, los platos, la cocina, el horno: el mismo lugar que puede ser alimento y calor se puede convertir en una cárcel.
La niñera que había contratado llegó al otro día de su muerte. Si llegaba un día antes, otro hubiera sido el canto. Porque yo creo que la gente que se mata no se mata por una gran herida, o sí, pero esa gran herida puede salir cualquier día escondida en el hastío de la vida diaria. Porque yo creo que la gente que se mata no se quiere matar. Por eso deja pistas de ayuda. Quizá si el vecino leía la nota. Pero no lo hizo.
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