Millán Ludeña: el Guinness chiro, pero antojado
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Millán Ludeña: el Guinness chiro, pero antojado

Corrió por el desierto del Sahara y en la Antártida. Conquistó el punto más profundo de la Tierra y el más cercano al sol. Una vida extrema, imposible, de película.

Mientras realiza su entrenamiento para subir el Chimborazo. Foto: Santiago Fernández.

Por Damián De La Torre Ayora

Millán Ludeña Rodríguez es un Dante Alighieri contemporáneo. Sabe que para llegar al cielo hay que primero ir al infierno. Si Sylvester Stallone hubiese querido que Rocky fuera un corredor extremo y escalador de montañas, se habría inspirado en Millán, quien podría suplantar a Tom Cruise en Misión imposible, y no por su 1,61 m y su nariz aguileña, sino por las hazañas que comprometerían a cualquier actor y sus dobles. Pequeño y menudo, por momentos es una especie de Woody Allen al filosofar sobre su vida. Otros instantes, aunque de barba rala, es una especie de Osho al recordar su salvaje recorrido por la Patagonia, el Sahara y la Antártida. Es el dueño de una historia que podría haber inspirado a Julio Verne, pues no cualquiera llega a lo más profundo de la Tierra y escala hasta lo más cercano al sol.

Se convirtió en el primer Récord Guinness del Ecuador en deporte extremo, lo cual lleva tatuado en su piel —literalmente— y le permitió ser el protagonista de su propia vida en el documental From core to sun (2018), que podría llegar a Netflix. La historia de un speaker para TED Talks que ha inspirado a 120 mil personas en 38 ciudades de nueve países. Que no solo es un Guinness, pues fue considerado como Most Inspiring Man por Men’s Health, recibió la Blue Horizons Coin de la Air Force estadounidense y lo condecoró la Asamblea Nacional del Ecuador. Es la historia de un guayaquileño chiro que estudia en prestigiosas universidades, un niño con epilepsia que vence las barreras mentales, un deportista amateur con logros profesionales, un conferencista que venció su habla gaga para inspirar al mundo.

From core to sun dirigido por Oliver Lee Garland y producido por Levector Films.

Es una mañana quiteña de invierno. Llueve. Hay 7 °C. Millán, de cuarenta años, viste una camisa blanca y jeans rotos. Está descalzo. Un curtido del clima. Para prepararse duerme desnudo con la ventana abierta, trota en medio del granizo, corre en una caminadora en cuartos fríos y en saunas, dependiendo del reto. Con una sonrisa que casi nunca se borra, repetirá constantemente que es “pobre, pero antojado”, mientras cuenta su vida más allá de las hazañas que, “si no te hacen temblar las piernas, no son tan grandes para ti”.

—¿Tu infancia fue chira?

—Sí, pero feliz. No holgada, pero un hogar bastante estable. Mi concepto de amor es la familia junta en las buenas y en las malas.

—¿Tres hermanos?

—Sí.

—Tú eres el…

—El sánduche. Primero está Yunín, voy yo e Israel. Justo acabo de leer un paper que, dependiendo el número de hijo, se tiene una personalidad. El del medio tiene un comportamiento más agresivo/en positivo, más atrevido, porque necesita que le paren bola.

—¿Por eso eres extrovertido?

—Todos piensan que soy extrovertido, aunque soy introvertido. En Occidente se piensa que el extrovertido es el bacán y el introvertido el turro. Leo mucha filosofía oriental y entiendo que ser introvertido no te convierte en un ermitaño, sino que te preguntes muchas cosas. Justo te preguntas qué quieres realmente. Ahora que soy conferencista, entiendo que un gran problema es que la gente no sabe qué es lo que quiere, y es porque no nos preguntamos.

Millán Ludeña es una de las catorce personas en el mundo que ha corrido más de 100 kilómetros en el lugar más caliente y en el más frío de la tierra.

—Y de niño, ¿querías ser?

—Uno siempre chiro, pero antojado. Astronauta, pero, sobre todo, pensaba en estar vinculado a la ciencia. Soy muy curioso. De pelado pasaba de experimento en experimento. Todos fracasados, pero preguntándome: ¿oye, que pasaría si…? Tenemos miedo a fracasar, por eso no experimentamos. Ahora que pienso en mi infancia, me doy cuenta que me ayudó mucho sospechar y desarmar todo.

—¿Cometías travesuras?

—Quemé un árbol de Navidad. Me regalaron un reloj y quería medir en cuánto tiempo se prendía un algodón con una lupa y el reflejo del sol. Casi quemo nuestra casita.

—¿Dónde quedaba esa casa?

—Crecí en Ayacucho y la Octava, una zona suburbana en Guayaquil.

—¿Y estudiabas por esa zona?

—Uy, estuve en muchas escuelas. La primera fue la Academia Illingworth. Ni me acuerdo, pero mi mamá me dice que a las cinco de la mañana ya estaba de pie e iba en el bus dormidito. Verás, me voy acordando: empiezo en un barrio clase media cercano a la Bahía. Me paso a una escuela más cerca de la casa, la Medalla Milagrosa. La economía se complica aún más y fuimos para Ayacucho y empiezo a estudiar en la Dante Alighieri, una escuela católica donde hago la primera comunión, la confirmación y todos los domingos a misa con el uniforme blanco y la corbatita roja. Piensa en un niño muy correctito, introvertido, peinadito. Y ahí aparece mi primera convulsión.

Millán Ludeña
Millán Ludeña. Foto: Santiago Fernández

—Te diagnosticaron epilepsia…

—Sí, estaba en cuarto grado y convulsioné tres veces ese día. Se arman todas las alertas. Imagínate: chiros, pidiendo plata por todo lado para los exámenes. Epilepsia. Jodidos económicamente. ¿Tú conoces los chocolates Manicho? Esos nos ayudaron. Venían en unas cajas que nosotros armábamos. Las empresas iban a los barrios marginales y te daban un quintal de las cajas abiertas y tú tenías que armarlas. Hubo un momento en que nosotros en la noche, como juego de familia, armábamos esas cajas. Con mis hermanos nos acostábamos, pero mis papás seguían. El Pepe y la Yeya (José Ludeña y Mireya Rodríguez) se sacaban el aire para comprar mis medicinas y parar la olla.

—¿Tu mamá te metió en la cabeza que la epilepsia no es un límite?

—Mis papás me apoyaron mucho, pero sí, mi mamá fue fundamental. Mi mamá entendía que, para salir de un hueco, debes estar en el hueco y que la pobreza no es sinónimo de vagancia. También nos hacía ver las cosas en otra perspectiva: estás pobre, pero no jodido, porque hay gente que realmente está más jodida. Mis papás nos dieron valores y nos enseñaron que sí habitaba un problema mental en nuestra casa, pero no se trataba de la epilepsia: era pensar que somos chiros y no merecíamos nada. Se cambia el chip, y ahí papá y mamá a sacarse el aire para que los tres hijos estudien en los mejores colegios que ellos creían podían pagar.

—¿A qué colegio fuiste?

—Voy al Hugo Ortiz, mi hermano al Charles Darwin y mi hermana al San Francisco de Asís. Pero ahí viene otro relajo: toca pagar. Todos los meses fuera de clase por falta de pago. Al inicio, bacán. Pero ya con quince años esa vaina te da vergüenza. Voy donde el director y le digo que cómo hago para que no me saquen de clases. Me dice lo obvio: tienes que pagar. Chuta, ya salía de la oficina y me da la única opción que me quedaba y, por primera vez, escucho la palabra beca. Ni sabía lo que significaba, pero entendí que, en vez de sacar quince para pasar con las justas, debía tener buenas notas. Nunca me gustó hacer deberes y eso me bajaba el promedio. Me puse a hacer la tarea y le apuntaba al veinte. Me doy cuenta de que no solo se trata de atender en clases, sino que la vida es responsabilidad.

—¿Con esa mentalidad vas a la universidad?

—Mi colegio era militar y yo quería ser marino, oficial. Le digo a mi papá y me dice que no me van a aceptar. Mi mamá, lo mismo. Pero uno es pobre, pero antojado: solito hago los trámites y doy las pruebas: aprobado, aprobado y rechazado. Chuta, ¿en qué repruebo? La parte médica. El problema, medir 1,61 m. Agarro la buseta y me voy a Salinas. Todo el día esperándole al comandante para ver qué puedo hacer. Me topo con un man de 1,65 m. Entonces, le cuestiono sobre por qué yo no voy a poder hacer las cosas que él hace. No tuve respuestas. Regresaba a Guayaquil y dije chao al plan A. El plan B: a los dieciocho años me planteaba ir a la universidad.

Milán Ludeña en la Antártida, 2016. Foto: Santiago Fernández.

—¿Y fuiste a la Espol?

—Aguanta, uno es chiro, pero antojado. Me topo con una agenda de la Universidad Zamorano que tenía una frase que me marcó: “El único lenguaje que las plantas y la tierra entienden es el lenguaje de las manos”. Sabiduría pura. Eso quiero. Le cuento a mi mamá y es una de las pocas veces que me quiere bajar de las nubes. No empatas, no hay match, fin de la historia. ¿Por qué? Es una universidad cara, uno es chiro y estás en Guayaquil. Pero si ya me bequé en el cole, ¿por qué no me voy a becar en la universidad? Intento y me rechazan. ¿Qué más hago? Yo soy fanático de los números y voy para la Espol a estudiar ingeniería en Estadística. Pero en eso, otro cuento.

—¿Cuál?

—Me encuentro con un prepolitécnico caro y yo recontra chiro. Pero siempre hay una oportunidad: un examen, aprobarlo y saltarme el prepo. Bacán. Pero el examen también costaba billete y no tenía. Nada, a camellar. Todavía tenía el bichito sobre si quería un uniforme o realmente el mundo en altamar. Un vecino era mecánico de barcos y me pongo a trabajar con él. Pasaba engrasadito, metido en un barco por Esmeraldas, ayudándole y aprendiendo mecánica y, mientras los pescadores jugaban, yo estudiando en la proa. Reúno el billete y regreso a Guayaquil. Pago el examen, lo doy y paso raspando.

—¿Pero sí fuiste a la Zamorano?

—Mi sueño era la Zamorano. Aplico de nuevo una beca. Chévere, esta vez me dan el 25 %, igual no alcanza. Otra vez: el 50 %, aún chiro. Vuelvo a intentar, el 75 %. Nada, si no voy para la Zamorano, por lo menos ya era ingeniero politécnico. Pero uno es chiro, pero antojado, postulo: aceptado. Cuatro años para que me acepten. Ya pensando en mi tesis y trabajando en un simulador de póker, recibo la llamada. Estaba en un bus yendo a la universidad y ese rato me bajé al vuelo. Si quería la beca debía estar la siguiente semana en Honduras. No volví más a la Espol.

Maratón des sables, un reto a pie de 247 km en el desierto del Sahara. Foto: Santiago Fernández.

—¿Beca completa?

—Claro, pero a pagar el pasaje. Agarro un bus rumbo a Quito para visitar a todas las tías para que acoliten.

—¿Un crowdfunding familiar?

—Exacto. Un crowdfunding por Quito, Guayaquil y Loja para visitar a la madrina, al padrino, a toda la familia que solo ves en bautizos, matrimonios y funerales. Tour nacional para pedir billete y comprar el pasaje.

—¿Costó la despedida?

—Mi papá es medio sensible y mi mamá (se corta, mientras su voz se quiebra, los ojos se humedecen y brotan unas lágrimas). Mi mamá fue al aeropuerto y sacó un billete de cien dólares, lo dobla y me lo da. Se disculpa porque es todo lo que tiene. Chucha. No sé qué carajos habrá hecho para conseguirlo. Me dijo que al fin iba a cumplir mi sueño, un sueño que hace años le había dicho y que ella ya ni recordaba. Me besó y me fui.

—¿Y cómo te fue en tu sueño?

—No te imaginas los malabares que hice. Hacía los carteles de mis compañeros o para sus peladas, daba clases de matemáticas, física y química. Ya sabes, uno sin título, pero politécnico. Seguía con mi simulador de póker y les enseñaba a jugar a mis compañeros.

—¿Apostabas?

—Era ilegal esa vaina. Pero sí, apostábamos. Tú estabas en clases de lunes a viernes, pero el fin de semana podías salir. Necesitabas sacar buenas notas y billete. Lo primero tenía, lo otro había que rebuscárselas. Viví un buen rato a punta del póker. Pero, lo que más me llevo es haberme graduado en la universidad con la que soñaba y dentro de los mejores estudiantes.

Correr 21 km dentro de la mina Mponeng, la más profunda del planeta, significó recibir el primer récord Guinness para el Ecuador. Foto: Santiago Fernández.

—¿Y la vuelta al Ecuador?

—Regreso y veo que los grandes gerentes corporativos relacionados a la parte agroindustrial tenían la base de la Zamorano, pero eran complementados por estudios en Incae Business School. Aprovecho un convenio Zamorano-Incae, que otorga una beca por año y por país. Apruebo. La vaina es que la beca máxima que se otorga es media beca. Gané lo máximo, pero había que pagar harto billete. Hablo con mis papás. En un acto arriesgado, hipotecan todo su patrimonio. El Pepe y la Yeya ya habían comprado una casita por Geranios, una zona mejor a la de mi infancia, pero igual humilde. Significaba que todo lo que habían logrado juntos lo sacrificaban y arriesgaban por mí.

—En tu regreso también tenías un proyecto cacaotero con tu mejor amigo, pero él fallece…

—Fue muy dolorosa su muerte (su voz nuevamente se quiebra y los ojos vuelven a humedecerse). Juan José (Castelló) y yo no solo queríamos trabajar en el sector cacaotero enfocado en lo agroindustrial, sino que queríamos hacer una Zamorano pero en colegio, en la zona rural y que la gente tenga acceso. Mi unión al campo siempre fue desde la educación, porque con ella cambias las cosas. Él salió de mi casa rumbo a la suya y tuvo un accidente de tránsito. Murió. Queda la fundación con su nombre que trabaja por este sueño. En los primeros años estaba más ligado. Sigo en contacto y me emociona que su sueño siga vivo.

—¿Cuándo dejas Guayaquil y te vienes a Quito?

—Siempre quise vivir en Quito. A buscar camello. Yo soy fanático de la energía renovable y me puse a buscar oportunidades. Era el Gobierno de Correa y había algunos proyectos interesantes. Entonces, me puse a elegir a mi jefe. Había varios ministerios y me pongo a revisar qué onda con cada uno y los proyectos en sus manos. Me revisé los currículos de todas las autoridades e iba descartando, hasta que di con la ministra Cely (Nathalie). No la conocía y le escribo un correo explicándole mi proceso de selección y que la había escogido como jefa. Me responde que nunca había recibido un mail así y me comenta que, al revisar mi currículo, me quiere conocer. De Guayaquil a Quito. Viajé en la noche. En el baño del terminal de Quitumbe me puse el ternito de siempre. A la reunión. Así fui parte del equipo asesor en el tema de energía renovable para desarrollar gasolina Ecopais, que con el alcohol de la caña se haga un combustible que te permita meter billete en tu propio país y cuidar el ambiente.

—¿En Quito nace tu afición por el deporte?

—Claro. O sea, de niño me gustaba el fútbol, pero no era tan bueno.

—¿Y querías jugar en el Barcelona?

—¿Quién no? Barcelonista a muerte. Pero recuerda que tengo la camiseta oficial. Me la dieron por mis logros. Bueno, también corría, pero era lámpara como todo mono. Unos dos kilómetros y te sacas la selfi. Cuando llego a Quito corro unos cuatro kilómetros en La Carolina y empieza mi amor por las montañas, nevados, lagos, lagunas. Me vuelvo loco y quiero correr por estos lugares.

—¿La primera carrera?

—La de Mojanda. Había circuitos de diez, veinte, cincuenta y ochenta kilómetros. Si corro cuatro, de ley avanzo diez. Voy a inscribirme. Solo quedan cupos para los cincuenta y ochenta. Como uno es lamparoso, me inscribo en la de cincuenta. A los nueve kilómetros ya no jalaba. Me vale pistola, me boto. ¿Cómo? En las carreras de montaña no hay chance. Y todavía más, fui en short, camisetita corta y sin comida e hidratación adecuada. Inexperto. Tenía que llegar al kilómetro quince, al siguiente punto de control. Me esfuerzo y llego. Ahí le veo al man que me inscribió y me pica: ¿Ya quieres botarte de la carrera? No. ¿Dónde es el siguiente punto? Kilómetro veinticinco. Me voy. De nuevo me moría. Pero ahí ya estás en la mitad. Te toca avanzar hasta el final, no te vas a regresar. Hambre y frío, pero con el ego de terminar. Por ahí aparece Carlos, un medio gordito, del que me hice pana hasta hoy. Él me apoyaba con su comida, yo le daba ánimos. Tras dieciséis horas vemos que ya faltan cien metros. Al final íbamos caminando, pero al ver ese cartel nos propusimos terminar a lo bien. Corrimos con todas nuestras fuerzas. Llegué antes que él, le gané y me llevé el penúltimo lugar de toda la competición.

—¿Siguiente reto, la Patagonia?

—Fue después de seis meses de Mojanda. De cincuenta a 160 kilómetros. Ya mejor equipado y preparado. Me dediqué a copiar. Si alguien se detenía a comer, comía; si tomaba agua, yo lo hacía; si alguien se paraba a orinar, igual. Nunca había prendido una fogata. Ahí la primera noche buscando a alguien ya con su fogatita, saludar y colarme para calentarme. Bueno, 58 horas de aventura en las que terminé destrozado, pero reafirmé mi filosofía de que uno resuelve la vida cuando realmente está en problemas: ahí crecemos.

Millán con su placa de récord Guinness. Foto: Santiago Fernández.

—Como te gustan los problemas, ¿te fuiste para el Sahara?

—Ya con 160 kilómetros de la Patagonia argentina, me dije vamos por más. Si corrí un circuito tan salvaje, vamos por el más difícil. Voy a Google y encuentro el Maratón des Sables en Marruecos, 250 kilómetros en el desierto del Sahara, considerada por Discovery Channel la carrera a pie más difícil en el mundo y la más caliente. Me inscribo. Le empiezo a preguntar al Gonza (Gonzalo Calisto), mi entrenador, sobre esta competencia y me responde que es uno de los circuitos más difíciles. Le digo que me tiene que entrenar bien, porque para allá voy. Armar un equipo, entrenador, psicóloga, fisióloga. Una preparación extrema. Siete días de competencia. Ya en la carrera, igual: me quise botar. Siete ampollas en cada pie, perdí dos uñas, me moría. Una prueba con 1200 atletas, pero realmente estás solo. Perdí el 17 % de mi masa muscular y ocho kilos. Me tomó seis meses recuperarme de esa prueba de fuego.

—¿Y de lo más caliente a lo más frío?

—Es que ir a la Antártida se me ocurrió en el Sahara. Pensaba, ya corrí la ruta más salvaje, estoy en la más difícil y caliente: ¿cuál es la más fría? Aplico para la carrera de la Antártida. En la edición que corrí solo admitieron a once personas: una mujer de Singapur, nueve vikingos y este ecuatoriano. Para ir al Sahara corría por Guayaquil con chompa, para la Antártida había que ir a lo más frío. Como Rocky Balboa, a entrenar en un frigo de carne. Eso no se puede, porque se corre el riesgo de contaminar el producto. Una planta florícola, pero Cayambe me quedaba superlejos. La solución, una fábrica de hielos. La encontramos. A las cuatro de la mañana entrenaba. A las ocho ya estaba en mi trabajo. Lo más difícil de esa aventura fue resolver cómo orinar. Ya probamos la temperatura, sabía cómo alimentarme, pero para no congelarte necesitas siete minutos, y aún así no alcanzaba a sacarme todo el equipo para hacer pipí. Me convertí en un experto en toallas higiénicas. Probé todas y dos resultaron eficientes. Necesitaba que la orina fuera absorbida en su totalidad, porque si se te chorrea en las piernas se congela, se hace astillas y puedes lastimarte y morir. Corrí los cien kilómetros de la Antártida, a menos 30 °C, un sol eterno y un blanco infinito. Para mantener mi mente activa me ponía a recordar con quién me di mi segundo beso, multiplicaba mentalmente y me puse a pensar cuál será el punto más profundo de la Tierra y cómo conectarlo con el Chimborazo, el más cercano al sol.

—¿Así nació From core to sun?

—Loco, es que tras la Antártida me convertí en una de las catorce personas que habían corrido en lo más caliente y lo más frío del planeta. Entonces, llegó la hora de lo más profundo y lo más alto. Di con una mina de Sudáfrica que, para que tengas una idea, los mineros chilenos quedaron atrapados a 720 metros de profundidad: yo bajaría a casi cuatro mil. Y el punto más cercano al sol es el Chimborazo, a más de seis mil metros. ¿Quién había hecho esa travesía? Correr y unir esos dos puntos. Nadie. Y empezó la idea de documentar esto y lograr el Guinness.

—¿El primero en deporte extremo para el Ecuador?

—Sí, y todo se lo debo a mi equipo de trabajo, y en especial a mi expareja, Carolina Bassignana. Ella se concentró en todo para lograr el permiso de entrar, correr y filmar en la profundidad de la mina de oro de Mponeng y la logística para el Guinness. Nos embarcamos en esto, que ya ameritaba más plata. Pero, recuerda, uno es pobre, pero antojado, y fuimos por el proyecto. A buscar auspicios para este reto. Luego de una gran búsqueda, doy con Jeff Karram, un gringuito canadiense que hoy es mi amigo y socio. En un inicio pensaba en un cortometraje, cuando llego al Ministerio de Turismo y le presento el proyecto al ministro Fernando Alvarado, me dice: qué gran idea, debes trabajar muy bien en este proyecto y todo lo que implica un documental de hora y media. Bacán, había que consolidar el proyecto, ahora más grande, pero había auspicio. Le dedicamos todo el tiempo y, ya listo, Alvarado deja el ministerio y el proyecto queda parqueado. Le digo a Jeff, ya no hay plata. El man me dice asociémonos, yo quiero producir una película y tú tienes la historia. Y de nuevo a buscar auspicios, a completar con hipotecas, a endeudarse hasta el cuello. Y así Jeff y Shanna Robalino se dedican a esta producción de Levector Films del Ecuador, y se interesa por esta historia el director uruguayo Oliver Lee Garland.

—Y se dio la hazaña pese a las complicaciones…

—Lo logramos. Bajé con mi equipo técnico, los paramédicos y el equipo de producción para la película. Corrí veintiún kilómetros en la mina. En seguida, tomamos un avión con destino a Quito, el vuelo duró veintidós horas. De ahí, a escalar el Chimborazo. Llegué con bronquitis y el equipo médico me recomendó no continuar. Iba a descansar dos horas, pero descansé un par más y decidí ascender. A unos 6050 msnm, me desmayé. Mi instructor, quien me acompañaba, me motivó. Me dijo que físicamente sabía que no daba, pero que en cuarenta minutos lograría la hazaña. Saqué fuerzas y, con riesgo de sufrir un infarto, continué. La aventura completa duró 71 horas.

—Recorriste el infierno y lo más cerca del cielo desde la superficie terrestre. ¿Te encontraste con el diablo y con Dios?

—Dios siempre me acompaña. Mi madre me enseñó lo que es la coherencia (se santigua y en vez de decir: Padre, Hijo y Espíritu Santo), eres lo que piensas, lo que dices y lo que sientes.

—¿Y el diablo?

—Se te aparece todos los días. Está en esas personas a las que llamo sicarios de sueños. Esos que matan tus ideas cuando te dicen que algo es imposible.

—Hoy, ¿qué te hace temblar las piernas?

—Mi nuevo proyecto, que no te puedo contar.

—¿Por superstición?

—Porque se trata de algo de ligas mayores, que está avanzando, pero que firmé una cláusula de confidencialidad con quienes me apoyan económicamente. Es otra locura. Siempre busco lo imposible.

—Siempre recalcas que hablas de lo que sabes. ¿De qué no te gusta hablar?

—De tener la razón. Nunca me pongo a hablar para convencerte de que alguien tiene la razón, porque un hecho o un objeto es visto de distintas maneras. Yo conquisto mis imposibles, cada uno tiene los suyos.

—Como el que Michelle Obama prologue tu libro…

—Fíjate que, por lo pronto, no trabajo en el libro. Pero gracias a que llevamos toda nuestra energía a un Boot Camp, que se llama La fórmula de lo imposible, que se va a lanzar en mayo y que se compartirá en Estados Unidos, creemos que muchísima gente puede seguir inspirándose con mi historia en ese país, y en julio se daría un encuentro en digital donde se conocerán vidas que inspiran, y estará Michelle Obama. Dios mediante, la voy a conocer pues compartiríamos el set de estudio y, quién quita, trabajar algo con ella.

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