Miguel Ángel Cabodevilla ha sido, en los últimos quince años, símbolo del trabajo misional en la Amazonía ecuatoriana. Con sede en Pompeya, a orillas del Aguarico, este cura vasco, que tiene la aparente fragilidad del bambú, llegó cuando por esas tierras ejercía su apostolado otro sacerdote que luego dejaría vacío el lugar a causa de las ochenta y cinco lanzas tagaeris que horadaron su cuerpo, en un ritual de muerte que para la cultura blanco-mestiza fue un acto de barbarie y para víctima y victimarios un hecho necesario y defensivo. Y presentido.
Pero el ejemplo que dejó Monseñor Alejandro Labaca fue suficiente, y Miguel Ángel, capuchino como su antecesor, retomó el trabajo con igual vocación. Dan fe de ello algunos libros de su autoría, en los que narra las peripecias de su labor, la historia de esos pueblos remotos, la realidad de culturas tan diferentes a la occidental, e inclusive la riqueza natural y arqueológica de esas regiones. Pero él no se muestra muy orgulloso de ese trabajo de investigación y escritura que estima aleatorio y marginal a ese otro que lleva en la sangre: su vocación de misionero.
Vamos a iniciar la entrevista con una pregunta incómoda.
Has llegado al límite de artículos gratis para este mes.
Si eres suscriptor de la edición impresa solicita tu acceso.
Si no lo eres, elige tu plan
Revista digital
DESDE- Acceso ilimitado a todo el contenido digital de revistamundodiners.com
Revista impresa + edición digital
DESDE- Revista mensual impresa + acceso ilimitado a todo el contenido de revistamundodiners.com
- Envío incluído

