China en el Puerto
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

China en el Puerto

Puerto de Guayaquil, ca. 1898-1908, Ecuador. Foto: Cortesía Instituto de Patrimonio Cultural (INPC).

Fotografías: Cortesía Instituto de Patrimonio Cultural, José Sánchez Lindao, Ricardo TayLee Lama, abuelo.

Cuando Martha Tomalá Chang, vecina de mi edificio, almorzaba en un restaurante tailandés del sector céntrico, se le acercó un comensal, el señor Zhu, y le preguntó si tenía ascendencia china. La había reconocido como paisana y la invitó a integrar la Asociación 10 de Octubre, de la Colonia China del Ecuador. Había sido fundada en 1942 al calor del deseo de los residentes de ese país en Guayaquil de apoyar a su patria, enfrentada en aquel momento en una guerra contra Japón.

De la mano de Martha soy, pues, conducida a una charla con Fu Ming Zhu, dueño de una de esas tiendas de mil objetos, en la calle García Avilés, muy cerca de la Boyacá, en cuya segunda planta está la sede de la Asociación. Al calor del té verde convidado, me cuenta que el 10 de octubre de 1911 se dio la primera batalla de la revolución que terminó con el largo régimen monárquico chino y que dio paso a una república de ideales democráticos. Abdicó Puyi; los acontecimientos están narrados en esa joya cinematográfica titulada El último emperador.

El Sr. Zhu vino al Ecuador en 1985, gracias a una visa que le costó esfuerzos y un préstamo para los pasajes aéreos. Se aventuró por la misma razón por la que millones de seres humanos lo hacen: la búsqueda de nuevos espacios de desarrollo personal.

FU MING ZHU presidente Asociación 10 de Octubre.

¿Chaulafán? ¿Qué es eso?

Primero en Quito, trabajó durante tres años para un taiwanés en una industria de calzado, con jornadas diarias de hasta catorce horas. Un colchón en el suelo, Coca-Cola y Supán con mantequilla fueron su único lecho y alimento. Luego, en Guayaquil, tras tres años de padecer explotación de otro ciudadano asiático en la manufactura de jeans y cinturones, pudo comprar inicialmente un chifa, mientras aprendía recetas. “En China no hay chaulafán”, ríe. Su deseo ferviente se cumplió a través de esfuerzos denodados: trajo al país a la esposa y a la hija.

En la actualidad el Sr. Zhu preside la Asociación 10 de Octubre, que presta ayuda a todos los compatriotas que así lo requieran. Cuenta con un número fijo de doscientos socios activos.

Fu Ming Zhu se refiere a otros gremios, como la Sociedad de Beneficencia de la colonia china, fundada en 1908 —cuya sede fue quedándose atrapada en medio de las calles del enorme mercado informal de la Bahía—, así como a otros más recientes: la Cámara de Comercio ecuatoriano-china, y la Sociedad de la Colonia China, que datan de 1999. Esta última alberga a unos quinientos miembros. Obviamente, unas privilegian más la cuestión empresarial; otras, la social.

Jorge Chong Hansig y Sra. 1937. Foto: Cortesía Instituto de Patrimonio Cultural (INPC).
De izq. a der.: Ana Maria Kuffó, Ana Gorozabel, Rosario Chang Castro, Gilberto Chang Castillo, ca. 1950 – 1960. Los primeros chinos que llegaron al Ecuador lo hicieron alrededor de la década de 1870. Se afincaron en la cálida región costanera, donde se dedicaron a la agricultura, al comercio y a las artesanías para subsistir. Con el transcurso del tiempo el número de inmigrantes chinos en el país aumentó y también el capital de sus empresas. Cada día abrían más negocios y ofrecían otros servicios a la población.
Foto: Cortesía Instituto de Patrimonio Cultural (INPC).
Emigrantes chinos en el año 1962. Foto: Cortesía Instituto de Patrimonio Cultural (INPC).

Origen de la migración

Los primeros registros oficiales del ingreso de chinos datan de hace 180 años. Según archivos del Sr. Zhu, varios entraban literalmente como esclavos. Tal vez debido a la presión de comerciantes locales o por cuestiones inescrutables, en 1889 el presidente Flores Jijón firmó un decreto que vetaba el ingreso de chinos, al tiempo que prohibía a los que ya residían aquí a hacer viajes a su país de origen so pena de confiscarles todos sus bienes. Hasta para cambiarse de domicilio, debían informar a las autoridades locales.

Hubo que esperar a 1945 para que la Asamblea Constituyente derogara aquella arbitraria ley. En esta larga historia de encuentros y desencuentros, en 1979, ante las Naciones Unidas, los representantes del Ecuador y de la República Popular China firmaron la declaración para establecer relaciones diplomáticas, que arrancó en 1980.

En 2020, a propósito de este aniversario, la Embajada china hizo circular un suplemento oficial en una de cuyas páginas se dice: “Hoy día, existen alrededor de treinta mil residentes en Ecuador; unos quinientos compatriotas de Taiwán y casi 150 mil descendientes chinos”.

Según el Sr. Zhu, una masiva llegada de sus compatriotas se produjo desde Argentina a comienzos del siglo XXI, atraídos por la dolarización ecuatoriana y empujados por la crisis del país sureño. Antes, dice él, había pocos chinos en el Ecuador, muchos provenientes de la provincia de Guangdong, en cuyo dialecto, me explica, el verbo que significa comer suena como chifa; por eso, la abundancia de esta denominación.

“Guangdong es una de las primeras zonas de mi país que abrió la puerta al comercio con el mundo”. (No deja de nombrar la Guerra del opio de 1845 con Inglaterra, así como la Primera y la Segunda guerras mundiales). “Sí, mucha historia de por medio”, concluye Fu Ming.

El Salón Asia

EDDY LEÓN gerentedel restaurante Gran Rubí.

En la actualidad pueden verse los deslucidos comedores chinos en el centro de la ciudad, sobrevivientes de la pandemia, que no son ni la sombra del pasado sofisticado que tuvieron sus predecesores, así como los supermercados en las inmediaciones de la Bahía, donde es posible comprar productos originarios de China y de Taiwán: conservas, verduras, comida preparada, dulces.

Están restaurantes sofisticados como el Joun Yep, en el residencial barrio de Los Ceibos, o el emblemático Dinastía, en plena Urdesa. A propósito de restaurantes, en el libro Cartas de yagé (1973), el escritor Wiliam Burroughs (Estados Unidos, 1914-1997) describe su viaje por varias ciudades latinoamericanas en pos de la mítica ayahuasca. En las misivas que le dirige a Allen Ginsberg se evidencia el desprecio que le provoca el paisaje geográfico y humano local; en una de ellas, se refiere al Asia, “un restaurante chino” al que asocia con un fumadero de opio del siglo XIX pero, según sus viejos habitúes, el Salón Asia, fundado en 1945, fue un primoroso restaurante, seguro y familiar, que en la actualidad cuenta con varias sucursales, como la de la zona céntrica, en Sucre 321 y Chile, que cuenta con deliciosos platillos.

Fu Miing Zhu dice que la China de hoy está llena de personas a quienes solo les interesa el dinero, y que han olvidado los viejos valores y las tradiciones. Cuando le pregunto cómo ve a los ecuatorianos, me explica: “En todas partes hay mafias y gente mala, pero, en promedio, la gente de aquí es más educada que en mi país. Yo estoy agradecido con los ecuatorianos, que me han acogido a mí y a otros como yo, extranjeros inmigrantes”.

Un palacio chino

La historiadora Jenny Estrada, quien me permite acceder a sus archivos, me explica que la migración china habría sido la tercera importante en el Ecuador, y especialmente en la Costa, tras la española y la italiana.

A fines del siglo XIX se fundaron en Guayaquil sendas asociaciones de beneficencia de italianos y españoles, pues no todos los inmigrantes alcanzaban el éxito. Los chinos, dice Jenny, aunque numéricamente menos significativos, habían empezado desde antes el comercio ultramarino: traían loza fina, seda de burato, cristalería, baúles, muebles finos.

Muchos de los negocios de chinos, a mediados del siglo XIX y comienzos del XX, eran prósperos. Como prueba de ello, veo en el archivo de Jenny un ejemplar de la Guía comercial y agrícola de Guayaquil de 1909, una serie de anuncios de prensa: “Carlos Chaw: medicinas perfumes, calzados”, “Hasing y Cia: almacén de géneros y abarrotes”, “Manuel Yuen Chong: telas, medicina, loza y abarrotes”, entre muchísimos más. Varios de estos apellidos se castellanizaron por semejanza fonética.

Para paliar los efectos de la proscripción de 1889, se creó el Plan Padrinos, que consistía en que un ciudadano ecuatoriano se colocaba como garante de una familia china, bajo cuya custodia esta prestaría sus servicios, lo que también dio lugar a abusos. Muchos jóvenes chinos fueron a poblaciones rurales en Vinces, Paján, Manabí, Quevedo, donde, a nombre de la protección recibida, fueron objeto de explotación económica.

La Escuela China

Jaime Díaz Marmolejo (Babahoyo, 1933) publicó en el año 2000 un libro titulado De China con honor, cuya dedicatoria reza: “A mi padre, Felipe B. Díaz Chong (Li Sim Sam), que proyectó su sangre a esta tierra generosa”, de cuyas páginas extraigo ciertos datos, como el de la fundación de la Escuela China, inaugurada en 1945.

Por su parte, la historiadora Estrada recuerda que cada 8 de octubre, en el desfile escolar en honor a Guayaquil, marchaban los niños de la Escuela China y, al llegar al palco de las autoridades, agitaban las banderitas que llevaban en cada mano: la china y la ecuatoriana. “Sus padres no los criaron con resentimientos. De entre ellos han surgido científicos, médicos, ministros, vicealcaldes, jurisconsultos, deportistas”, añade Jenny, y destaca que también están quienes han robustecido actividades en la industria y el comercio internacional.

Casi paladea el sabor mientras trae un recuerdo de su infancia, el de la refresquería más bella, ubicada en las calles Pedro Carbo y Colón, el Salón Chan Chan. “Era como entrar a un palacio chino. Había que subir tres escaleritas, todas cubiertas de linóleo; las paredes, tapizadas de damascos de seda, y los helados más ricos del mundo”. Asimismo, recuerda que su padre le había hablado de los primeros fumaderos de opio en el Puerto, ubicados en Escobedo. Medardo Ángel Silva escribió en 1919, poco antes de morir, crónicas sobre estos misteriosos lugares.

Legados actuales: el gerente de un restaurante y un médico acupunturista

• Gran variedad de recetas y preparaciones milenarias

Eddy León, en la cédula de identidad ecuatoriana Eddy Chi Shing León Kwan, es gerente del restaurante de comida china Gran Rubí. Tiene 52 años, y llegó al Ecuador hace tres décadas a trabajar para su familia, dueña del Grupo Oriental y a dirigir el Restaurante Cantonés Internacional en Guayaquil, uno de los más grandes de América Latina.

Valora la exigente cultura de su país, cuyas costumbres le han sido legadas a través de la guía de sus padres, tío y abuelos, quienes le inculcaron respeto, disciplina y libertad, así como la valoración de los estudios y títulos académicos. Transmite a sus hijos responsabilidad, honestidad, trabajo fecundo y amor por la familia, valores que le han permitido llevar adelante proyectos personales y profesionales.

Cuando le pregunto sobre la gran cocina china, Eddy León se refiere a su alta demanda debido “a su gran variedad de recetas y preparaciones milenarias y a que tiene como ingredientes básicos el arroz, las carnes, cantidad de vegetales y condimentos únicos, que no pueden confundirse con otros sabores”. Explica, además, que “la elaboración se destaca precisamente en la técnica y el equilibrio entre sabores dulces o salados, amargos, picantes y ácidos, colores, platos fríos y calientes”.

Eddy Chi Sing añade que muchos alimentos son preparados especialmente con fines curativos. “No podemos dejar atrás el tan tradicional té, que no puede faltar en la mesa”.

Casado con la ecuatoriana Patricia Bajaña, este experto en la gerencia de restaurantes tiene tres hijos: Alejandro, graduado en una universidad china; la segunda, Sou-Yi, hace sus estudios superiores allá; Len-Yi está en Guayaquil, pronta a culminar su secundaria y se prepara para la universidad en la patria de sus ancestros.

• Kung-fu y acupuntura

Antonio Tay Lee Ramos es un médico de algo más de sesenta años, a quien ubico a través de Internet, tras haber estado investigando datos sobre el gran personaje que es su padre. Antonio hizo estudios de acupuntura en China, el país de origen de su papá, el famoso médico Ricardo Tay Lee (condecorado a su hora por gobiernos nacionales), de quien Antonio aprendió principios clave, como el que la medicina china sirve para prevenir y no solo para curar. Ricardo Tay Lee fue pionero de la práctica del kung-fu en el Puerto principal, de cuya enseñanza se hizo cargo ya desde los años sesenta.

Antonio y dos de sus hermanos son médicos; hay también una arquitecta, un biólogo, un licenciado. Fueron ocho hermanos, de los que quedan seis.

En su área de especialidad como traumatólogo, el dominio de la acupuntura le ha servido para ayudar a sus pacientes a enfrentar el dolor, concebido más como enfermedad que como mero síntoma.

Cuando un paciente le agradece, el doctor Antonio Tay Lee le explica que se siente orgulloso de ser chino y de practicar la medicina milenaria. Concluye: “No tengo palabras para expresar lo que es para mí descender del maestro Tay Lee. A mis hijos, que tienen dos apellidos chinos —Tay Lee por mi parte, y Lama por el lado materno—, les hablo del orgullo que deben sentir y que, de hecho, sienten”.

TAY LEE médico y pionero en la ancestral práctica del kung-fu.
¿Te resultó interesante este contenido?
Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

Si eres suscriptor de la Revista impresa, inscríbete sin costo para acceder a la edición digital.

Si eres suscriptor de la Revista impresa, inscríbete sin costo para acceder a la edición digital.

Recibe contenido exclusivo de Revista Mundo Diners en tu correo