Mientras embalo mi librería
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Mientras embalo mi librería

Por Karina Sánchez.

Fotografía: cortesía.

Edición 457 – junio 2020.

Tolstói, en el centro-norte de la capital, ha sido muchas cosas durante los últimos diez años: una librería donde se encuentra lo que no se encuentra en ninguna otra; un patio donde los autores se acercan a los lectores; un consultorio psiquiátrico; pero, sobre todo, el hogar y centro de operaciones de su fundadora, quien ahora nos cuenta el cuento páginas adentro.

Todo es tan irreal. Lo primero que vino a mi mente cuando la crisis ocasionada por el coronavirus empezó es la película Sacrificio de Andréi Tarkovksy, que aborda el tema del fin del mundo ante una inminente catástrofe nuclear. Hay un rico simbolismo y una repetición obsesiva de ciertos motivos y temas en estos filmes: Leonardo da Vinci, la lluvia, el fuego, el viento, el paisaje como ningún cineasta occidental lo ha visto ni lo verá —no es el paisaje a distancia, no es la panorámica de una montaña, una planicie o el mar; es un micropaisaje, es el lago que forma un pequeño charco—, los monólogos filosóficos. Y los libros. Los seguidores de Tarkovsky lo habrán notado: el libro como “objeto del espíritu”.

Es difícil escribir sobre la librería, y sobre el sector del libro en general, precisamente en este momento. Sobre todo por el “futuro”, una mezcla de presente e incertidumbre. Algo inesperado ha venido a cambiar nuestras vidas radicalmente y de repente todo se ha vuelto difuso. Hace poco se publicó Contra Amazon de Jorge Carrión, un ensayo que celebra el encuentro que propician las librerías. Me pregunto por el sentido de una librería en un mundo cada vez más digitalizado e hiperconectado. Veremos de forma acelerada muchos cambios, no tendremos el espacio físico para la plática directa con el lector (al menos por unos meses), pero los libreros seguiremos existiendo, como preceptores, en redes sociales, en blogs, en páginas web. ¡No recomendamos por algoritmo! Por ahora estamos en una espera casi godotiana.

***

No he leído mucho en estos días, es más, he conversado con varias personas acerca de la imposibilidad de leer en estos momentos —pensé que solo me estaba pasando a mí—. Por un momento he pensado que, si mi trabajo no estuviese relacionado con los libros, seguramente podría sumergirme con mayor desenfado en la lectura. Hemos reconocido que en esta extraña época ayudan mucho las actividades más simples: hacer pan, cuidar de un huerto, cocinar, hacer ejercicio; es decir, regresar a lo simple, a lo manual, a lo más corpóreo. El libro participa de lo físico, pero a su vez demanda un esfuerzo intelectual, que quizás por ahora necesita de un respiro.

He podido leer, sí, varios capítulos de Mientras embalo mi biblioteca de Alberto Manguel y mientras lo leo he querido imaginar cómo sería embalar mi librería. Manguel dice que el acto de desembalar es un ejercicio de memoria, y el de embalar, de olvido.

Embalo imaginariamente mi librería, la despliego ante mí y contemplo mi vida en este lugar.

Ensayo reflexiones que vienen a mí en estos días: hablar sobre el origen y el momento actual de la librería es dibujar un círculo, un ciclo que se cierra, la llegada de una nueva realidad difícil de imaginar hasta hace poco. Esta nueva realidad permeará y transformará nuestra vida cotidiana, en mi caso, mi vida en mi librería.

Me cuestiono por el derrotero que deberemos seguir. ¿Se leerán más libros electrónicos? O será, como escuché decir a Carlo Feltrinelli (editor de Feltrinelli y ahora socio de Anagrama) en una conferencia, que hoy en día la gente ve al libro físico como una forma de desconectarse de tanta hiperdigitalización —que seguramente se acentuará por la pandemia, al menos en los centros urbanos—, y una forma de descanso frente a la superficie brillante de las pantallas omnipresentes.

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Me han entrevistado muchas veces preguntándome sobre los orígenes de la librería. Necesariamente debo nombrar a Mónica Varea con su Rayuela, quien inició este circuito de librerías independientes en Quito —con el referente de la antigua LibriMundi— hace poco más de trece años; le siguió la mía, Tolstói, en 2010, y durante estos diez años se ha ido consolidando un pequeño pero creciente mundo editorial y librero que ha dado muestras de una cada vez mayor profesionalización.

La librería ha sido un proyecto en solitario. Siento que los proyectos colectivos son más difíciles de cristalizar y sostener en el tiempo (perdón si peco de individualista y mucho más en estos tiempos), además, siempre he necesitado esa soledad del lector. Escritura y lectura implican soledad. La librería es el eslabón de contacto, de las relaciones. He disfrutado de ambos aspectos.

Mi historia como librera, sin duda, estaría marcada por mis lecturas más significativas y por la gente que he conocido en estos años, es decir, por los encuentros con libros y personas.

Si tuviera que situar el origen de la librería lo haría en el primer libro que leí (a mis catorce o quince años) con la pasión suficiente como para hacerlo mío: Doce cuentos peregrinos de García Márquez; y el segundo, que leí ni bien terminé el primero, Veinticuatro horas en la vida de una mujer de Stefan Sweig. (Doce y veinticuatro, recién me percato de la relación numérica entre ambos). Desde entonces leí con determinación (cuando no había tanto acceso a los libros y en mi familia no había nadie quien leyera). Tengo en la memoria la “triste biblioteca” de mi casa: una enciclopedia de tomos de pastas azules, un par de diccionarios y unas cuantas novelas, lecturas obligatorias del colegio. Decidí empezar a leer durante una tarde aburrida de vacaciones, sin imaginar que ese día marcaría el resto de mi vida. Recuerdo las horas vividas en librerías de viejo durante los años de mi adolescencia: siempre me causaba una gran emoción encontrarme con alguna librería, emoción que aún conservo.

He vivido con pasión mi vida en torno al libro. Siento fascinación por el libro físico bien editado, por ciertos editores y editoriales. He tenido la oportunidad de asistir a ferias del libro y en mis viajes la parada obligatoria siempre han sido las librerías. No estamos al nivel de otras ciudades latinoamericanas como Bogotá o Lima, nuestros vecinos más cercanos, la deuda que el Estado tiene con respecto a políticas culturales enfocadas en el tema del libro y la lectura es grande, pero, aun así, mi optimismo me lleva a pensar que la gente lee más de lo que dicen las estadísticas, y quizás esta crisis haga que nos replanteemos nuestros hábitos de consumo, incluidos los culturales.

***

Recorro mentalmente mi librería y se activan los recuerdos. Cada objeto, cada imagen, cada libro que he recomendado o que me han recomendado, y la aproximación a los gustos y sensibilidades de otras personas. El lector literario, el lector de filosofía y ensayo, el amante de los libros de fotografía o arte, el lector esotérico y espiritual, o el “lector esteta”, el que compra un libro por su presentación o formato. Quienes buscan recomendaciones o quienes son autosuficientes. El lector literario explora la zona derecha de la librería (derecha si miro desde mi mostrador), el lector de filosofía explora la zona opuesta, descuidando o dejando casi inexplorada la otra mitad. O los lectores de Patti Smith, en 90 %: mujeres. Si cada elemento evoca un recuerdo, lo mismo puedo decir de la gente que he conocido en la librería. Las largas conversaciones y las muestras de afecto. Hay quien está dispuesto a la plática, en ese caso la charla puede surgir desde el primer día de visita o dentro de un par de meses o incluso años: no hay una fórmula, una simple “química entre lectores”, y de la conversación sobre libros luego se pasa a una más cotidiana o incluso íntima. Vienen a mi mente las horas compartidas con el señor Eduardo Pauli, alto y barbado (de ascendencia inglesa) cual Gandalf, con quien solemos hablar de temas esotéricos y místicos, o la ocasión en que un joven lector de provincia, muy humilde, me regaló un tigre de peluche y me dijo que me amaba: sí, como lo leen, que me amaba. También hay quienes solo pagan por sus libros y se marchan, pero aprecian la seriedad en la solicitud y entrega de un libro largamente buscado.

Y también, lo reconozco, puedo ser una librera orwelliana. Es célebre un corto ensayo de Orwell en el que despotrica de su corta etapa como librero. También me pasa.

Hace varios meses conocí a una azafata francesa que recorre el mundo y visita librerías. Nunca me había topado con alguien que se emocionase tanto por la librería como ella. La segunda vez que me visitó grabó una entrevista que hasta el día de hoy es la más original que me hayan hecho. Me habló de una película de Chris Marker hecha a partir de fotografías y voz en off. Me pidió que describiera los objetos e imágenes que tengo en la librería. Empecé por el retrato de Raúl Zurita que tengo en una de las esquinas, vi la foto y le conté quién era y que había estado en la librería. Le conté sobre los objetos que tengo sobre la estantería de arte y fotografía, sobre las imágenes y figuras de santos populares que tengo, le hablé sobre los Gregorios — mis hermanos Gregorios suscitan los más diversos comentarios entre mis visitantes, para unos es Fernando Pessoa, a lo cual yo respondo afirmativamente; mientras que otros me cuentan de curaciones milagrosas de familiares—, y fui describiendo varias fotografías que ocupan las paredes: la de Jacobo Siruela, editor de Atalanta — un total visionario que dirige su exquisita editorial desde el campo, el libro como una artesanía y lo digital como una ventana al mundo—; la de Oliver Sacks —tengo junto a su foto una tabla periódica en homenaje a su pasión por la química—; la de Francis Alÿs, la de Mircea Cartarescu, la de Marosa di Giorgio —siempre me preguntan si es mi pariente—, la de Gastón Soublette, la foto del oso de Tolstói tomada por Patti Smith… En fin, me di cuenta de que cada objeto y cada imagen tienen una historia. Incluso mis plantas, mi patio…

***

El lugar donde los compramos, quién nos los regaló, en qué circunstancias los leímos; estas y muchas más evocaciones nos produce su presencia. Mencionaré dos títulos de mi club de lectura de “libros imposibles”: La broma infinita de David Foster Wallace, y el Ulises de James Joyce. Ha sido toda una aventura leer y poder comentar lecturas con un grupo, sin duda, una de mis experiencias más ricas como lectora.

¿Qué extraño en estos días? Las lecturas al sol, cuando me tiendo en mi pequeño “colchón de lectura” —es mi posición favorita para leer, boca arriba o boca abajo, pero horizontal—, el cielo azul de un día soleado y despejado, descalza, y, de repente, un cliente con quien conversar…

Y, sí, he tenido desilusiones. Tras varios años de trabajo el sueño romántico de tener una librería se ha ido transformando en jornadas extenuantes de hacer listados y listados en Excel; días de movimiento frenético, pedidos, trámites, contestar mensajes. He querido ver de lejos el mundo literario. Lo único que siempre me ha interesado es leer, y en los últimos años es lo que menos he podido hacer. Tener tiempo para leer y para editar. He tenido muchos proyectos fallidos en mi empeño por editar, que al final he podido hacer realidad con motivo del décimo aniversario de la librería y la edición de Vivir con libros, un libro-ensayo de cuatro autores y sus reflexiones en torno al libro y la lectura (espero que pueda imprimirse próximamente). Quizás secretamente también pedía un poco de descanso.

Hay demasiado ruido “digital” en estos tiempos y en los que vendrán (y mi trabajo demanda altas dosis de horas frente a la pantalla). Me pregunto por el destino de mis libros, y también por el mío. De momento embalo mi librería de forma imaginaria, pero quizás deba empezar a replantear mi propio futuro en torno al libro.

Quiero pensar que necesitamos de los libros hoy más que nunca —no con el apremio con el que debe tratarse el problema sanitario y las consecuencias sociales y económicas que esto acarreará—, pero serán fundamentales para la reconstrucción: para reconstruirnos a nosotros mismos. Me pregunto por el papel de las librerías y el de las bibliotecas (creo que tienen un papel más importante en estos momentos y es una lástima que el Ecuador no tenga una red de bibliotecas en los barrios y que no tengamos una cultura de acercamiento a ellas). Una amiga bibliotecaria me comentaba con pesimismo la poca “utilidad” de su trabajo en este tiempo; pero no, la ciencia y la tecnología resolverán el problema sanitario, pero también necesitaremos de las humanidades en su sentido más amplio para pensar el futuro de nuestras sociedades.

La lectura podría (quizás soy idealista) brindarnos dos cosas fundamentales: conciencia —siempre lo digo y lo repito— con respecto a la naturaleza, con respecto al otro y con respecto a nosotros mismos; y quizás un resguardo de la sensibilidad, ante el aspecto alienante con el que la tecnología y la alta conectividad podrían ahogarnos.

¿Deberíamos salvar a los libros físicos? Mi respuesta es sí. Siempre recuerdo Fundación de Isaac Asimov, una novela que constituye el empeño de salvar una biblioteca ante la catástrofe —como se salvaría a las semillas—, pues ambos, conocimiento y semillas, son vitales aunque en dos dimensiones distintas. El alimento para el mantenimiento de la vida y, los libros para la reconstrucción de lo humano. Quizás los que nos salvan son ellos —quizás no a todos—, pero para mí siempre han sido un consuelo.

Es el público el que ha mantenido la librería desde sus inicios, y cuando las aguas se calmen creo que será el público quien una vez más logre sostener espacios como librerías, cines, teatros, centros culturales autogestionados: espacios vitales para una ciudad. La verdadera resistencia estará en nuestras pequeñas acciones diarias y se ejercerá desde nuestros más modestos espacios.

Me queda la esperanza de retomar algún día el contacto y la intimidad que tengo con los lectores.

De momento solo imagino el fin de este ciclo y embalo mental y emocionalmente lo que he vivido en la librería.

El libro, este objeto que se abre como la puerta que algún día volveremos a atravesar quizás con la misma actitud que tenemos frente a ellos: expectantes ante la vida y las historias que la cuentan.

León Tolstói (1828-1910) fue uno de los más grandes novelistas rusos, autor de magníficas obras como Ana Karenina y Guerra y paz, títulos que sin duda han dejado una huella en la literatura universal.

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