Miedo y asco en Plaza Lagos
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

Miedo y asco en Plaza Lagos

miedo y asco

Por María Fernanda Ampuero

            Ella giró el cuello y dijo:

—Ya no hay ningún sitio exclusivo en esta ciudad. Todo el mundo puede ir a todos lados.

Se refería a una familia cuya piel, según su Pantone personal, tenía dos tonos por encima de lo que ella consideraba apropiado para pasear por su Plaza Lagos, la miniatura de Miami en Samborondón. Qué vaina. Ella hubiera deseado que, como las montañas rusas que tienen medidores que dicen: “Tienes que tener al menos esta altura para pasar”, en la puerta de Plaza Lagos hubiesen instalado un comparador étnico: “Tienes que ser al menos así de blanco para pasar”.

Pero no, una persona, aunque sea oscurita, canelita, tostada, café con leche, morenita, puede entrar al centro comercial, así que siguió:

—Es que ahora viene cualquiera, cualquiera.

Sus amigas, perfumadísimas y con un rubio más artificial que la laguna de Plaza Lagos, asintieron con la naricita arrugada. Una contestó:

—Riocentro Ceibos todavía es solo para Gente Como Uno (GCU), pero imagínate, si hasta en Samborondón están, ya mismo no nos queda ningún lado.

—Ningún lado —repitió la que había hablado primero y se llevó un trozo de pescado crudo, como una lengüita blanca, a la boca.

Lamentablemente, no hay licencias poéticas en este texto, no me lo he inventado. Ocurrió. Si yo tuviera ‘cojines’ (para decir cojones en vez de cojines, por ejemplo), me habría levantado y le habría dicho:

—Cómo será que hemos perdido exclusividad que hasta fascistas como tú se pueden sentar en cualquier sitio a excretar sus porquerías públicamente.

Pero no los tengo: soy una insultadora mental, una peleadora pusilánime, una furia silente.

Después del episodio apartheid en Plaza Lagos, que comenté con auténtica náusea por doquier, alguien me dijo que mucha gente está convencida de que Guayaquil es una ciudad de diez mil habitantes con más de dos millones de extras. Esta persona me explicaba que, como esos pocos sienten que la película es suya y nada más que suya, ven como una usurpación, un atrevimiento, que los extras frecuenten los lugares que han sido pensados para ellos. Es más o menos como si un figurante se metiera en el camerino de Angelina Jolie a tomarse su champaña rosé.

Así lo decía:

Los extras están para construir los sitios, para servirte en los sitios, para manejarte hasta los sitios, para cuidar a tus hijos mientras estás en los sitios, para abrir la puerta de los sitios, pero no para ir a los sitios. Y los extras, claro, son morenos.

No soy tan ingenua ni tan marciana como para haber caído recién en el clasismo racial que campea por nuestra —muy feudal— ciudad porteña, pero lo que escuché a esa mujer me revolvió las tripas por su obsceno despliegue. Quiero decir, ni siquiera se cuidó de que las otras mesas no la escucháramos. No, no: quería la complicidad general. Estaba convencida de que todos reprocharíamos a la familia de extras por pasear como nosotros (temblor) por Plaza Lagos e incluso osar sentarse en una de sus lindas terrazas miamenses (pavor) a comer el mismo tiradito peruano que ella (horror).

¿Ese espantajo de persona dirá eso mismo a sus hijos y a sus nietos? ¿Habrá criado a nuevas generaciones de neonazis del color de piel?

Sobre el arraigadísimo racismo guayaquileño podría contarles incontables y perturbadoras historias familiares y, créanme, no dormirían en varias noches: cuando una sociedad no se avergüenza de ser racista da un miedo que ni el diablo. Pero prefiero ahora sí inventarme un desenlace y contarles que la reacción de la gente que estaba en las mesas de alrededor de la adolfahitler de Plaza Lagos fue extraordinaria, cinematográfica. Al escucharla se hizo un silencio bestial, los músicos dejaron de tocar y todos, todos levantamos la vista a mirarla con el mismo desprecio y asco con el que ella había mirado a esa pobre familia.

Luego nos levantamos y rodeamos su mesa y le dijimos, uno detrás de otro:

—Tú no eres bienvenida en esta ciudad.

Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

En este mes

En la tierra de Mozart y Karajan

Fotografías: Shutterstock Edición 458-Julio 2020 El Festival de Salzburgo cumple cien años como escenario magnífico de la música clásica, la ópera y el teatro. Plaza

Columnistas

Nueve reinas o la cueva de los ladrones

Por Gonzalo Maldonado Albán Fotografía: Shutterstock Edición 458-Julio 2020 Tiene las hechuras de una película light: un villano bueno, un héroe bisoño y una mujer

En este mes

Coronavirus, ¿qué contarán los niños?

Por Gabriela Paz y Miño. Fotografías: Shutterstock. Edición 458 – julio 2020. ¿Cómo afectó a los menores el encierro de varias semanas? ¿Cómo procesaron el

En este mes

Lo inacabado

Por Carlos Vásconez. Edición 458 – julio 2020. El escritor estadounidense Richard Ford, ganador, entre muchos otros, del Premio Pulitzer (1996) y el Premio Príncipe

En este mes

Una ducha de aire puro

Por Manuela Botero Edición 458 – Julio 2020. Fotografías: Andrea Cordova Cruzatty, Franziska Müller y Manuela Botero Hace ya largos días tuvimos que encerrarnos en

También te puede interesar

Columnistas

Héroes y mártires.

Por María Fernanda Ampuero. Ilustración Maggiorini. Edición 425 – octubre 2017. No es verdad que la edad nos hace más sabios. A algunos será, pero

María Fernanda Ampuero

El infierno de los vivos

Por María Fernanda Ampuero “El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya está aquí, el que habitamos todos

Columnistas

Cosas de niños

  Con catorce o quince años teníamos que apuntarnos a una actividad optativa en el colegio. Las maravillosas alternativas eran mecanografía y contabilidad, manualidades o

María Fernanda Ampuero

Los pezones de Paulina

Por María Fernanda Ampuero Me parece que fue García Márquez quien dijo que no hay nada más hermoso en la creación que una mujer hermosa.

María Fernanda Ampuero

Bien hombre

Por María Fernanda Ampuero   A mis hermanos, que lloran.   Tengo dos hermanos. Ambos son llorones. No sé cómo carajo lo lograron, pero lo

Columnistas

Falta de atención

María Fernanda Ampuero Cuando ustedes lean esto ya será el futuro. Ustedes sabrán mucho mejor que yo ahora qué pasó con este planeta, ¿pudimos parar