Miedo y asco en Plaza Lagos
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Miedo y asco en Plaza Lagos

miedo y asco

Por María Fernanda Ampuero

            Ella giró el cuello y dijo:

—Ya no hay ningún sitio exclusivo en esta ciudad. Todo el mundo puede ir a todos lados.

Se refería a una familia cuya piel, según su Pantone personal, tenía dos tonos por encima de lo que ella consideraba apropiado para pasear por su Plaza Lagos, la miniatura de Miami en Samborondón. Qué vaina. Ella hubiera deseado que, como las montañas rusas que tienen medidores que dicen: “Tienes que tener al menos esta altura para pasar”, en la puerta de Plaza Lagos hubiesen instalado un comparador étnico: “Tienes que ser al menos así de blanco para pasar”.

Pero no, una persona, aunque sea oscurita, canelita, tostada, café con leche, morenita, puede entrar al centro comercial, así que siguió:

—Es que ahora viene cualquiera, cualquiera.

Sus amigas, perfumadísimas y con un rubio más artificial que la laguna de Plaza Lagos, asintieron con la naricita arrugada. Una contestó:

—Riocentro Ceibos todavía es solo para Gente Como Uno (GCU), pero imagínate, si hasta en Samborondón están, ya mismo no nos queda ningún lado.

—Ningún lado —repitió la que había hablado primero y se llevó un trozo de pescado crudo, como una lengüita blanca, a la boca.

Lamentablemente, no hay licencias poéticas en este texto, no me lo he inventado. Ocurrió. Si yo tuviera ‘cojines’ (para decir cojones en vez de cojines, por ejemplo), me habría levantado y le habría dicho:

—Cómo será que hemos perdido exclusividad que hasta fascistas como tú se pueden sentar en cualquier sitio a excretar sus porquerías públicamente.

Pero no los tengo: soy una insultadora mental, una peleadora pusilánime, una furia silente.

Después del episodio apartheid en Plaza Lagos, que comenté con auténtica náusea por doquier, alguien me dijo que mucha gente está convencida de que Guayaquil es una ciudad de diez mil habitantes con más de dos millones de extras. Esta persona me explicaba que, como esos pocos sienten que la película es suya y nada más que suya, ven como una usurpación, un atrevimiento, que los extras frecuenten los lugares que han sido pensados para ellos. Es más o menos como si un figurante se metiera en el camerino de Angelina Jolie a tomarse su champaña rosé.

Así lo decía:

Los extras están para construir los sitios, para servirte en los sitios, para manejarte hasta los sitios, para cuidar a tus hijos mientras estás en los sitios, para abrir la puerta de los sitios, pero no para ir a los sitios. Y los extras, claro, son morenos.

No soy tan ingenua ni tan marciana como para haber caído recién en el clasismo racial que campea por nuestra —muy feudal— ciudad porteña, pero lo que escuché a esa mujer me revolvió las tripas por su obsceno despliegue. Quiero decir, ni siquiera se cuidó de que las otras mesas no la escucháramos. No, no: quería la complicidad general. Estaba convencida de que todos reprocharíamos a la familia de extras por pasear como nosotros (temblor) por Plaza Lagos e incluso osar sentarse en una de sus lindas terrazas miamenses (pavor) a comer el mismo tiradito peruano que ella (horror).

¿Ese espantajo de persona dirá eso mismo a sus hijos y a sus nietos? ¿Habrá criado a nuevas generaciones de neonazis del color de piel?

Sobre el arraigadísimo racismo guayaquileño podría contarles incontables y perturbadoras historias familiares y, créanme, no dormirían en varias noches: cuando una sociedad no se avergüenza de ser racista da un miedo que ni el diablo. Pero prefiero ahora sí inventarme un desenlace y contarles que la reacción de la gente que estaba en las mesas de alrededor de la adolfahitler de Plaza Lagos fue extraordinaria, cinematográfica. Al escucharla se hizo un silencio bestial, los músicos dejaron de tocar y todos, todos levantamos la vista a mirarla con el mismo desprecio y asco con el que ella había mirado a esa pobre familia.

Luego nos levantamos y rodeamos su mesa y le dijimos, uno detrás de otro:

—Tú no eres bienvenida en esta ciudad.

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