Rusia, pese a su fracaso militar en Ucrania, es el país más temido (y no es por sus bombas atómicas)

A medida que se acercaba el verano de 2023, los mandos militares de los grandes países occidentales calculaban cuándo empezaría el contraataque de Ucrania en todos los frentes de batalla abiertos por Rusia desde que empezó su guerra de conquista. Del contraataque nadie dudaba. Lo debatible era la fecha de su inicio, en función de lluvias, vientos, lunas y caudales de los ríos. Un cálculo inimaginable en febrero de 2022, cuando empezó la guerra. Lo que por entonces se calculaba era cuánto resistirían los ucranianos: ¿una semana, dos, tal vez un mes?
Sí, la relación de fuerzas era tan desequilibrada (un “conflicto asimétrico”, en la terminología de la estrategia militar contemporánea) que el mundo entero dio por seguro que la victoria rusa era sólo asunto de tiempo. El primer convencido era, por supuesto, el presidente Vladímir Putin, a quien ni siquiera le pareció necesario hablar de guerra: con decir “operación militar especial” bastaba. Pero muy pocos días después de comenzados los combates fue evidente —incluso para Putin— que la victoria no sería rápida ni fácil. Pero nadie se imaginó que un año después estaría Ucrania preparando su propia ofensiva.
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