Mi mamá, Gabriela Rota, tiene fanaticada
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Mi mamá, Gabriela Rota, tiene fanaticada

Se podría escribir un cuento sobre una maestra de literatura que, tras más de treinta años dando clases, decide jubilarse un buen día. De pronto este es el prólogo de ese cuento, escrito por el hijo de la maestra.

Ilustración: Shutterstock.

Son exestudiantes suyos que acercan a preguntarme si soy hijo de La Gabriela. Asiento con la cabeza. Si no estamos con prisa, la mayoría se toma un tiempo para contarme por qué la quieren tanto.


No es sorpresa, porque conozco el trabajo de mi mamá. Lo he visto también en sus evaluaciones semestrales, que ella nos ha compartido llorosa. Le dicen que “cambió su vida” y que “les enseñó a amar la literatura”. Uno de sus alumnos, al ver una foto en la que aparezco con ella y que subí a redes sociales, comentó: “Después de su clase nunca paré de leer. Esa costumbre me ayudó en momentos muy difíciles de mi vida.”

No faltan las hipérboles de sus hinchas. Yo escucho, nos damos la mano (el puño en pandemia), o doy un “me encanta” si se trata de un comentario en Facebook. Le paso el mensaje. Ella escucha con una sonrisa. “¡Qué maravilla!”, exclama. Mira hacia un lado intentando recordar a cada estudiante que le manda saludos y suspira (ella suspira mucho).

Después de enseñar literatura durante 35 años, un día, en plena pandemia, decidió jubilarse. No había hablado de hacerlo antes. Al contrario: sus clases le entusiasmaban. En casa se servía su Nescafé negro y sin azúcar —sin azúcar como el coronel Aureliano Buendía, decía— y comentaba gesticulando con las manos las lecturas que seleccionaba cada semestre.


Fue siempre meticulosa y estratégica. Uno de sus trucos, por ejemplo, era no mandar mucho trabajo para la casa. Prefería que alcanzaran a leer todo antes de que se apuren y busquen resúmenes. “El punto es que disfruten la lectura, como un placer, pero también como una herramienta para entender el mundo”. Algunos de sus textos preferidos los conozco de memoria, todo García Márquez, por ejemplo, o muchos de los cuentos de Clarice Lispector. Otras lecturas –la mayoría– cambiaban cada semestre.

Hizo el anuncio de su jubilación de repente con tono tan hastiado como decidido. Otra baja del coronavirus. A pesar de que aprendió a usar Zoom muy pronto, la plataforma para dar clases en línea le agobiaba. “Una clase de literatura sin intercambios, conversación o debates no es lo mismo”, me dice. Extraña el foro presencial, el asombro, las opiniones juveniles, miradas confusas e incluso los silencios. “El punto es acompañarles mientras descubren cada texto, escuchar sus percepciones, ideas e incluso los prejuicios”. Su filosofía pedagógica vive de las discusiones. Sin ellas, no valía la pena continuar.

Empezó el trámite: primero una llamada a Recursos Humanos, luego la espera para una cita, la negociación y renegociación de la liquidación, la mudanza de la oficina. A mi mamá no le gustan los aspavientos ni las formalidades. Nunca le gustaron. Iba a clases y luego se refugiaba en su despacho de la Universidad San Francisco durante horas (de oficina) para planificar las próximas, corregir los trabajos de sus estudiantes y responder sus inquietudes. No se escondía, porque su oficina —que compartía con mi papá— era siempre visitada por estudiantes con preguntas. Socializaba en sus propios términos y en su propio territorio. “Me devolvió un ensayo cubierto en sangre”, me cuenta que le dijo un joven estudiante de música que siguió yendo para pedir recomendaciones de lecturas y discutir otros ensayos. Años después se convirtió en su colega.

Ella recuerda la reacción de sus estudiantes a sus apuntes con orgullo, ternura y un poco de maldad. Como en las discusiones en clase, mi mamá conversa con sus comentarios y ediciones. Es honesta. Se enorgullece de cosas así: no aceptaba la labia y con frecuencia caían quienes desde el colegio estaban acostumbrados a impresionar a otros profesores con palabras rimbombantes. Así como raya, subraya y comenta los libros, así rayaba cada ensayo que le entregaban. Era su obligación. “Yo no enseño tanta teoría”, dice, “Tampoco me parece mal enseñarla, es necesaria. Pero con los cuentos y las novelas es suficiente para que aprendan a leer y a escribir”. Por ejemplo: asegura que es posible entender lo que distingue a la literatura de la anécdota con el cuento Love Story de Elena Poniatowska, sobre una empleada y una dueña de casa. Está escrito como un “chisme”, de forma pedestre y doméstica, pero se vuelve cuento gracias al manejo de la elipsis y la estructura narrativa. “Cita Las babas del diablo de Julio Cortázar. “Piensa en la frase ‘yo vimos subir la luna’ ”, me explica. “Puede que la frase no tenga sentido, pero cuando la lees o la escuchas, igual formas ideas o imágenes en tu cabeza”. Por eso la literatura es una conversación, como la que ella necesita en sus clases: no sólo propone quien escribe, sino quien interpreta desde su lugar y perspectiva en el tiempo y en el espacio. Quien lee, dice ella, escribe.

Sus syllabus son una suerte de obra de vida. Diseñó la mayoría. “Muchas de las clases del programa las diseñé yo”, dice refiriéndose a clases que ya no imparte ella. Las lecturas que incluye son las mismas que le obsesionan en la casa. La Gabriela te puede citar palabra por palabra el inicio de Cien años de Soledad, Pedro Páramo y de La Ciudad y los Perros. Lo hace sin poses y a veces casi como juego con mi papá. “A ver, a ver, de dónde es este inicio: La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía…”, le dice él a ella antes de que ella lo interrumpa. “¡El Aleph!”. Son dos ñoños canosos que se enamoraron en 1982 hablando de libros mientras estudiaban literatura en la Universidad de Austin, en Texas. Cada uno escribía sus disertaciones sobre Cien años de Soledad. “Sin ese libro, tú no existías”, me recuerda ella.

Así como se desahoga sobre gente a quien no traga comparándolos con personajes de cuentos de Bryce Echenique, nunca tuvo vergüenza de hablar sobre las revistas Vanidades que compraba siempre en el Supermaxi y de la última telenovela brasileña o turca en Ecuavisa, que comenta con la misma seriedad y dedicación que cualquiera de los libros de sus syllabus. Ama tanto los Nobeles y los clásicos como Harry Potter. Tiene un personaje favorito de la caricatura belga Tintín (el capitán Haddock, que es mi favorito también) y siente un cariño especial hacia Don Ramón, del Chavo del Ocho. “Lo maravilloso de Harry Potter es que los Slytherins, quienes suponen ser los villanos, no necesariamente lo son, sino que tienen la opción de usar sus supuestas tendencias para bien”, comenta. Lo hace sin que parezca charla o sermón. Te cuenta relatos sobre los relatos, como por ejemplo, sobre la sorpresa de otros literatos cuando ella defiende bestsellers. “Se vuelve una pose en la que cada uno intenta dárselas de intelectual, cuando lo interesante es entender el rol de la literatura que se consume más y el porqué de su popularidad”.

La he escuchado defender a capa y espada al Código Da Vinci de Dan Brown, a la serie Friends y al poeta Mario Benedetti. “El punto es leer”, repite, “no obsesionarse con calificarlo todo”. Le asustan las opiniones unánimes, por lo que también defiende el controversial final de Juego de Tronos. Alguna vez me atreví a decir que las letras de Ricardo Arjona eran “malas”. Me pidió que elabore. ¿Puedes hablar de esas letras sin recurrir al juicio de valor?


Sin saber qué era el feminismo yo ya sabía que Frankenstein, de Mary Shelley, era un libro feminista. Mi mamá hablaba del engendro abandonado por la razón distante del doctor que desprecia el afecto y el cuidado. “Shelley escribe un tributo a la maternidad, ya sea de la mujer o el hombre… pero de la importancia de la maternidad, que es el cuidado”. Con la ficción, también nos advertía de los moralismos: “Las maniobras inconscientes de un alma pura son más singulares aún que las combinaciones del vicio”, repite casi como un mantra (como loro, dice ella), citando el cuento Un Alma Pura de Carlos Fuentes. Es su lema cuando alguien pone a algún político o alguna causa sobre un pedestal. Ella no olvida la maldad. Se emociona al hablar de los cuentos de Cristina Peri Rossi, que “patean y transgreden”, y que para ella fuerzan al lector a distinguir entre la violencia y la ficción que violenta, porque la ficción “debe violentar y transgredir”. Lo dice mientras cenamos. Luego prende la televisión que colgó en la cocina antes de poner el agua para el café. Están dando las noticias. Es como La Cena, un cuento de Clarice Lispector, dice y se distrae. Sube el volumen.


Cuando le preguntamos si haría oficial el anuncio o si habría alguna despedida respondió que no casi antes de que termináramos de preguntar. A pesar de ser, junto a mi papá y diez otros profesores, fundadora de la universidad, prefería despedirse con discreción, como escapando de la fiesta en silencio y sin avisar a los borrachos. “Mejor irse así, sin que te jodan”, dijo apenas levantando la mirada del libro de Rosario Castellanos que lee con el gato Morse en su regazo y el murmullo de la televisión prendida. Nos muestra el anillo que soldó ella misma en las clases de joyería que empezó a tomar después de jubilarse. Está orgullosa y pone la misma cara que cuando le cuento de los comentarios de sus estudiantes. Pide disculpas en caso de “sonar como lora”: “¿Ya te he contado de La Cena de Clarice Lispector?”

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