Mercado ante Hopkins: cuando casi fuimos reyes
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Mercado ante Hopkins: cuando casi fuimos reyes

Mercado ante

Por Daniel Márquez Soares

El 17 de diciembre de 1994, el ecuatoriano Segundo Mercado y el estadounidense Bernard Hopkins se midieron en Quito por el título de la Federación Internacional de Boxeo. Política, codicia, racismo y rencor matizaron el encuentro entre dos brillantes y dramáticos personajes que, aunque separados por el idioma y la geografía, tenían mucho en común. Uno saldría consagrado e iniciaría su camino a la grandeza. El otro se precipitaría al abismo de la pobreza y el olvido. Fue el día en que el Ecuador casi conquistó el campeonato mundial.

Para octubre de 1988 el ecuatoriano Segundo Mercado y el norteamericano Bernard Hopkins llevaban dos vidas diametralmente opuestas.

El primero acababa de participar en las Olimpíadas de Seúl. Había tenido una excelente campaña, pero no había alcanzado su sueño de toda la vida: dar al Ecuador su primera medalla olímpica. Necesitaba dinero para vivir y, sin medalla, no había pensión vitalicia y, al parecer, tampoco se iba a cumplir la promesa que el entonces presidente Rodrigo Borja había hecho, al despedir a la delegación antes de los juegos: casa y carro para el deportista que tuviese los mejores resultados en Corea. El mejor colocado había sido, justamente, Mercado, que se quedó a una victoria de la medalla.

Mercado enfrentaba un duro dilema. Tenía 20 años y, desde su niñez en San Lorenzo, su vida había estado consagrada al boxeo, el mismo oficio de sus hermanos Dunio y Sauri, y para el que había mostrado un talento natural. No sabía hacer nada más y su educación formal apenas alcanzaba el segundo grado de primaria. Podía apostarle nuevamente al sueño olímpico y dedicarse cuatro años más a perseguir su medalla. No era una ilusión descabellada; Mercado había ya, en diferentes certámenes amateur, vencido a varios campeones olímpicos. No obstante, si las cosas no salían como estaban planeadas, se vería, cuatro años después, en la misma situación: pobre y sin un futuro claro, solo que más viejo. Decidió abrir mano de su sueño y abrazar otro que también lo había acompañado desde sus inicios: se profesionalizaría y sería el primer ecuatoriano campeón mundial de boxeo. Se marchó a Estados Unidos, donde trabajó como sparring e hizo sus 11 primeras peleas profesionales.

Bernard Hopkins, en cambio, se preparaba para su primera pelea profesional tras pasar cinco años en la cárcel. Había sido apresado con 18 años, tras haber acumulado un prontuario de 30 arrestos en su nativa Filadelfia, en Estados Unidos. Su padre era adicto a la heroína y su madre, alcohólica.

Tras las rejas, Hopkins abrazó la religión y una dieta rigurosísima. Nunca más fumó ni bebió alcohol. Dejó a un lado las drogas y la promiscuidad. Haría del boxeo su salvación y vía de escape de la pobreza. Aprendió a boxear en la cárcel, muy tarde comparado con el boxeador promedio, y se tornó un abnegado estudioso del pugilismo. Llegaría a ser uno de los boxeadores más técnicos del mundo.

Su primera pelea profesional fue en octubre de 1988. Perdió. Derrotado, apenas empezando a una edad a la que los campeones suelen estar ya formados y comenzando su auge técnico y físico, lo más lógico era nunca más subirse a un ring. En lugar de ello, se dedicó dos años solo a entrenar y bajar de categoría de peso. Volvió, venció y, con 25 años, empezó un meteórico ascenso.

Mercado y Hopkins estaban en curso de colisión. Chocarían seis años después, el 17 de diciembre de 1994 en Quito, en el Coliseo General Rumiñahui, por el título mundial de peso medio de la Federación Internacional de Boxeo.

Cuestión de carácter

Cuando los estilos técnicos de dos boxeadores calzan para dar un buen espectáculo y ambos suben al ring, entrenados y dispuestos a morir, se producen aquellas peleas legendarias que quedan grabadas en la memoria de la gente. Sería injusto decir que la pelea que se dio en Quito en 1994 no cumplió esas condiciones.

Reza el refrán que en el boxeo solo hay tres cosas que nadie te puede enseñar: pegada, velocidad y huevos. Mercado tenía velocidad. Hopkins tenía pegada. Huevos, ambos tenían de sobra.

Mercado había regresado al Ecuador tras una breve pero exitosa campaña en Estados Unidos. En 1991 no supo manejar la presión y reventó de un cabezazo, en un combate en la Plaza de Toros, la nariz de su oponente, el norteamericano Robert Carson. La infracción le valió un año de suspensión. Llegó entonces Marco Aguirre, el más importante promotor que tuvo en su historia el pugilismo ecuatoriano, el hombre que había dirigido la época dorada del boxeo ecuatoriano. Se convirtió en el nuevo apoderado de Mercado. Con él vino también el entrenador argentino René James, quien tendría a su cargo pulir el diamante en bruto que constituía Mercado y conducirlo al campeonato mundial.

De vuelta en el ring, una racha de siete victorias contundentes lo llevó a la pelea por el campeonato mundial. Él y James, exboxeador y reconocido por preocuparse por el bienestar de sus dirigidos, entablaron una buena relación. Mercado era un boxeador de una disciplina única. James señala que jamás había conocido un boxeador con tantas ganas de ser campeón mundial como Mercado. En un deporte que, por su naturaleza, atrae a peleadores amantes del dinero, la fama y los vicios, pero difícilmente sanos y dedicados, Mercado era la excepción. No quería servirse del boxeo simplemente para juntar el dinero suficiente para dedicarse a algo más cómodo y seguro, sino que amaba el pugilismo y su sueño era ser el mejor del mundo. Sano, disciplinado, impresionantemente veloz y dotado de una envidiable condición atlética, Mercado era, además, un estilista del boxeo.

La ventana se abre

Tanto Mercado como Hopkins pertenecían a una de las más comerciales y tradicionalmente competitivas categorías del boxeo: peso medio, las 160 libras, la de Sugar Ray Robinson, Marvin Hagler y Carlos Monzón. Entonces, estaba dominada por Roy Jones Junior, ante quien Hopkins había perdido en su primera pelea por el campeonato mundial. Cuando Jones dejó vacante el título para subir de categoría, tanto Hopkins como Mercado supieron que tenían frente a ellos una oportunidad única.

Hopkins, aún marcado por la amarga derrota ante Jones, aceptó ir a buscar el cinturón en Quito. Sería la única vez, durante los siguientes 16 años, en que aceptaría pelear fuera de Estados Unidos. Mercado, a su vez, tenía la posibilidad de conquistar su sueño, pero también enfrentaba una responsabilidad histórica: los tres ecuatorianos que habían disputado un título mundial habían fracaso. Pero esta vez, a diferencia de lo que sucedió con Valladares y Bolaños, que tuvieron que ir a Japón, Mercado era el local. A diferencia de Alberto Herrera, que peleó en Guayaquil, tenía a su favor los despiadados 2 800 metros de altura de Quito que suelen dinamitar la voluntad de cualquier atleta extranjero. Hopkins, con el tiempo, demostraría ser un rival tan o más grandioso que el legendario Hiroshi Kobayashi, que se encargó de Valladares, o Samuel Serrano, que derrotó a Herrera. Sin embargo, Mercado era un virtuoso del boxeo con una inmensa experiencia amateur, olímpica. El país nunca había tenido un boxeador con sus condiciones.

Mercado contó con una ventaja tan única como cuestionable: apoyo directo del Gobierno. Por medio de las célebres cuentas de gastos reservados que después le costarían el puesto, Dahik, que conocía a Mercado de su época olímpica, otorgó dinero para la realización y financiamiento de la pelea. A partir de ahí, como sucede siempre que hay dinero de por medio, las versiones varían grandemente. Marco Aguirre, que para el evento fundó la empresa Promotores Asociados, asegura que ese dinero fue directamente a una cuenta para la realización del espectáculo. Aguirre, un hombre conocido por su carisma y habilidad social, convenció a Don King, el célebre promotor de boxeo, de que montara una cartelera de nivel mundial en Quito para le pelea de Mercado. Las gigantescas Don King Promotions y Showtime montaron el evento en Quito, que se transmitiría a decenas de países. Se suponía que el dinero que había dado el Estado ecuatoriano servirían para pagarle a King sus servicios, en agradecimiento por la promoción que, en teoría, el Ecuador recibiría. El evento, además, estaría exento de pagar impuestos; una arbitrariedad por la que casi, la mañana misma del combate, se suspende el evento, hasta que las autoridades intervinieron para permitir su realización. Aguirre asegura que el vicepresidente se había comprometido a que, llegado el momento, el Gobierno le pagaría a King. James y Mercado aseguran que ese dinero estaba ya en poder de Aguirre y que él debería haber corrido con los gastos de todos los que tomaron parte. El hecho es que, hasta hoy, King asegura que le quedaron debiendo. Por eso, para saldar una deuda, Aguirre debió cederle Mercado a Don King después de la pelea.

Aguirre nombró también al general Miguel Iturralde, quien estimaba y protegía a Mercado desde los tiempos en que este había sido conscripto, “padrino de la pelea”, como una manera de involucrar al país. Fallecería pocos días antes del evento en un accidente de aviación.

Pero la preparación de Mercado no iba igual de bien. Estaba concentrado en Parcayacu, con todo a su disposición, y entrenaba rigurosamente a diario en un gimnasio. No obstante, adolecía de la falta de sparrings de categoría. Una semana antes de la pelea, su hermana se suicidó. Cuatro días antes de la pelea, su sparring del momento, Brinaty Maquilón, le rompió la nariz con un inexplicable cabezazo. Los médicos poco pudieron hacer; Mercado peleó así.

Mientras, Hopkins había contado con los mejores sparrings a los que hubiese podido aspirar. Perfectamente entrenado, como siempre, exigió que se le depositara su bolsa con antelación antes de viajar a Quito. Los ecuatorianos ignoraban un factor adicional: Hopkins, precavido y astuto, se había entrenado en Colorado, Estados Unidos, a una altitud similar a la de Quito.

Comenzó mal

Según René James, de parte del equipo ecuatoriano hubo un craso error. Nadie acudió a Estados Unidos a la reunión en que ambas partes se dieron cita, con las autoridades de la federación, para definir árbitro y jueces. Esa cita sirve para garantizar que haya un árbitro independiente, que haga respetar el reglamento y, en caso de que haya que irse a decisión, jueces que no tengan cercanía con los respectivos peleadores. Ante la ausencia de un delegado ecuatoriano, el equipo de Hopkins tuvo la libertad de elegir, a su gusto y sin que nadie vetara nada, las autoridades que regirían la pelea. Mercado no tendría a los jueces de su lado, una de las mayores ventajas de un peleador local.

El norteamericano no era nuevo para los Mercado; había noqueado a Jauri, hermano mayor de Segundo, en Las Vegas, en 1990. Cuando Segundo y Hopkins se encontraron por primera vez, el estadounidense, suspicaz, le dijo “You are not Mercado”, al verlo. Todo ese tiempo, había pensado que pelearía nuevamente con Jauri. “I am his brother”, le respondió Segundo.

La crema de la crema del país se dio cita en el Rumiñahui ese día. Don King se encargó de que varias celebridades del mundo del boxeo vinieran para aquel evento. La más famosa de ellas fue Muhammad Ali, ya visiblemente aquejado por el mal de Parkinson, quien levantó una ovación cuando subió al ring a saludar e hizo una breve sesión de sombra. Hubo dos títulos mundiales en disputa y el evento se transmitió por satélite, en pay per view, a todo el mundo.

La pelea

El evento comenzó con malos augurios. En las preliminares, el ecuatoriano Luis “Cobra” Buitrón fue vapuleado por el visitante Julian Jackson. Cuando Jesús Fichamba cantó el himno nacional antes de la pelea de fondo, le pusieron una pista demasiado acelerada y el resultado fue desastroso.

Aquellos que no estuvieron ese día pueden, hasta hoy, ver en YouTube la grabación de la pelea y emitir su veredicto. El tiempo no ha podido, hasta hoy, conciliar a las partes.

Hopkins subió al ring con su capucha de verdugo, en honor a su apodo “The Executioner”. La presencia de soldados ecuatorianos en su camerino y la multitud fanatizada en su contra lo marcaría, pero no lograrían asustarlo. Mercado, tras encomendarse a Dios en un altar improvisado en su camerino, salió con los guantes Cleto Reyes de ocho onzas bien atados. La estrategia era clara. “Si se para frente a este asesino, perdemos la pelea por KO en los dos primeros rounds”, le había advertido James. Debía salir a moverse, a usar bien su velocidad y talento defensivo. Se trataba de dejar que la altura de Quito causara estragos en el visitante y, de ahí sí, ir a la pelea.

Mercado reconoce que Hopkins fue el mayor pegador con el que jamás se enfrentó. Durante los primeros rounds consiguió apegarse al plan e, incluso las veces que Hopkins lo conectó, demostró el coraje y la capacidad de absorción que lo caracterizaban. Mercado recibió golpes brutales, pero nunca cayó. Aquella noche demostró algo que los años confirmarían: Hopkins se complicaba con los peleadores rápidos. Pero había otro problema: Mercado crecía contra los peleadores brutos y desordenados, pero tenía problemas con los boxeadores técnicos. Hopkins era agresivo, pero no dejaba de ser supremamente técnico.

Mercado esquivó los mejores golpes de su rival y en los rounds 5 y 7 logró lo impensable: derribar a Hopkins. La primera vez fue con una certera derecha que cazó al norteamericano en el mentón cuando avanzaba. La segunda con un ascendente que lo dejó colgando de cara entre las cuerdas.

Un boxeador corriente habría optado por la vía fácil: no pararse. A la larga, estaba peleando contra un ídolo local, en un país lejano, con la altura en contra y ya le habían pagado. Ya vendría la revancha. Pero Hopkins no era de esos. Se levantó y siguió. En ambos casos, Mercado salió a rematar, pero ya faltaban pocos segundos para que terminara el round y el norteamericano pudo recuperarse en el descanso. Si es que Mercado hubiese tenido la mano un poco, apenas un poco, más pesada, recuerda René James, Hopkins no se hubiera levantado.

Hay varias teorías de conspiración que el equipo de Mercado maneja hasta hoy. Una es que a Hopkins lo dopaban entre rounds para que pudiera continuar. Eso explicaría cómo consiguió mantener un ritmo frenético de pelea, pese a la altura. Hacia el final, Mercado estaba agotado, lo más ha agotado que había estado en su vida, confiesa.

Hopkins, cuando la técnica y el coraje no bastaban para ganar, era capaz de ser astutamente sucio. En una de las esquivas de Mercado, le hundió un codo en la coronilla que abrió un corte de varios centímetros. Hacia el final de la pelea, acompañó uno de sus golpes con un cabezazo que dejó a la ceja del ecuatoriano colgando. El árbitro no dijo nada.

Mercado, exhausto, entregó los últimos rounds a Hopkins. Cuando llegó la hora de escuchar el veredicto, Mercado y los suyos estaban convencidos de que había llegado la hora de coronar al primer ecuatoriano campeón mundial de boxeo. No fue así. Un juez dio como ganador a Mercado, otro a Hopkins y un tercero empate. El resultado fue empate.

Ni Hopkins ni Mercado estuvieron contentos con el resultado. Ahí mismo, sobre el ring, Don King y el apoderado de Hopkins intercambiaron acusaciones y marcaron la revancha en Estados Unidos. Mercado lloró discretamente.

En otro país más agitado, un veredicto de ese tipo hubiese desencadenado un motín. En el Ecuador, el público se portó resignado. La prensa norteamericana juzgó que la pelea la había ganado Hopkins, pero que, para evitar desmanes, los jueces habían optado por decretar el empate. Marco Aguirre aseguraría en cambio que el equipo de Hopkins y un delegado de la federación le pidieron dinero para hacer que le alcen la mano a Mercado y él se negó.

No hubo rueda de prensa posterior ni se les hizo antidoping a los peleadores. Solo quedó desilusión y tristeza. Habían estado tan, pero tan cerca. Nuevamente se le escapaba el campeonato, la gloria, la pensión vitalicia. La Navidad estaba a la vuelta de la esquina y la atención nacional se disipó. Pocos días después, comenzarían los combates en el Alto Cenepa, y la presión y el patriotismo del conflicto hicieron que la atención se desviara.

La caída

Ni Mercado ni James, aseguran, recibieron el dinero que se les había prometido. La bolsa de Mercado era de 50 mil dólares y, dice, nunca la recibió en su totalidad. Pocas semanas después, Mercado estaba en el Papillon, una discoteca de Quito, con un grupo de amigos. Las versiones varían. Mercado asegura que fueron los policías quienes lo ofendieron con insultos racistas luego de chocar su carro y que él reaccionó a golpes. Cuando finalmente lo esposaron e iban a romperle las manos, una represalia típica que en todo el mundo los policías suele aplicar a los boxeadores alzados, él le habría propinado un cabezazo a un oficial. Otros, que prefieren el anonimato, aseguran en cambio que un embriagado Mercado propinó un brutal cabezazo, de forma gratuita, al oficial de policía que había acudido a resolver la algazara que Mercado y los suyos habían desatado en la discoteca.

Mercado estuvo varios días detenido, no sin antes pasar por una brutal golpiza en manos de los policías. Asegura que lo desnudaron y, entre varios, lo golpearon con correas. Afirma que, aunque se sintió seriamente humillado, no hubo gran daño. Otras fuentes afirman que la golpiza dejó serios daños neurológicos en el deportista que este, para no poner en peligro su carrera, se negó a denunciar y reconocer. Eso explicaría porqué, apenas un par de meses después, en su revancha contra Hopkins en Maryland, Estados Unidos, Mercado, descoordinado, lento y desequilibrado, no fue ni la sombra de lo que fue en Quito. Hopkins, durante siete rounds, castigó a un abollado y mal entrenado Mercado que, para esta vez, no había contado con ningún apoyo. El Gobierno ya no estaba junto a él, Aguirre ya no era su agente y ningún entrenador, sabiendo que un relámpago difícilmente cae dos veces en el mismo lugar, quiso hacerse responsable de Mercado para esa pelea. Si no habían podido con Hopkins en Quito, en Estados Unidos era imposible. Cuando el juez detuvo la pelea, para salvar a Mercado, desde entonces, con apenas 26 años, nunca más fue el mismo.

Después, vendrían más peleas brutales en Estados Unidos que fueron dañando a Mercado y manchando su legado. Se cumplió la cruel, pero bienintencionada profecía que le había hecho René James cuando le advirtió que no se fuera a Estados Unidos. “Mercado, acá usted es un ídolo y tiene todo el apoyo que puede soñar; allá, usted es solo un negro más; no se vaya, allá no lo van a cuidar”, le advirtió. Efectivamente, el estilo de pelea de Mercado y su imponente presencia gustaban en Estados Unidos. Por ello lo exprimieron al máximo, hasta que ya no pudo más.

Mercado hizo su última pelea en 2003. Ya estaba en franca caída y perdió en el primer round. Regresó al Ecuador.

La apuesta perdida

Cuando habla de esa época, James dice que “todo fue hermoso, menos el final”. Fue un suceso del que todos salieron mal parados. Hoy, James, de 63 años, vive modestamente de dar clases de boxeo; continúa trabajando a diario, preparando boxeadores y organizando eventos, a la espera de un nuevo campeón. Marco Aguirre nunca volvió a promover eventos de esa talla. Segundo Mercado habita una pequeña suite alquilada en el sur de Guayaquil, entre fotos y afiches de su pasado deportivo; goza de una modesta pensión que destina a sus hijos y vive de dar clases particulares de boxeo. Sigue a la espera de que algún día el Gobierno le dé la casa que le prometieron en 1988 y sueña con hacer, con el mismo Hopkins, una pelea de despedida. Las secuelas de los golpes son notorias en su hablado y en su andar. La plata que ganó nunca fue mucha y se fue rápido.

Bernard Hopkins seguiría la senda opuesta. Defendería su título durante diez años, estableciendo un récord de defensas consecutivas. Entre sus víctimas se contarían Tito Trinidad, Óscar de la Hoya y el propio Roy Jones. Pasarían 16 años antes de que alguien, Jean Pascal, volviese a mandarlo a la lona. Esa vez, en Montreal, al igual que contra Mercado, Hopkins, peleando de visitante, se levantaría. Tras la campana, escucharía a su entrenador que, apuntando al público que celebraba eufórico su caída, le decía: “Esa gente debe creer que el que está aquí es un tipo ordinario”, regresaría a la pelea y, con 46 años, se convertiría en el más viejo peleador en conquistar un título mundial. Hoy, con 47, sigue peleando contra los mejores del mundo, ha vapuleado a tres generaciones de boxeadores y ganado más de 200 millones de dólares.

Como su desempeño deportivo posterior lo demostraría, las leyendas que circularon sobre Hopkins en Quito son seguramente falsas. El hombre que peleó aquí no era un boxeador dopado, sino uno bien entrenado y valiente que dio una lección de gallardía al momento de enfrentarse a la altura y al público.

Para ser campeón mundial, un deportista debe apostar todo. Hopkins ganó y hoy es un ícono de su deporte. Mercado, en cambio, perdió. Nadie tiene más que una vida para apostar y por eso la derrota es, a veces, tan cruel. El deporte suele parecer tan ingrato, justamente, porque, en la mayoría de los casos, los derrotados no tienen cabida en sus anales.

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