Melancholia: postales del apocalipsis
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Melancholia: postales del apocalipsis

Por Gonzalo Maldonado Albán

Esa tristeza serena anegando lentamente el corazón. Esa resignada incapacidad para encontrar la alegría. Esa sensación de pérdida irreparable que se cierne sobre la psique de una persona. A estas emociones borrascosas las llamamos melancolía y a ella está dedicada la segunda película de la trilogía Depresión, dirigida por el danés Lars von Trier, quien imagina cómo serían los días antes del fin del mundo y lo hace a la manera de las óperas, construyendo un ambiente donde la música y la escenografía tienen tanta importancia como los diálogos y la actuación.

Con música de Wagner y pinturas de Brueghel y El Bosco, el filme narra el aparecimiento de Melancholia, un planeta que los astrónomos no habían visto antes porque orbitaba detrás del sol. Ahora que ha salido a la luz, esta enorme masa de rocas y fuego amenaza chocar contra la Tierra y destruirla por completo.

Pero en vez de alimentar el morbo de los espectadores con detalles sobre la destrucción y la muerte que provocará este accidente cósmico, el filme centra su interés en dos hechos más bien inocuos: la boda fallida de Justine y en los días subsecuentes a aquella celebración, en casa de su hermana Claire. Porque la boda es la antesala del desastre. Los novios llegan dos horas tarde a su propio matrimonio. El padre de la novia es un borrachín impenitente. La madre de la novia, una energúmena. El novio parece ser un tipo sin demasiadas luces y su padrino, un ególatra insufrible.

Las escenas podrían haber sido tomadas de un show de las Kardashians, de no ser por Justine, cuyo comportamiento melancólico, además de su belleza deslumbrante, despiertan el interés del espectador. ¿A qué se debe su tristeza? ¿Es una enfermedad física o moral la que padece? ¿Qué sabe Justine que no saben los demás en aquella trama?

Todos —más o menos— están conscientes del peligro que les acecha, pero ninguno, salvo Justine, está preparado para enfrentarlo. Porque lo que empieza como un comportamiento excéntrico, incomprensible y hasta censurable, termina siendo la mejor actitud filosófica posible frente a un escenario de total destrucción.

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