Esa tristeza serena anegando lentamente el corazón. Esa resignada incapacidad para encontrar la alegría. Esa sensación de pérdida irreparable que se cierne sobre la psique de una persona. A estas emociones borrascosas las llamamos melancolía y a ella está dedicada la segunda película de la trilogía Depresión, dirigida por el danés Lars von Trier, quien imagina cómo serían los días antes del fin del mundo y lo hace a la manera de las óperas, construyendo un ambiente donde la música y la escenografía tienen tanta importancia como los diálogos y la actuación.
Con música de Wagner y pinturas de Brueghel y El Bosco, el filme narra el aparecimiento de Melancholia, un planeta que los astrónomos no habían visto antes porque orbitaba detrás del sol. Ahora que ha salido a la luz, esta enorme masa de rocas y fuego amenaza chocar contra la Tierra y destruirla por completo.
Pero en vez de alimentar el morbo de los espectadores con detalles sobre la destrucción y la muerte que provocará este accidente cósmico, el filme centra su interés en dos hechos más bien inocuos: la boda fallida de Justine y en los días subsecuentes a aquella celebración, en casa de su hermana Claire. Porque la boda es la antesala del desastre. Los novios llegan dos horas tarde a su propio matrimonio. El padre de la novia es un borrachín impenitente. La madre de la novia, una energúmena. El novio parece ser un tipo sin demasiadas luces y su padrino, un ególatra insufrible.
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