¡Un salto de fe!
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¡Un salto de fe!

Ilustración: María José Mesías.

En medio de la sobresaturación de malas noticias del año, varias pérdidas de seres queridos cercanos y la neurosis pandémica, pensé que iba colapsar de estrés. Los siete kilómetros diarios ya no eran suficientes y el vacío estomacal, que es tan conocido para los ansiosos, me visitaba con constancia varias veces en el día.

Fue tal su persistencia que, en el máximo desespero, decidí que era momento de intentar algo distinto. Yo estaba pensando que necesitaba una suerte de terapia de shock, como los que tienen terror a volar y los someten a simulador de vuelos, hasta que, por repetición, sueltan el miedo.

Pensaba que sería bueno ver a los cucos en la cara, sacarles la lengua y seguir así, infinitas veces, hasta que se vayan. Me debatía internamente acerca de qué tipo de shock realmente necesitaba y, mientras seguía sentada frente a mi computador en casa, los cucos volvían a su lugar habitual, al abrigo seguro de mi estómago y al vuelo supersónico en mi mente cuando se trata de imaginar el peor escenario posible.

La iluminación llegó cuando comenté con mi psicóloga el terror que tenía de que los famosos efectos cardiovasculares adversos de ciertas vacunas me cayeran justo a mí. O más bien, le comentaba, orgullosa de mí misma, que, a pesar del terror que tenía de los coágulos de los cuales había leído 7689 artículos, me había puesto la vacuna AstraZeneca. En ese instante sacó un libro y me mandó la tarea ineludible: “Tienes que leer de principio a fin”.

Yo, que soy buena alumna, devoré el audiobook y decidí dar el salto de fe: aplicarme a la receta del libro, las meditaciones, como antídoto para combatir los monstruos internos que han habitado con lujo y comodidad en mi interior durante años. La tarea no era sencilla, implicaba seguir un programa de meditaciones guiadas al menos por una hora diaria para el resto de la vida o al menos hasta que los monstruos desaparecieran.

Supe que no tenía opción, mi tarea me esperaba. Al principio todo era extraño. La voz que narraba la meditación sonaba como una voz de ultratumba o del espacio sideral invitándome a caer en la nada. En serio, esto sí que es perturbador, pensé.

Volví a mi buen amigo Google para buscar los testimonios de los miles de personas que se habían embarcado en el mismo camino, con la misma voz extraña como guía a tratar de encontrar un poco de paz interior. Decidí dejar todos mis cuestionamientos en un cajón guardado con llave y empecé.

Algunos meses después de mi salto de fe inicial, sigo religiosamente mi camino. Es increíble, la famosa voz me ha acompañado en los lugares más inesperados. En un viaje en tren o desde varios aviones. A veces he estado tan empeñosa, por no decir ansiosa, que he hecho la meditación dos veces en el día.

He descubierto en este camino que la mente tiene un poder gigantesco y que no se necesitan drogas para alcanzar estados alterados de conciencia. ¡Créanme cuando les digo que he pasado del espacio sideral a campos de flores coloridas que sobrevuelo con felicidad y calma! Acabo mis viajes interiores y definitivamente estoy en otro estado emocional. Claro, luego vuelve otra vez la ansiedad y sé que debo regresar a mi espacio seguro que ahora se encuentra en esta travesía interna. No sé si creo a pie juntillas todo lo que el libro dice, pero ahora me siento agradecida de haber saltado a este vacío. En este vacío he encontrado paz y es un vacío amistoso al que regreso y regreso cada día con la fe de una persona religiosa.

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