Mauricio Pinto: la decisión de no darse por vencido
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Mauricio Pinto: la decisión de no darse por vencido

Por Francisco Febres Cordero

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Foto principal: Juan Reyes

 

Voy hacia el norte de Quito, a Cotocollao, donde Mauricio Pinto me ha citado dentro de un parque industrial en el cual tiene su oficina. El guardia de la entrada me dice que siga la señal de la flecha amarilla pintada en el pavimento y, cuando llegue a la pared del fondo, tome a la derecha. Conduzco lentamente y ruedo en medio de galpones y más galpones, grandes todos. Curvo y llego al final, donde me sorprendo al contemplar un jardín, que es como un oasis en el desierto de cemento. Una hiedra cubre la pared de una construcción que tiene más aspecto de casa que de oficina. Camino despacio hacia la entrada, contemplando las flores y el césped perfectamente recortado y delineado. Adentro hay un ambiente acogedor, con paredes de madera y espacios amplios, de impecable nitidez.

Mauricio (camisa a cuadros de manga larga que imagino será de marca Pinto y pantalón beige que imagino será de marca Pinto y no pregunto por lo que lleva adentro, que imagino será de marcha Pinto), me dice que ese parque industrial lo construyeron hace algunos años, cuando tuvieron la necesidad expandirse y los proveedores necesitaban un espacio para almacenar sus productos. Me explica que en ese parque industrial están arrendadas bodegas, fábricas, ensambladoras, en un área de 25 000 metros cuadrados. Aquí tenemos solamente nuestras oficinas y la bodega central del producto terminado, dice, porque nuestra fábrica está en Otavalo.

—Me sorprende que estés aquí. Yo creía que vivías en Perú.

—Paso la mitad del tiempo afuera, entre Colombia y Perú. Una de las cosas más interesantes de esta forma de vida es que te abre la mente.

—¿Pero esa itinerancia fue voluntaria u obligada?

—Obligada por las circunstancias, pero atrás hay un agradecimiento, porque me dio otra visión de hacia dónde van las cosas. Algo sobre lo que veo mucho peligro en el Ecuador es que estamos concentrados en el día a día y preguntamos qué va a pasar después del sábado, de cada sábado. El sábado no es que se ha vuelto un día para jugar voleibol como jugábamos cuando teníamos más tiempo, sino que la gente está a la expectativa sobre lo que va a pasar esa mañana. Y eso hace que los propios colegas industriales, comerciantes, empiecen a perder la perspectiva de sus negocios. Algunos se asustan. Yo sostengo que el Ecuador va a tener un problema como lo tuvo Perú, en que las empresas más grandes van a ser vendidas a compañías extranjeras. Y eso no es malo por sí mismo, pero desintegra la sociedad empresarial porque los grandes son de afuera. El caso de la Inca Kola en Perú es esclarecedor: se vendió a la Coca-Cola y la Cola-Cola se vendió a los mexicanos. Todas estas cosas solo las puedes apreciar viviéndolas, conociendo la realidad externa, viendo qué pasa, cuáles son las reacciones. La otra cosa que me pasó es poder ver las coincidencias y las diferencias que hay en la parte fabril. Nuestra parte fabril en Perú y Colombia es pequeña, y esas industrias pequeñas tienen que ubicarse dentro del contexto. Así uno ve cómo reacciona el obrero peruano, el obrero colombiano. Hoy tenemos una visión bien clara de que la Patria Grande, como la llama el presidente, es una realidad si queremos que sea una realidad. Esto no es de palabra, es de acción, de conocimiento, es ver dónde están las flaquezas y las fortalezas.

—¿Dónde están las flaquezas?

—Por ejemplo, Perú tiene una flaqueza muy grande en la educación básica, que es muy mala. Hay estudios que señalan que de los alfabetos solo el 30% entiende lo que lee y que la utilización del vocabulario en español no pasa más allá de las 500 palabras. Y eso es un impedimento para el crecimiento del país.

—¿Y eso que llaman flexibilidad laboral es mayor en Perú que en el Ecuador?

—Hay que entender bien cómo funciona. Nosotros cometimos un error muy grande como país, al eliminar el contrato por hora, porque eso hacía que mucha gente que no tenía posibilidad de trabajar…

—¿Ese fue el origen de tu bronca con el presidente Correa?

—Claro, esa fue la bronca, exactamente. Hoy en día estaríamos deseosos de tener ese mecanismo de contrato por hora, en vez de poner 25% de aranceles que a nadie beneficia.

—¿Ni siquiera a los industriales?

—No, porque hay componentes necesarios a los que también se les subió el arancel y tienes el componente más importante que es el costo de la mano de obra que hoy en día, con el diferencial cambiario, ya es más del doble que el de los dos vecinos. No es que a nosotros nos hace gracia el tema del 25% del arancel, pero quisiéramos ver medidas de otra naturaleza para buscar la productividad. Te voy a dar un ejemplo: si pones a diez colombianos, diez peruanos y diez ecuatorianos a hacer un mismo trabajo, resulta que los colombianos y los peruanos tienen más tiempo para hacerlo porque, en vez de trabajar 40 horas a la semana, trabajan 48; eso significa que para ese trabajo tienen un 20% más de ventaja frente a los ecuatorianos. Después viene todo eso de las horas nocturnas. En Perú la hora nocturna empieza a las diez de la noche, mientras aquí la hora nocturna empieza a las seis de la tarde. Hay una diferencia sustancial. Entonces, no es cierto que a nosotros nos favorezcan las subidas de los aranceles. La cosa es trabajar más, en lugar de que suban los aranceles. Trabajar más no empobrece a la gente, un mayor arancel sí.

—Si eso pasa con la industria, ¿qué pasa con la agricultura?

—El error más grande que ha tenido el país en estos ocho años es olvidarse de la agricultura. Acabo de hacer un viaje para ver cómo están funcionando las fronteras: vine por tierra de Lima a Quito y de Quito fui a Medellín. Y ahí te das cuenta que el Ecuador agrícola, siendo más rico que el de los vecinos, no está explotado. Pasas por el desierto del Perú, entras al Ecuador y tienes todo verde, pero en el desierto peruano producen uvas, espárragos, hay cañaverales. En cambio, llegas a la subida de Loja y hasta Loja no hay nada sembrado. Me da la impresión de que las decisiones se están tomando en un escritorio, no en el sitio. Si uno ve las fronteras, además, te das cuenta de que no hay forma de controlar el contrabando. El río Macará puedes cruzarlo a pie y, por su extensión, no hay manera de que el paso pueda ser controlado. No hay forma.

—Con la subida de los aranceles, ¿el Gobierno tendrá suficiente dinero?

—No le va a alcanzar. Va a tener que meterse en más cosas. Entonces, que ya no sean los 2 800 productos sino 4 000. Hay caminos para solucionar, pero este es el peor de todos porque no beneficia a nadie, ni a los industriales. El Estado tiene que darse cuenta de que tiene que meter la mano en facilitar a las industrias y que se instalen nuevas, e ir de la mano con los agricultores pero con tecnología nueva, de punta.

—Has hablado de Perú. ¿Qué pasa en Colombia?

—Ahí tenemos una fábrica chiquita de camisas. Es el país que menos problemas educativos tiene. Pero, por la historia de violencia que ha sufrido, es un país de machos, hombres y mujeres de armas tomar, fajados. En el Ecuador estamos haciendo el horror más grande, que es el de la sobreprotección, que lo que logra es minimizar a la persona. Hay demasiada cantidad de leyes que conceden derechos excesivos, lo cual hace que la gente tenga menos autoestima y crea que es incapaz de hacer algo. Lo que nos está pasando es triste, porque conociendo el país, te preguntas cómo es posible que haya pobreza. Pero el campo está abandonado, desprotegido. La de agricultor debería ser la profesión más estimada, porque a la final los industriales somos mercaderes y si mañana hay una necesidad de moverse, te mueves. Pero un agricultor no.

—¿Tu vienes de una familia de mercaderes?

—Mi familia es de Otavalo, donde tenía un almacén general. Resulta que mi abuelo Pinto y su hermano estudiaban oficios donde los salesianos, el uno mecánica y el otro sastrería. Alfaro expulsó a los jesuitas y a los salesianos, y mi abuelo y su hermano se quedaron sin terminar sus carreras. A estos dos chicos, jovencitos, los contactó un inglés, cuando había el boom del caucho en el Oriente y los dos se fueron a Iquitos, donde se quedaron cinco años. Regresaron con algunos ahorros y con eso compraron un terreno y pusieron una turbina para vender energía eléctrica. Luego decidieron que si tenían cómo mover máquinas deberían dedicarse a la industria y compraron las primeras máquinas para desmotar el algodón que sembraban en el Chota. Esto ocurrió en 1914 y así empezaron el negocio fabril. Ellos, como todos, tuvieron etapas buenas y otras malas. Pero superaron las crisis con esa creatividad que a los ecuatorianos nos está faltando. Ahora la gente es muy cómoda, quiere las cosas ya, no sabe esperar. Y la gente cree que puede tener una vida cómoda siempre.

—¿Las fortunas se construían a base de mucho tesón y a lo largo del tiempo?

—Yo todavía no he encontrado la forma en que siembran arbolitos y salen billetes. Les digo a los jóvenes que, si con los nuevos adelantos de la medicina van a vivir cien años, no tienen por qué apurarse.

—¿Fue por el lado Mancheno por donde te salió el virus de la política?

—Por los dos lados. Pedro Pinto Rubianes, que fue vicepresidente de la República durante el Gobierno de Gustavo Noboa, es primo de mi papá, y el papá de Pedro Pinto Guzmán fue ministro de Educación. Y por el lado materno, obviamente: el coronel Carlos Mancheno era de los de a de veras y le dio el golpe a Velasco en su segunda administración. El coronel era bravísimo. Cuando yo acepté colaborar con Sixto se puso furioso porque decía que lo que faltaba en el país era solvencia testicular y “¡tú te vas a meter con esos que no la tienen!”.

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—¿Tus estudios los hiciste en el colegio Alemán?

—Yo vengo del Alemán, me gradué de bachiller y fui a Alemania, de donde regresé como ingeniero.

—¡Pura Alemania!

—Hay afinidad con Alemania porque los salesianos que formaron a mi abuelo eran alemanes, y de ahí viene la afinidad. Mi papá no hablaba alemán, pero todos los años iba a Alemania. Su nombre, Germánico, se lo puso mi abuelo por alguna razón. De la familia Pinto, doce o catorce miembros hemos estudiado en Alemania.

—¿Y esa formación qué te ha dado?

—Muchísimo. El orden, la disciplina, la constancia. Mi papá era muy germanófilo. Aprendí que las cosas, para que sean de largo plazo, necesariamente traen crisis. Por ejemplo, nosotros, en los cien años que tiene la empresa, hemos tenido seis veces que reinventarla. Estamos saliendo de una crisis, reconvertimos la empresa, la modernizamos hace solo tres años.

—¿A raíz del problema con Correa?

—Eso ocurrió en 2008.

—¿Ya está zanjado?

—No, todavía están pendientes un par de cosas.

—¿Y tu orden de prisión?

—Fue traída de los cabellos, pero se levantó dos años después. Nunca se inició el juicio. ¡Había una orden de prisión preventiva sin juicio!

—¿El problema se inició por la tercerización laboral?

—No fue por ahí. Nosotros teníamos en Quito una planta en la que trabajábamos para exportar. Del manejo de todo el personal se encargaba otra compañía. Cuando vi que se comieron el tema del trabajo por horas dije qué pasa si el Ecuador empieza a no ser competitivo, ¿qué hago con la gente? Hubiéramos quebrado. Entonces decidimos salir y poner en Perú la planta para la exportación y hoy estamos trabajando allá la exportación.

—¿Pero tú despediste personal?

—A ciento y pico de personas. Eran contratos a término que no fueron renovados.

—Correa les ofreció trabajo a esas personas que se quedaron sin empleo, ¿no?

—Él les dio máquinas de coser y les puso una empresa que se llama Punto Ecuador, que ya no existe. No sabían cómo manejarla.

—Volvamos a tu familia. ¿Cuántos hermanos?

—Somos seis, de las cuales cinco son mujeres, yo soy el único hombre. Eso marcó muchas cosas, porque creímos que yo tenía que ser el reemplazo de mi papá. Para mi mamá, siendo yo el único hombre, era el consentido, y eso no es bueno. Mi papá era muy rígido. Una de las cosas que había en mi casa era la intolerancia al alcohol.

—¿Siempre pensaste estudiar Ingeniería?

—Me gustaba la arquitectura y un día le dije a mi papá que iba a ser arquitecto. Ni siquiera obtuve respuesta. No me dio ninguna posibilidad de discusión. Para él yo tenía que ser ingeniero y punto.

—¿Por qué incursionaste en la política?

—Sixto era amigo de mi papá. Cuando Sixto estuvo en la alcaldía, la Empresa Eléctrica era una sociedad entre el municipio y los industriales; había una representación industrial que la ocupaba mi papá, y ahí conocí a Sixto. Por otro lado, yo tengo una amistad muy vieja con Alberto Dahik y sabía su manera de pensar. De ahí nació todo.

—Y el todo fue que ese Gobierno fuiste todo: desde ministro de Industrias hasta ministro de Finanzas, pasando por la Junta Monetaria y la presidencia del Conam…

—Sixto me tenía mucha confianza y eso hizo que me sobrecargue de trabajo. No fue un tiempo fácil porque descuidé mucho mi trabajo en la empresa y en mi hogar, ya que mis dos hijas eran todavía chiquitas; pero fue una época interesante. Viendo con perspectiva, el país de entonces era más honesto.

—¿Pero no era un escollo la falta de decisión del presidente?

—El problema de Sixto era que no entendía totalmente la parte económica y entonces le daba recelo tomar decisiones sin estar completamente seguro, y esas decisiones delegaba al grupo que tenía la responsabilidad sobre la economía. Formamos un muy buen grupo, con gente del Banco Central de una calidad extraordinaria, entre ellos Augusto de la Torre que ahora es jefe del Banco Mundial para América Latina, o el propio Mauricio Yépez que falleció hace poco, y muchos más que aportaron enormemente.

—Pero también hubo la lucha entre los halcones y las palomas, ¿no?

—Ahí había la lucha era entre el interés político y el económico. Por ejemplo, mi amigo Leonardo Viteri, ministro de Salud, pensaba en un montón de cosas que no eran viables. Roberto Dunn defendía la parte política, se fijaba en las encuestas, en cómo permanecer a largo plazo en el poder; el grupo nuestro, el económico, era de plazo fijo, no pensaba en política. Yo no tenía ninguna ambición de esa naturaleza. Yo he visto marearse en el poder a gente increíble. Uno de los problemas que hay ahora, y no solo aquí, sino en Colombia, en Perú, en Brasil, es que la gente quiere volver al poder, y eso a mí no me gusta.

—¿Quedaste curado?

—Más que curado, creo que ya hice mi conscripción cívica, porque después fui concejal de Paco Moncayo durante cuatro años, y así cumplí con la ciudad.

—¿Los halcones tenían una línea aperturista?

—Mucho más aperturista; si nos hubieran dejado hacer las cosas que queríamos, otro hubiera sido el cantar. Pero era otro país. No se puede comparar el país de hoy con el que tuvimos que manejar: no había las ambiciones que hay ahora. Veo que ahora una parte de la población está alentada con unas ambiciones muy grandes, ambiciones políticas económicas. En la empresa tenemos la filosofía de reinvertir sobre todo en los momentos difíciles, porque sabemos que cada veinte años hay que pasar por una crisis, no hay alternativa. Por eso se acaban las empresas familiares: las nuevas generaciones creen que el éxito va a durar para siempre. El éxito necesariamente se contrarresta con los momentos difíciles. Ser administrador con harta plata es bien fácil.

—¿Te sigues viendo con los halcones?

—Poco. Y como mis hijas me tienen prohibido hablar… Pero creo que hay necesidad de liderazgos, los liderazgos están débiles.

—¿Te afiliaste a algún partido?

—No, aunque he sentido afinidad con la Democracia Cristiana. Siempre me he sentido cercano a Osvaldo Hurtado, un hombre a quien admiro por su inteligencia y por su honestidad. Conversar con Osvaldo es enriquecedor. Soy católico aunque no practicante y converso con gente que sí lo es, empezando por Gustavo Noboa y todos los “obispos” (como les llamo) de Guayaquil, Mariano González, por ejemplo, es una extraordinaria persona. Siempre he tenido la apertura suficiente para llevarme con todo tipo de gente.

—¿Tú diriges la empresa?

—Con mis dos hijas, Carla y María José. Con ellas tomamos la decisión, que no fue fácil, de tener un directorio externo al que rendimos cuentas. Vimos que eso era necesario, porque ya la empresa tiene un tamaño que nos exige tomar decisiones seguras y acertadas. Por ejemplo, estamos modernizando toda el área contable y toda el área de datos y ahí nos ha saltado una cantidad de errores que se han venido arrastrando. Para poder proyectarnos a mediano y largo plazo, estamos haciendo un trabajo del día a día que normalmente no hacíamos.

—¿Todo lo hacen aquí o también importan?

—Importamos nailon, etiquetas, químicos, colorantes, hilo para hacer la tela, broches metálicos, elásticos. Los pantalones, por ejemplo, son importados como producto terminado. El problema que tiene el sector de la confección es que no es muy desarrollado comparado con Colombia y Perú. Colombia hace tejidos más finos, es muy fuerte en confección, se especializa en moda, y Perú se especializa en tejido de punto. Solo en Lima están registrados medio millón de confeccionistas y, por eso, hay sitios donde consigues todo.

—Algún momento incursionaste también en la aviación.

—Claro. Esa empresa nació en el momento inadecuado, porque hoy habría sido un éxito. Y, obviamente, fracasó y no tengo problema en contarlo. Ir a Guayaquil era un drama por el mal trato en el aeropuerto, la falta de vuelos, etc. Entonces se me ocurrió hacer un club como cualquier otro. En ese club los socios compramos un avión a turbo hélice, de última generación. El problema fue que nos cogió la fuerte devaluación del año 99 y no nos permitió recuperar la inversión. Pero así son los negocios. Uno de los problemas que tiene no solo este país, sino la región, es que es castigadora al fracaso, tanto en la ley como en la sociedad. Alguien hace un emprendimiento y fracasa, y la sociedad es castigadora y la ley te saca lo que tienes y lo que no tienes. Hasta ahora no podemos liquidar la empresa de aviación y en eso vamos quince años. Siempre hay una traba. Entonces, una sociedad así no es para emprendedores. En Estados Unidos tú emprendes, fracasas, y al otro día puedes hacer otro emprendimiento sin problema. Aquí quedas marcado y, por eso, la gente no se arriesga. En el mundo entero, solamente tres de cada cien emprendimientos resultan. Pocos son los que llegan. Aquí a los que fracasan la sociedad los ve como pillos. Es necesario un cambio de mentalidad en la sociedad para que vea en el emprendimiento un mérito.

—¿Y la corrupción?

—Eso lo atribuyo en parte a la tecnología de la comunicación. Recibimos demasiada información de gente rica, de gente que tiene un alto estilo de vida al que todos quieren llegar. Luis Noboa Naranjo me cogió como su asesor, hace muchos años. Yo lo conocí porque, en la familia, mi abuelo decidió que solo uno de sus hijos se quedaría con la empresa y el que se quedaba compraba las acciones a los demás. Igual hizo mi papá y yo compré la empresa, con un plazo de diez años para pagar a mis hermanas. Cuando quise hacer el traspaso a mi nombre, mi papá me dijo que sí, pero con garantía bancaria. Me iba de banco en banco y todos me pedían la firma de mi papá para darme la garantía. Entonces fui a ver a don Lucho Noboa en su banco y me dijo que era difícil que el banco me pudiera dar la garantía, pero que él me podía dar la suya, personal y con esa garantía pagué durante diez años a mis hermanas. Un día le pregunté: don Lucho, ¿qué hizo usted mal en su vida? Y me dijo: yo no escogí el estilo de vida y creí que el estilo de vida podía venir de acuerdo al dinero que uno iba haciendo. Eso es un error. Escoge el estilo de vida que crees que es para ti y para tus hijos y lo demás es dinero que usas como materia prima para más emprendimientos. No tengas dinero familiar repartible. Y ese sabio consejo seguí, porque nació de alguien con experiencia, que ya vivió. Él me decía tengo cinco casas y no sé en cuál está la corbata que quiero ponerme ahora. ¿De qué me sirve? ¡Sabio! Hay que entender que las personas mayores tienen cosas que decir y aquí hemos hecho a un lado a los mayores, no escuchamos su voz. Los títulos académicos no son suficientes: falta la experiencia.

—¿Y cuál es tu estilo de vida?

—Perfil bajo, normal. No camino por la senda de la ostentación. Viajo mucho. Soy un viajero impenitente. Me escapo a conocer, a dar la vuelta. París me encanta porque lo primero que haces es botar el auto. Es una ciudad pequeña realmente, que te permite caminar, andar en bicicleta, y donde puedes sentarte toda la tarde a tomar un café y nadie te bota. Una de las satisfacciones más grandes de la vida es entender cómo funcionan los demás.

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—¿Esa capacidad de entender a los demás la tiene este Gobierno?

—No. Yo he tenido experiencias muy buenas con gente de izquierda. Creo que la buena fe existe en el ser humano, que alguien piense distinto no lo convierte en enemigo, uno aprende de los demás. Aparte, me preocupa sustancialmente el problema de la corrupción, que aquí está cada vez más extendido. Una sociedad sin pudor ante la riqueza mal habida tiende a autodestruirse. ¿Qué valor puede haber si se miente todos los días, si se descalifica todos los sábados? Para la población descalificar al otro se vuelve algo normal.

—¿Cómo es tu relación con los trabajadores?

—Excelente. Y cuidamos esa relación como una de las cosas más importantes. En los años setenta, la relación laboral era muy tensa, yo vivía prácticamente en el Ministerio del Trabajo, aunque eso también te da escuela. Pero, en medio de todo, primaba el diálogo. Ahora no, ahora se impone, se hace porque se hace. Eso daña a la sociedad. Una de las cosas que a mí más me ha molestado es la prohibición de comprar una cerveza los domingos. ¿Por qué me prohíben? ¿Por qué no puedo?

—¿Cuál es tu receta para una buena relación laboral?

—No hay receta. Yo lo que hago es ponerme en los zapatos de la otra persona, que no son los mismos que los míos. Ver las prioridades, ver dónde está el problema. La otra cosa es que las condiciones de trabajo tienen que ser las mejores posibles, cómodas e impecables. Si en el trabajo encuentras mejores condiciones que en tu casa, vas allá todos los días con gusto. En Otavalo tenemos un jardín muy grande, con una laguna e instalaciones limpias, ordenadas y cómodas. Y hay que entender los ciclos, para no darte por vencido en los ciclos malos. Yo venía de Lima y al llegar a Quito el avión se movía mucho, la gente se asustó. Habló el piloto y explicó lo que estaba pasando, tranquilizó a los pasajeros, que entendieron el problema. Cuando aterrizamos aplaudieron al piloto. ¡Eso es lo que hay que hacer en todos los órdenes de la actividad!: dialogar. Aquí, cada declaración te sobresalta, la gente se vuelve agresiva. Eso solo contribuye a empeorar la calidad de vida.

—¿Qué te han dado los años?

—Saber de una mejor manera cómo resolver los problemas.

 

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