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Matar al pollo para asustar al mono

por Jorge Ortiz

Edición 459 – agosto 2020.

Los ejércitos de China e India están cara a cara tras un sangriento incidente por disputas fronterizas.

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Crédito: ® Shutterstock.

Nunca se supieron a ciencia cierta los detalles de lo ocurrido: ¿quiénes empezaron la pelea, por qué, con qué armas? Lo cierto es que el martes 5 de mayo, mientras media humanidad estaba en cuarentena y toda la humanidad tenía su atención puesta en un virus insidioso y letal, tropas de avanzada de China e India se enfrentaron en la zona más inhóspita de su larga frontera, en las laderas altas de la cordillera del Himalaya, un incidente que dejó muertos de lado y lado, y que llevó al borde del abismo las relaciones —siempre tensas y difíciles— entre los dos países más poblados del mundo (2.750 millones de personas en conjunto), ambos dotados de armas atómicas y cuyo protagonismo en los asuntos internacionales está en expansión rápida y resuelta. El combate fue súbito y sangriento.

La culpa del enfrentamiento, como siempre sucede en estos casos, cada uno lo atribuyó al otro, en términos ásperos, pero fue evidente que ni China ni India quiso entrar en precisiones. Ese hermetismo impidió saber cómo fue posible que tantos soldados murieran (veinte que reconoció el gobierno indio y, según se ha sabido, dieciséis en el bando chino) en una región en la que los dos países están comprometidos a patrullar sin armas de fuego. ¿Murieron treinta y seis hombres en una pelea con piedras y palos? Sea como fuere, al día siguiente del choque las dos cancillerías bajaron el tono y los dos ejércitos incrementaron sus guarniciones con el envío urgente de piezas de artillería, helicópteros artillados y tropas de refuerzo. Y la causa del conflicto se mantiene intacta.

Esa causa es un viejo litigio de fronteras, heredado de la época colonial británica: en el siglo XIX, al trazar los límites de su dominio imperial indio, el gobierno de Londres dibujó un línea que resultó muy imprecisa, tanto por la topografía complicada y poco conocida del Himalaya como por la cantidad de ríos con volúmenes de agua variable —y, por lo tanto, difíciles de reconocer— que corren entre los cientos de pasos de montaña de una región que, para colmo de las confusiones, está cubierta de nieve la mayor parte del año. Ante la inexistencia de un trazado fronterizo claro, los dos países aceptaron una demarcación transitoria, llamada Línea Actual de Control, también llena de vaguedades y áreas obscuras, donde las desavenencias han sido constantes.

La mayor de esas desavenencias derivó en una guerra. Fue en 1962, aunque el deterioro de las relaciones había empezado tres años antes, cuando las tropas chinas reprimieron con una fuerza desmedida la rebelión del Tíbet (la región más alta del planeta, que China se anexionó en 1951), lo que obligó a su líder, el Dalai Lama, a refugiarse en India, que le dio asilo y refugio. A partir de entonces la tensión fue en alza incesante, en especial en la franja fronteriza, hasta que en junio estallaron las hostilidades, que terminaron en noviembre con la victoria rotunda del ejército chino, que era más numeroso, tenía mejores armas, estaba bien aclimatado en una región inclemente por su frío y su altura y que, además, supo aprovechar que el mundo estaba pendiente y con el aliento contenido por un conflicto lejano y peor: la crisis de los misiles de Cuba. Pero las heridas de la guerra entre China e India jamás llegaron a cicatrizarse.

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Frentes abiertos

En medio de las incógnitas múltiples que rodean al combate del 5 de mayo, una interpretación muy difundida es que el gobierno chino quiso hacer un alarde de determinación para demostrar que no se siente acorralado por las muchas sospechas que despertó su manejo inicial —repleto de ocultamientos, contradicciones y vacíos— de la pandemia del coronavirus que desde la ciudad china de Wuhan se regó por todo el planeta. Y habría sido, además, un golpe de fuerza para intimidar a todos los países con los que tiene frentes abiertos. Algo así como la antigua y sagaz estratagema oriental de “matar al pollo para asustar al mono…”.

(No está clara la proveniencia de las 36 Estratagemas Chinas, publicadas por primera vez en 1941 pero, según parece, escritas hace cientos de años y encontradas en una excavación arqueológica en la provincia de Shaanxi. Son una serie de consejos de estrategia militar para vencer en situaciones de desventaja o enfrentar a enemigos superiores, e incluyen recomendaciones como “ocultar la daga tras una sonrisa”, “hacerse el tonto sin dejar de ser listo”, “fingir locura pero conservar la cordura” o “sitiar el reino de Wei para salvar el reino de Zhao”.)

China, en efecto, tiene una larga lista de frentes abiertos, cuyo incremento ha sido paralelo al aumento de su poderío económico y militar. En el mar de la China Meridional, por ejemplo, mantiene un litigio agrio con Vietnam y Filipinas, que no dejan de denunciar al gobierno de Pekín por su desconocimiento de un laudo arbitral y sus “maniobras militares provocadoras”. También tiene una controversia con Japón por un grupo de islas en el mar del Este de China, además de que Taiwán se siente muy amenazada por los incesantes despliegues chinos de fuerza militar en torno a la isla, en especial los sobrevuelos de aviones de guerra. Ahora sostiene también entredichos diplomáticos con Australia y Canadá, aparte de que su actitud con respecto a Hong Kong (Recuadro) deterioró ya los vínculos con la Unión Europea.

Más aún, las declaraciones oficiales chinas suelen ser contundentes y desafiantes: “China ya no tiene miedo de nadie, porque los tiempos en los que el pueblo chino estaba subordinado a otros y vivía dependiendo de los caprichos de otros se han acabado para no volver jamás”, según las palabras de Zhang Xiaoming, uno de los portavoces en el tema de Hong Kong. Incluso hay una nueva generación de diplomáticos chinos de línea dura, cada día más influyentes, que ya se ganaron un apelativo terminante y elocuente: ‘wolf warriors’, ‘lobos guerreros’.

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Vista satelital de la zona del enfrentamiento entre soldados chinos e indios en el valle de Galwan, Himalaya, 16 de junio de 2020.

Alianzas y estrategias

La sorpresiva reactivación del conflicto sino-indio, que en la práctica permaneció congelado más de cuarenta años, ocurrió en un momento singularmente peligroso, tanto por la alta tensión geoestratégica entre China y Estados Unidos (que no sólo disputan el control del eje Asia-Pacífico, sino también la supremacía tecnológica planetaria) como por la crisis mundial causada por la pandemia, que está tratando de ser aprovechada por varias potencias menores (Rusia, Irán, Arabia Saudita e incluso India, entre otras) para conseguir ventajas geopolíticas. Tal vez por lo especial del momento, tan lleno de riesgos, después del incidente los dos países se esforzaron por evitar mayores crispaciones, pero lo lograron sólo a medias.

En efecto, además de reforzar sus contingentes militares en el valle del Galwan, en Cachemira, que es el punto crítico de su frontera de 3.488 kilómetros de extensión, China e India se reafirmaron en sus planteamientos respectivos, lo que permite anticipar que nuevos roces ocurrirán en cualquier momento. Y es que mientras los indios acusan a sus vecinos de estar ocupando 38.000 kilómetros cuadrados de su territorio, los chinos se atribuyen la soberanía de todo el estado indio de Arunachal Pradesh, al que denominan Tíbet del Sur. Hubo ya dos rondas completas de negociaciones (en 1996 y 2005) en busca de algún acuerdo, pero las dos fracasaron estrepitosamente. Por el momento, sin embargo, la disputa volvió al congelador, donde estuvo hasta mayo.

No obstante, los dos países pusieron de inmediato manos a la obra para reforzar sus alianzas estratégicas respectivas. Fue así que China intensificó sin demora su cooperación con Pakistán, el adversario por antonomasia de India, donde ya ha invertido al menos 60.000 millones de dólares en la infraestructura de un corredor económico binacional, que forma parte de la nueva Ruta de la Seda y que le conecta con el puerto de Gwadar, que a su vez le da acceso al mar Arábigo. Nada menos. India, por su parte, se empeñó de urgencia en profundizar su participación en el QUAD, el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral, integrado por Australia, Estados Unidos, Japón e India, países que ven con inquietud creciente la expansión de la influencia regional china.

El más inquieto parece ser Australia, que anunció ya para la década entrante un aumento de cuarenta por ciento en su presupuesto de defensa, porque, según el diagnóstico de su primer ministro, Scott Morrison, “la región indo-pacífica será el foco de la contienda global dominante de nuestra era”. Japón tiene una percepción similar, por lo que se apresta a redoblar su cooperación en temas de inteligencia —en especial para vigilar los movimientos militares chinos— con Reino Unido, Francia, Australia e India. Y, para completar el cuadro, las evaluaciones de los Estados Unidos y la Unión Europea sobre la amenaza que implica la expansión china están convergiendo, a pesar del empeño inaudito del presidente Donald Trump por despedazar todas las alianzas occidentales.

India y China

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Varios soldados indios murieron en un enfrentamiento en la frontera. Ambas partes se culparon por el choque del pasado mayo en el terreno rocoso del estratégico valle de Galwan, entre el Tíbet, en China, y la región de Ladakh, en India. Es el punto crítico de una disputada frontera de 3.488 kilómetros de largo sobre cuyos límites nunca hubo acuerdo entre los países.

Liderazgos fuertes

La intempestiva reactivación del conflicto entre China e India dejó, además de comprensibles inquietudes, una incógnita difícil de resolver: ¿se debió a un incidente fortuito, en que el 5 de mayo una de las dos patrullas cruzó por despiste la Línea Actual de Control y obligó a reaccionar a la patrulla contraria, o, por el contrario, alguna de las dos partes provocó deliberadamente el enfrentamiento como parte de una política trazada con mente fría y cálculo de ajedrecista? Y si así fuera, ¿qué quiso demostrar el país que movió sus tropas hasta causar un choque?

Lo que está claro, por ahora, es que la construcción de obras de infraestructura, en especial carreteras, en las vecindades de la frontera es un empeño de los dos países y, por supuesto, motivo de tensiones y reclamaciones. Unos días antes del incidente, la prensa india denunció que soldados chinos habían cavado trincheras e instalado tiendas de campaña en una zona que India considera suya, a la vez que portavoces chinos expresaban su preocupación por la construcción en el lado indio de una carretera que llega a una base militar próxima al valle de Galwan y cuya utilidad primordial sería el transporte rápido de fuerzas de combate.

A pesar de su vieja rivalidad y de sus visiones muy contrapuestas sobre el orden internacional (China aspira a mantener la bipolaridad actual hasta que pueda sobrepasar a los Estados Unidos, mientras que India propugna un mundo multipolar en que tenga un espacio de poder), los dos países son integrantes y activos participantes en el grupo de los mayores países emergentes, BRICS, integrado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, además de que el comercio sino-indio sigue siendo muy intenso —84.320 millones de dólares en los once primeros meses de 2019—, aunque, como sucede con todos los países, el saldo favorable a China es aplastante. Pero, en definitiva, chinos e indios se necesitan los unos a los otros.

Es posible, incluso probable, suponer que en las tensiones actuales han influido los rebrotes nacionalistas que han evidenciado los dos países desde que sus gobernantes actuales llegaron al poder. Xi Jinping, que asumió la presidencia china en marzo de 2013 y que ya hizo los cambios constitucionales necesarios para quedarse mandando a perpetuidad, y Narendra Modi, que es el primer ministro indio desde mayo de 2014 y cuyo liderazgo va en ascenso, comparten la visión de su respectivo país con un lugar de privilegio en el escenario internacional, por lo que han fomentado sentimientos de orgullo nacional, que han terminado colisionando entre sí. Y esa colisión podría derivar en algo peor.

Una guerra abierta entre China e India no es, al menos por ahora, un escenario imaginable: tanto la economía como la fuerza militar chinas son más grandes y más fuertes que las indias, además que los dos países saben que teniendo ambos arsenales nucleares una confrontación armada derivaría en un holocausto. Pero los dos países saben también que si Donald Trump fuera reelegido en noviembre, lo que a pesar de todo sigue siendo muy probable, el declive estadounidense se apresurará, con lo que la cima del poder mundial y del orden internacional quedaría vacante. Y tanto China como India, con sus poblaciones inmensas, sus capacidades productivas en expansión, la enormidad y variedad de sus territorios y sus historias milenarias, tienen argumentos para aspirar al trono. Y se lo disputarán, si fuera necesario.

Aprovechando la pandemia…

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Zheng Yanxiong, el nuevo jefe de Seguridad de Hong Kong.

Como todos los déspotas y mandones, Zheng Yanxiong detesta a la prensa y la persigue. “Son patrañas de los medios de comunicación extranjeros, que están todos podridos”, dijo, cuando como jefe local del Partido Comunista hizo abortar —mediante despliegues de fuerza y arrestos masivos— un intento de democratización habido en Wukan, en la provincia de Cantón, en 2016. Y, para que no quedaran dudas de su animadversión, aseguró que “veremos volar a los cerdos antes de que podamos fiarnos de esos medios”. Y, sin admitir réplicas, negó lo que todos habían visto. Y punto.

Con el antecedente de su puño de hierro en Wukan, Zheng Yanxiong es desde principios de julio el “encargado de seguridad” en Hong Kong, designado por el gobierno chino al tenor de la ley que, con nocturnidad y aprovechando la pandemia, había puesto en vigencia para sofocar los movimientos de protesta que generó la intervención creciente de las autoridades comunistas chinas en la vida de los siete y medio millones de habitantes de la ‘región administrativa especial’ de tan sólo mil cien kilómetros cuadrados.

De un plumazo, en efecto, las libertades de los habitantes de Hong Kong fueron suprimidas, vulnerando tanto la ley básica del enclave como los términos del tratado firmado con el Reino Unido en 1997. Ese acuerdo de retrocesión, cuya validez está pactada hasta 2047, consagraba la aplicación de un régimen de “un país, dos sistemas”, de manera que la población de Hong Kong preservaba su economía de mercado y los derechos y garantías de las sociedades liberales, mientras el resto de la China (con la única excepción de Macao, la otra región administrativa especial) se mantenía en el sistema socialista.

La ley de seguridad, que incluye la entrega de poderes especiales a la policía y el establecimiento de tribunales de justicia específicos, fue expedida desde Pekín, pasando por encima de la legislatura de elección popular existente en Hong Kong y dotada de atribuciones privativas para la sanción de normas. Así, el “alto grado de autonomía” que el gobierno chino se comprometió a respetar desapareció tal vez para siempre. Y el mensaje implícito para el Tíbet y Xinjian, incluso para Taiwán, fue inequívoco: tenemos la fuerza y estamos dispuestos a usarla.

Y con el mundo agobiado y encerrado por la pandemia, la reacción internacional fue tibia y escasa: tan sólo veintisiete países, por supuesto encabezados por el Reino Unido, protestaron en el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en Ginebra, por la arbitrariedad del gobierno chino. Los que sí levantaron la voz, resueltos y con ímpetu, fueron algunos de los regímenes más reprochables del planeta, como los de Venezuela, Corea del Norte y Siria, además del de Pakistán, al que China apoya para tenerlo como aliado de confianza en su conflicto pendiente con India. En fin.

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Acerca de Jorge Ortiz

Si bien la televisión ha hecho que el público lo conozca, su mejor faceta es la de la escritura, donde demuestra no solo un envidiable conocimiento histórico, sino un estilo terso e impecable. Él dice lo que piensa y lo que cree.
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